Frida declaró que sus pinturas no reflejaban sueños o imágenes surrealistas, aunque así lo pareciera, sino que eran representaciones de su propia vida y de sus emociones: “Me pinto a mí misma porque soy a quien mejor conozco”. Aquí te contamos la historia detrás de estos famosísimos cuadros de Frida Kahlo, en los que que la artista más famosa de México se autorretrató con crudeza, amor y hasta con mucho humor.

 

La Columna Rota

La vida de Frida estuvo llena de desgracias y desafíos. En su juventud enfrentó un desastroso accidente de autobús que le ocasionó múltiples fracturas, cuyas consecuencias padeció por el resto de su vida. Frida se dibujó aquí desnuda de la cintura para arriba, con un corsé de acero que le fue ordenado para sujetar su cuerpo.

Tras las correas del corsé se ve una enorme abertura que recorre su torso para dejar al descubierto su columna rota. Hay clavos incrustados en todo su cuerpo y uno especialmente grande en su corazón, mostrando que no todo su sufrimiento era físico, sino que también soportaba una enorme tristeza. De hecho, Frida se pintó con lágrimas en los ojos, sobre un fondo árido y desolado. La obra, que es un grito desesperado de dolor, forma parte de la colección permanente del Museo Dolores Olmedo.

 

Henry Ford Hospital

Frida plasmó aquí uno de los momentos más traumáticos de su vida: el aborto natural que sufrió en el año 1932, mientras vivían con Diego en Detroit, Estados Unidos (no fue el único aborto, ya que también tuvo que someterse a abortos terapéuticos).

Cuando llevaba tres meses y medio de gestación, la pintora sufrió una hemorragia y tuvo que ser internada de urgencia. “Tenía muchas esperanzas de tener al pequeño Dieguito, quien iba a llorar mucho… pero ahora que pasó lo que pasó, no hay más que aceptarlo”, fueron las palabras que le escribió a su amigo, el doctor Leo Eloesser.

En “Henry Ford Hospital” vemos a Frida acostada en una cama de hospital (de nuevo la cama), bañada en sangre y con una lágrima enorme en su ojo izquierdo. De su estómago todavía inflamado se desprenden seis filamentos rojos y delgados, como si fueran venas o cordones umbilicales, que conectan su cuerpo con algunas imágenes que ella relacionaba con el aborto, y que la mencionada Hayden Herrera define como “símbolos de su fracaso materno”.

En el centro, y de un tamaño desproporcionado, está el feto de un bebé varón. Frida anhelaba tener un hijo y, aunque nunca lo logró, cuando hablaba del tema -como ya hemos visto-, se refería a él como “el pequeño Dieguito”.

La orquídea violeta, “que se asemeja a un útero extraído” (Hayden Herrera), es un regalo que recibió de Diego durante su internación. El caracol simboliza, según lo explicó la misma Frida, la lentitud de su aborto. El figurín del torso de una mujer sirve para observar cómo es el cuerpo de una mujer por dentro, desde su perspectiva. Es casi como si su cuerpo, que no había podido llevar adelante el embarazo, se hubiese desprendido de ella.

Pintó también una máquina de metal que ella diseñó para reflejar todos los fríos instrumentos utilizados para realizar un legrado uterino. Aquí buscó también expresar su desacuerdo con la industria moderna que tanto apasionaba a su marido: “Las máquinas representan mala suerte y dolor”. Por último aparece su pelvis, disociada de su cuerpo, y que no pudo albergar la vida que la habitaba.

En el fondo del escenario donde transcurre la escena se ve la planta de producción Ford, donde Diego iba a realizar sus murales. La cama parece estar flotando, lo que coloca a Frida en un lugar de aún mayor vulnerabilidad y desamparo. Pertenece a la colección del Museo Dolores Olmedo.

 

Autorretrato con collar de espinas

Frida pintó este cuadro durante la época de crisis de su matrimonio con Diego Rivera. El elemento más importante es el collar de espinas que se hunde en su cuello como señal del dolor que le causa su relación rota con Diego. Dicho collar viene de la famosa corona de espinas con la que Jesús habría sido crucificado, muy significativa en la tradición cristiana.

