En la infancia es cuando sin duda formamos todos los buenos y malos hábitos, el carácter y los modales y sobre todo la conciencia sobre el amor, por lo que es esencial que como adultos sembremos en los niños lo mejor de nosotros. Lo anterior lo sabían muy bien los pueblos prehispánicos y se esforzaban día a día en educar a los pequeños a través de hermosas tenonontzaliztli o “exhortaciones”, que los ayudaran a comprender mejor la realidad en la que se encontraban y a aprender valores como el respeto, la humildad, el trabajo y el amor a la familia.

A pesar de que entre los mexica no encontramos referencias poéticas al romanticismo entre dos personas, eso no significa que no existiera. Sin embargo, sí encontramos muchas referencias al amor de un padre o una madre hacia sus hijos, lo cual resulta curioso, pues aquella fue una nación que sustentaba su desarrollo en el poder militar.

Bien, pues a continuación te mostraré algunas de éstas palabras que los padres hacían a sus hijos y que nos demuestran lo cariñosos que eran con ellos.

Yub quitoaya in huehuetque… (Como decían los viejos)

“Aquí estás mi hija, mi collar y pluma fina, mi criatura y mi hechura, lo rojo de mi sangre, mi retrato, has venido a la vida, has nacido, que te mandó acá nuestro señor Tloque Nahuaque, el hacedor, el creador de la gente en la tierra.”

El anterior es el inicio de una de éstas tenonontzaliztli y podemos apreciar en las primeras palabras el gran amor que la madre tiene por su pequeña, llamándola collar y pluma fina.

Acto seguido la madre le advierte sobre los peores escenarios que hay en la vida y le invita a no sufrir por ello.

“Ahora ya te das cuenta de las cosas, ya ves como es aquí; no hay alegría, no hay felicidad, sino pena y desdicha y cansancio y miseria (…) Pero aún cuando así sea, aún cuando así estén las cosas en la tierra ¿acaso ha de oírlo uno y espantarse y vivir llorando?”

Y ante la advertencia y la invitación a no hacer de la vida una justificación para deprimirse, vuelve la madre a expresarle su amor, indicandole que ante tales infortunios, como madre siempre estará ahí.

“Pues ahora, mi niña, oye bien, mira con calma; aquí está tu madre, tu señora, de cuyo seno y entrañas te despegaste, te desprendiste; como una plantita, como una yerbita te alzaste, echaste hojas, floreciste; como si hubieras estado dormida y te despertaras.”

Y sin perder de vista que la hija no debe confiar en que su madre le resolverá la vida en todo momento, la madre vuelve a recordarle las dificultades de la vida, una vez más con las más tiernas palabras.

“Mira, oye, entiende, así son las cosas en la tierra. No vivas de cualquier modo, no vayas por donde sea. ¿Cómo vivirás, por donde has de ir? Se dice, niña mía, palomita, chiquita, que la tierra es en verdad un lugar difícil, espantosamente difícil.”

Y por si el amor de la madre no basta para levantar el ánimo de una hija, entonces hay que recordarle lo mucho que vale como mujer.

“Oyeme, que en verdad te digo que eres noble, que veas que eres algo precioso, que aunque seas una muchachita, eres jade y turquesa, joya fundida y labrada, roja sangre, aguja y pua, pelo y uña, fragmento y astilla de la nobleza ¿O es que todavía no entiendes lo bastante, que todavía te estás jugando en el suelo con tierra y tepalcates.”

Enseguida la madre se culpa a si misma por haber traído a su hija a este mundo dificultoso y en el acto se disculpa por ello.

“Aquí estamos aún nosotros, a quienes más importas, ¿Acaso dijiste tu, nuestra hija: sea yo hecha, nazca yo?. Fue nuestra culpa, nosotros te pusimos a sufrir, pues de este modo se conserva el mundo.¿Es así acaso como se dice? Nuestro Señor ordenó, dispuso que hubiera generación y multiplicación en la tierra.”

Y por último, la madre termina su tenonontzalilztli refrendando su amor y su apoyo y recordandole a su pequeña que mientras viva, no le faltará nada, pero que tarde o temprano tendrá que valerse por sí misma.

“Aquí estamos aún, todavía no es nuestro tiempo, todavía no nos cae el palo y la piedra de Nuestro Señor, aún no nos morimos, aún no nos acabamos. Bien sabes, hijita, palomita, chiquita, que cuando nos haya ocultado nuestro señor vivirás de otras personas y no es tu destino la hortaliza ni la leña, el chile, el terrón de sal, la tierra de tequesquite, ni estar parada frente a puertas ajenas, que eres noble; aprende más bien lo referente a la rueca y la lanzadera, la bebida y la comida.”

Así es como una madre mexica con todo el amor del mundo aconsejaba a su hija, a quien había traído al mundo y de quién era responsable, porque el amor más fuerte tal vez no se da en una pareja, sino de una madre a una hija.

“Esto es todo lo que te ofrezco, mi voz y mi palabra; con ello cumplo ante Nuestro Señor; tal vez lo arrojes por ahí, pero ya lo sabe; yo cumplo así con mi deber, mi hija, niña, paloma, chiquita; queda tranquila, que te mantenga en paz Nuestro Señor.”

Fuente: “Huehuetlahtolli, libro sexto del Códice Florentino”.