La verdad es que una tenía la intención de mejorar el trabajo hecho por nuestros padres, por aquello de “Hazlo lo mejor que puedas hasta que sepas más. Cuando sepas más, hazlo mejor”. Y si bien el balance es, por lo general, positivo, hay unas cuantas frases que aún resuenan como disco rayado en mi memoria y que, a pesar de haberme prometido no decírselas jamás a mis hijos, no pude cumplir. Algunas son divertidas, pero otras son dignas de la lengua mórbida de un personaje de Hitchcock. En fin, que yo una vez, hace mucho y en un país lejano, fui una madre perfecta y eso fue… antes de que tuviera hijos. Ahora, cuando me equivoco, pido disculpas, sigo adelante ¡y San Seacabó!

“No hagas esa cara porque va a venir un aire y te vas a quedar así…”.

Yo nunca había creído en esto pero parece que, entre que yo era chica en la década de los 70 y ahora, que soy madre, se ha logrado finalmente comprobar que si uno está haciéndole malas caras a las padres y justo entra un vientito por la ventana, esa expresión desagradable se congela en la cara del chico para siempre. Sin que haya solución alguna… ¡Dios no lo permita!

“¡Ay, ya no se peleen más que me va a dar un ataque!”.

Frase acompañada, por supuesto, de una mano en el pecho, la otra temblorosa implorándole al cielo y el gesto de Grecia Colmenares viendo alejarse para siempre a Catriel… Lo bueno es que los hemos criado inteligentes y bien armados contra los sentimientos de culpa, lo que los hace responder a semejante escena trágica con un “Ay, mami, estás dramatizando mucho, no te involucres, son cosas de chicos”.

“Porque te lo digo yo que soy tu madre. ¡Y punto!”.

Las madres de hoy hablamos con los hijos, reflexionamos, les hacemos Reiki si están nerviosos y ellos tienen voz y voto a la hora de tomar todas las decisiones familiares. Ellos deciden desde qué ponerse hasta qué debemos ponermos los padres… Como resultado, lo cuestionan todo y eso nos encanta, ¡estamos orgullosos de nuestros librepensadores! Sin embargo, tanta democracia a veces nos sobrepasa y los padres, que somos hijos del rigor, terminamos la discusión con un decreto de necesidad y urgencia: “Porque soy tu madre. ¡Y punto!”.

“Evidentemente me estoy equivocando en la manera de educarlos…”.

Es que si una les dice que están actuado como maleducados ellos te responden “¿Y quién nos educa, mami?”. Este mea culpa, dicho de reojo con cara de psicoanalista, es una declaración que suspende todo despliegue de malos modales. “¿Y no te preguntas qué cambios podrías hacer para educarnos mejor?. ¡Buaaaaa!

“Juego de manos, juego de villanos”.

Para empezar, yo creía que mis hijos iban a ser perfectos y que jamás iban a jugar juegos que terminaran a las patadas… Mal, me salió mal, así que si la situación se pone tensa les tiro este versito que los avergüenza a tal punto de hacerlos sentir los criminales más repugnantes de la historia… No, mentira, cada vez que digo esto se ríen mucho, pero mucho. Mucho.

“Siempre la misma historia…”.

A esta frase, dicha siempre agitando las manos hacia el cielo, le sigue una súplica: “¡Dios, dame resignación para poder sobrevivir la eterna discusión de si el peluchito es nena o nene o de si tiene 7 o 10 años! ¿Por qué a mí? ¿Por quéeeeeeeee?”.

“Ajá, ¿viste? ¡Te lo dije!”.

Aunque una sabe que hay que dejarlos experimentar y permitir que se equivoquen no una sino mil veces y que vuelvan a intentar y que así aprendan por sí mismos, a veces me ganan las ansías de celebrar mis pequeñas victorias en el camino de la parapsicología…

“Cuando vos fuiste, yo fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine, fui vine…”.

Porque el zorro más sabe por viejo que por zorro y porque pierde todo todo, menos las mañas…
-¿Estás diciendo que sos vieja, mami?
-¡No, no estoy diciendo que yo soy vieja! ¡Viejos son los trapos!

“Cuando tengas hijos me vas a entender…”.

Esto dicho con tono profético da, por un lado, cierre a cualquier discusión y, por el otro, nos une en un lazo etérico con nuestros futuros nietitos, esos justicieros que también les sacarán canas verdes a sus queridos padres.

“Ya me van a extrañar cuando no esté…”.

“Imagínense, solo por un segundo, cómo sería la vida sin mí…”. Acá con el tono lúgubre de Maddona cantando «No llores por mí, Argentina». Al final, la única que termina lloriqueando al imaginarme desahuciada soy yo, por lo tanto no les recomiendo en absoluto abusar de este golpe no bajo, sino bajísimo.

“¡Y San Seacabó!”.

A veces me pregunto si la estampita de este santo del que, más allá de cuáles sean nuestras creencias religiosas, todas las madres somos devotas, no se vería como esto: