Mucho hemos hablado de la forma de vida de los pueblos nativos, de sus costumbres, sus tradiciones, su cosmovisión y su forma de regirse, pero ahora quiero contarte cómo cambiaron la infancia y la educación de los niños a partir de la llegada de los españoles.

Para los pueblos prehispánicos, por ejemplo, los niños eran “un regalo de los dioses”, según la autora Cristina Masferrer en su obra “Muleke, negritas y mulatillos. Niñez, familia y redes sociales de los esclavos de origen africano en la Ciudad de México”, publicado por el INAH.

En tanto que durante la colonia esta visión no era del todo general y dependía más bien del grupo social en el que el niño había nacido, lo que determinaría si durante su vida gozaría de respeto o sería parte de la mayoría marginada.

A los niños, en la época prehispánica, en específico en la capital mexica, México-Tenochtitlan, se les consideraba un regalo divino, y eran incluso más valiosos que los bienes y objetos materiales de mayor valor comercial. Se decía que habían sido formados en el más alto de los cielos.

Los niños, en la cosmovisión nahua, eran vistos como intermediarios entre la humanidad y las deidades de la lluvia y como una especie de regeneradores de los ciclos. Por ello se han documentado algunas muertes rituales, dedicadas a la continuidad y regeneración de la vida. Ejemplo de esto son los sacrificios mexica para Tláloc, que incluían niños y que eran realizados en dos períodos: por una parte y de forma ocasional, en los momentos de sequía y, por la otra, periódicamente desde el decimo sexto mes del año hasta el cuarto mes del año siguiente, según refiere el autor López Austin en su obra “Sentido mágico o religioso de los sacrificios en el México Antiguo”.

Sahagún, en su “Historia General de las cosas de la Nueva España”, nos cuenta que durante estos rituales se inmolaba a un niño en medio del lado de Texcoco para agradecer y solicitar las lluvias. Muy similar a lo que nos describe Fray Diego Durán, en “Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de Tierra Firme”, quién asegura que la misma práctica se llevaba a cabo en el Monte Tláloc.

En este artículo te contamos los rituales que rodeaban el embarazo y el parto de las mujeres mexica, quienes eran las guerreras que traerían al mundo a un nuevo ser humano. Por ello los cuidados para el niño comenzaban incluso antes del nacimiento, cuando las TLAMATQUITICITL (parteras) brindaban a la futura madre todos los cuidados necesarios, vigilando su alimentación, actividades diarias y suministrando la medicina necesaria para llevar un buen embarazo, todo con tal de cuidar del regalo divino: el bebé, que al igual que los demás, provenía, según sus creencias, del decimotercer cielo.

Los mexica no conocían la discriminación en cuestión de estudios y cualquier niño podía ir a la escuela sin importar su clase social, aclarando en este punto, que existían escuelas para futuros dirigentes y las escuelas para las clases bajas.

Por otro lado, también hay que señalar la forma en que se corregía a los niños problemáticos, como ya te contamos en nuestro artículo de los castigos que recibían los niños mexica, en el que te hemos mencionado que la educación era el pilar más importante de aquella nación y no se podían permitir que los niños no la tuvieran. Por ello, algunos de aquellos castigos hoy podrían ser considerados crueles, pero que resultaban efectivos a la hora de moldear personalidades.

Asimismo, existía la posibilidad de castigar al niño, cediéndolo en una especie de esclavitud con algún amigo o pariente para que aprendiera el valor de lo que había estado desaprovechando y así corregir sus actitudes frente al resto de la sociedad.

Pero aquí no acaba la bondad con los niños en la época prehispánica, pues Pablo Escalante en su ensayo “La ciudad, la gente y las costumbres”, nos cuenta que “la manutención de huérfanos y viudas, así como la asistencia a las familias que pasaban por alguna situación difícil, eran responsabilidades que el barrio asumía”. ¿Qué te parece?

Sin embargo, todo esto cambió a la llegada de los europeos y la escuela pasó a ser un lujo que solo los hijos de nobles podían darse, pues a las clases bajas se les hacía partícipes de una educación más encaminada a la religión que a los conocimientos básicos. Así lo ilustra Fray Jerónimo de Mendieta en su “Historia Eclesiástica Indiana” de 1597:

“Los indios tienen mucha capacidad, pero los instruidos se vuelven menos dóciles y resignados que los ignorantes, entonces solo cristianícenlos, más no los eduquen”.

Y una muestra de lo anterior es lo relatado por Torquemada en su obra “Monarquía Indiana” en la que señala que la educación se configuró para dividir a la nobleza de las clases bajas, y a los conquistadores de los conquistados. Una prueba de ella son los dos colegios que se fundaron entre 1526 y 1527, uno para transformar a los hijos de la nobleza nativa en nobles de formación hispana y el otro para que la gente plebeya aprendiera la doctrina cristiana y los oficios.

Así mismo, en relación a los niños esclavos, como era el caso de aquellos de origen africano, ellos heredaban la esclavitud desde antes de nacer y por todos es sabido que durante siglos fueron fuertemente marginados sin acceso a derechos de ningún tipo. Aunque claro que hubo excepciones, como la villa que fundó Gaspar Yanga, que fue la primera comunidad de africanos libres en América.

Así fue que, para 1910, en los inicios de la Revolución mexicana, el 90 por ciento de la población se encontraba en un estado de analfabetismo, lo que nos hace necesariamente mirar hacia atrás y darnos cuenta que, desde el inicio de la colonia, la educación infantil no fue una prioridad de los gobiernos y que la mayoría de la población no era más que mano de obra que enriquecía a un pequeño grupo de acaudalados.

¿Vaya que el cambio debió ser terrible, verdad?