Del collar cuelga un colibrí negro, muerto, con las alas extendidas, un detalle que Frida comparaba con la forma de sus cejas. El colibrí simboliza el fin de su matrimonio. Sobre sus hombros, un gato negro, símbolo de mal augurio y, finalmente, su mono, regalo de Diego. El mono luce indiferente, que es como Frida percibía a su esposo. En esta obra Frida sigue portando el atuendo tehuano y el cabello al estilo tradicional mexicano, que ya se habían convertido en parte de su propia identidad. Se encuentra en el Centro Harry Ransom, Estados Unidos.

 

Las dos Fridas

Frida reflejó aquí las emociones luego del divorcio de Diego. Dibujó dos personas idénticas, pero que representan diferentes aspectos: una de ellas es la Frida mexicana, de la cual Diego se enamoró. La otra es Frida europea, es la nueva artista independiente y reconocida en todo el mundo, pero también la abandonada por su esposo.

Sus corazones están expuestos a la vista y se puede observar como una delgada vena los atraviesa, uniéndolos. La Frida de vestido victoriano sostiene unas tijeras quirúrgicas que cortan la vena sobre su regazo, permitiendo que la sangre se derrame sobre su vestido blanco. Frida siente que se desangra de dolor. Ambas mujeres se sostienen de la mano, como una aceptación de la artista de que ella es la única persona que se comprende, se ama y que se ayudará a salir adelante. Este cuadro se encuentra en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.

 

Sin esperanza

 

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«A mí no me queda ya ni la menor esperanza… Todo se mueve al compás de lo que encierra la panza”.

Esta es la frase devastadora que Frida escribió detrás de este cuadro en el que se la ve recostada en su cama (elemento omnipresente en su obra), desnuda y cubierta por una sábana, con lágrimas en los ojos y vomitando (¿consumiendo?, ¿gritando?) una masa monstruosa de animales muertos en forma de embudo, la que se encuentra sostenida por un caballete, coronada por una calaverita de azúcar que lleva el nombre de la artista en la frente.

La mirada sufriente de Frida está dirigida directamente al espectador, suplicando ayuda, comprensión, una ayuda que sus manos aprisionadas e inmóviles no pueden concederle.

En su libro “Frida Kahlo, the paintings”, la historiadora de arte estadounidense Hayden Herrera sostiene que las formas circulares de la sábana son células y óvulos sin fecundar, que encuentran su eco en la luna y el sol que brillan sobre el paisaje yermo en el que transcurre la escena. Así, el sufrimiento de Frida se extiende desde el microcosmos al macrocosmos. Todo es dolor y desolación, no hay oportunidad para que surja la vida, el dolor reina de día y de noche, con la luna y con el sol. No hay esperanza.

La obra muestra cómo vivió Frida la prescripción médica que ordenaba que la artista tenía que comer puré cada dos horas, para recuperar el peso que había perdido en esa época de su vida, fruto de las dolencias físicas que la aquejaron toda su vida. Como ella se negaba a comer, se la tuvo que alimentar literalmente a través de un embudo. El puré se transformó, para ella, en una masa repugnante de animales muertos, tan pesada que debía ser sostenida por un caballete, el mismo que le permitía pintar.

“Sin esperanza” es uno de los cuadros de Frida Kahlo que forma parte de la colección del Museo Dolores Olmedo.

 

Frida y Diego Rivera

Este retrato, en el que Frida trabajó durante los primeros años de su matrimonio, los muestra a ambos mirando hacia al frente con expresiones serias, pero tomados de la mano, como símbolo del gran amor que se tenían. Frida se mantuvo apegada a la realidad en cuanto a la diferencia de sus tamaños: él, grande, y ella, delgada y pequeña.

Vemos a Frida vestida con un típico vestido mexicano, atuendo que encantaba a su esposo y que empezó a usar casi al mismo tiempo que iniciaba su relación con él. También se puede apreciar que es Diego quien sostiene en su mano derecha una paleta y pincel, lo que demuestra la admiración que ella tenía por el talento artístico de su esposo.

