Ya te hemos hablado sobre la historia de algunos de los cuadros autobiográficos más famosos de Frida, y ahora queremos contarte qué hay detrás de estas otras obras conmovedoras de la famosa artista, símbolo de México en todo el mundo.

“El difuntito Dimas Rosas” (1937, óleo sobre masonita)

Quien haya visitado el Museo Casa Azul habrá notado que, sobre la cama de Frida, se encuentra esta obra anónima que retrata a un niño muerto, rodeado y coronado de flores.

Era tradición en el México de la segunda mitad del siglo XIX el retratar a los difuntos antes de su entierro y, siguiendo esta costumbre (que ya para los años 20 no era tan popular), la artista retrató al fallecido hijo de Delfina, una mujer indígena de Iztapalapa que había sido modelo de Diego Rivera, quien además era padrino del niño.

El difuntito yace en un petate y está rodeado de flores, entre ellas las de cempasúchil, característica del Día de Muertos. Lleva una gladiola entre sus manos y se encuentra ricamente ataviado con los ropajes de San José (de hecho, el primer título de la obra fue “Vestido para el Paraíso”). Sobre la almohada en la que descansa su cabeza hay una estampita de Jesús y, en la parte inferior del cuadro, puede leerse “El difuntito Dimas Rosas a los tres años de edad, 1937”. El niño tiene una gota de sangre seca debajo de la comisura izquierda de su boca.

Lo que más me llamó la atención al ver la obra es la perspectiva que utilizó Frida, colocando al espectador en la posición de un deudo que se inclina sobre su ser querido que ha muerto. Es imposible, desde ese lugar, evitar los ojos del difunto. Muy conmovedor.

El cuadro fue exhibido por primera vez en al galería de Julien Levi en NYC, en 1938, como “Vestido para el Paraíso”. Luego se mostró en el Museo de Arte de Filadelfia, bajo el título de “El niño rey”. Sin embargo, el dueño de la obra -al enterarse de que representaba a un niño muerto- se la devolvió a su autora, quien lo puso en manos de Eduardo Morillo Safa. Ahora es parte de la colección del Museo Dolores Olmedo (CDMX) y, aunque ha estado fuera del país para ser exhibida en Europa, regresará a México en mayo de 2019.

“Sin esperanza” (1945, óleo sobre lienzo)

«A mí no me queda ya ni la menor esperanza… Todo se mueve al compás de lo que encierra la panza”.

Esta es la frase devastadora que Frida escribió detrás de este cuadro en el que se la ve recostada en su cama (elemento omnipresente en su obra), desnuda y cubierta por una sábana, con lágrimas en los ojos y vomitando (¿consumiendo?, ¿gritando?) una masa monstruosa de animales muertos en forma de embudo, la que se encuentra sostenida por un caballete, coronada por una calaverita de azúcar que lleva el nombre de la artista en la frente.

La mirada sufriente de Frida está dirigida directamente al espectador, suplicando ayuda, comprensión, una ayuda que sus manos aprisionadas e inmóviles no pueden concederle.

En su libro “Frida Kahlo, the paintings”, la historiadora de arte estadounidense Hayden Herrera sostiene que las formas circulares de la sábana son células y óvulos sin fecundar, que encuentran su eco en la luna y el sol que brillan sobre el paisaje yermo en el que transcurre la escena. Así, el sufrimiento de Frida se extiende desde el microcosmos al macrocosmos. Todo es dolor y desolación, no hay oportunidad para que surja la vida, el dolor reina de día y de noche, con la luna y con el sol. No hay esperanza.

La obra muestra cómo vivió Frida la prescripción médica que ordenaba que la artista tenía que comer puré cada dos horas, para recuperar el peso que había perdido en esa época de su vida, fruto de las dolencias físicas que la aquejaron toda su vida. Como ella se negaba a comer, se la tuvo que alimentar literalmente a través de un embudo. El puré se transformó, para ella, en una masa repugnante de animales muertos, tan pesada que debía ser sostenida por un caballete, el mismo que le permitía pintar.

“Sin esperanza” también es parte de la colección del Museo Dolores Olmedo.

“Henry Ford Hospital” (óleo sobre metal, 1932)

Frida plasmó aquí uno de los momentos más traumáticos de su vida: el aborto natural que sufrió en el año 1932, mientras vivían con Diego en Detroit, Estados Unidos (no fue el único aborto, ya que tuvo que someterse también a abortos terapéuticos).

Cuando llevaba tres meses y medio de gestación, la pintora sufrió una hemorragia y tuvo que ser internada de urgencia. “Tenía muchas esperanzas de tener al pequeño Dieguito, quien iba a llorar mucho… pero ahora que pasó lo que pasó, no hay más que aceptarlo”, fueron las palabras que le escribió a su amigo, el doctor Leo Eloesser.

En “Henry Ford Hospital” vemos a Frida acostada en una cama de hospital (de nuevo la cama), bañada en sangre y con una lágrima enorme en su ojo izquierdo. De su estómago todavía inflamado se desprenden seis filamentos rojos y delgados, como si fueran venas o cordones umbilicales, que conectan su cuerpo con algunas imágenes que ella relacionaba con el aborto, y que la mencionada Hayden Herrera define como “símbolos de su fracaso materno”.

En el centro, y de un tamaño desproporcionado, está el feto de un bebé varón. Frida anhelaba tener un hijo y, aunque nunca lo logró, cuando hablaba del tema -como ya hemos visto-, se refería a él como “el pequeño Dieguito”.

La orquídea violeta, “que se asemeja a un útero extraído” (Hayden Herrera), es un regalo que recibió de Diego durante su internación. El caracol simboliza, según lo explicó la misma Frida, la lentitud de su aborto. El figurín del torso de una mujer sirve para observar cómo es el cuerpo de una mujer por dentro, desde su perspectiva. Es casi como si su cuerpo, que no había podido llevar adelante el embarazo, se hubiese desprendido de ella.

Pintó también una máquina de metal que ella diseñó para reflejar todos los fríos instrumentos utilizados para realizar un legrado uterino. Aquí buscó también expresar su desacuerdo con la industria moderna que tanto apasionaba a su marido: “Las máquinas representan mala suerte y dolor”. Por último aparece su pelvis, disociada de su cuerpo, y que no pudo albergar la vida que la habitaba.

En el fondo del escenario donde transcurre la escena se ve la planta de producción Ford, donde Diego iba a realizar sus murales. La cama parece estar flotando, lo que coloca a Frida en un lugar de aún mayor vulnerabilidad y desamparo.

Pertenece a la colección del Museo Dolores Olmedo.