A diferencia de las otras pinturas de Frida, donde predominan exuberantes fondos y ambientes coloridos, en este retrato no hay nada que distraiga la atención de los dos personajes, dejando claro que, en su relación -y al menos desde el punto de vista de Frida-, uno era suficiente para el otro. La obra se encuentra en el Museo de Arte de San Francisco, California.

 

Autorretrato con el pelo suelto

«Aquí me pinté yo, Frida Kahlo, con mi reflejo en el espejo. Tengo 37 años y es Julio de 1947. En Coyoacán, México, el sitio en donde nací», reza una banda en la parte inferior de la pintura. Es sin duda una obra en la que busca reforzar su identidad, como lo indica su presencia en primer plano y la mención de su lugar de nacimiento. Pocas veces Frida se pintó de manera que se pudiera apreciar su cabellera, pero al hacerlo en este autorretrato sabemos que buscó agradar a Diego, quien adoraba su pelo largo y abundante. Pertenece a una colección privada.

 

Autorretrato en la frontera entre México y EEUU

Frida viajó con su esposo a vivir en Estados Unidos durante casi tres años y, durante ese tiempo, extrañó México con todo su ser. De ese sentimiento surgió esta obra en la que Frida se pintó al centro del cuadro, vistiendo un vestido rosa sencillo, sobre un pedestal, sobre un fondo repleto de imágenes que evocan a los dos países.

Por un lado está su visión de México, donde destacó la naturaleza, la cultura azteca, las creencias y los colores vibrantes. Del lado de Estados Unidos, predomina la tecnología y la industria. Frida sostiene en sus manos una bandera con los colores mexicanos, dando a entender cual es el lugar al que su corazón pertenece. Es parte de la colección del Instituto de Arte de Detroit, Estados Unidos.

 

Diego en mis pensamientos

A pesar de su divorcio, Frida nunca dejó de amar a Diego. Sabía que su exmarido jamás renunciaría a las aventuras con otras mujeres y que nunca iba a poder ser el esposo que ella anhelaba. Aún así, Diego no iba a poder irse de su alma ni de sus cuadros y por eso en este autorretrato lo pintó sobre su frente, entre sus cejas, en el lugar del tercer ojo, siempre presente.

Frida viste el vestido de tehuana que a él tanto le gustaba, en un intento tal vez por recobrar su admiración. Alrededor de su rostro, toda la obra se llena de grietas, que simbolizan las marcas que dejó en su alma y en su mundo la separación de Diego. Pertenece a una colección privada.

 

El venado herido

Es fácil saber cuando una pintura de Frida Kahlo expresa un sentimiento de dolor insoportable, pues la artista era incapaz de replicar el sufrimiento en su propio cuerpo, y por eso utilizaba otras imágenes. En este caso usó la de un venado que, con la cara de la misma Frida, se encuentra con el cuerpo atravesado por flechas, solo y herido en el medio del bosque.

Frida pintó este cuadro después de una operación de columna vertebral que supuestamente reduciría sus achaques pero que, por el contrario, le trajo aún más dolores de espalda. En la esquina inferior izquierda de la obra, Frida garabateó la palabra “carma”, que en este caso tiene como significado “destino”. La obra fue un regalo de bodas que le hizo Frida a una familia amiga y se encuentra en Houston, Texas, EE.UU.

 

El abrazo de amor del universo

Muchos elementos conforman esta obra: representaciones mexicanas del día y la noche, la luna y el sol, la vida y la muerte, la madre naturaleza. En el centro del cuadro, vemos a Frida abrazando a un Diego desnudo y aniñado, lo que ilustra el gran amor que le profesaba a su marido, un amor que iba cambiando de forma, que a veces era de amantes y muchas otras de madre, de hija, de hermana. Al mismo tiempo, la imagen nos remite a la imposibilidad del cuerpo de Frida para engendrar hijos, lo que sin dudas fue la gran herida de su vida. Puedes verla en el Museo Casa Azul, en la Ciudad de México.

Este artículo sobre la historia detrás de los cuadros de Frida Kahlo fue actualizado por última vez el 6 de Diciembre de 2019.