1. El español

Puede que el inglés domine al mundo, pero el español le está pisando los talones. No sólo se habla en casi toda Latinoamérica y España, sino que es tan parecido a idiomas como el portugués o el italiano —e incluso el francés— que te ahorrará un par de dolores de cabeza en el camino. En Italia logré mantener una conversación perfectamente razonable con tres locales hablando tan sólo en español. Aunque puede ser que las cervezas que hubo de por medio tuvieran algo que ver con mi súbito poliglotismo.

 

2. La capacidad para aguantar la fiesta

Los europeos tienen fama por sus salidas locas y aunque claramente no les puedo seguir el ritmo en la bebida, mi sangre mexicana sí que me ha ayudado a tener unas cuantas noches de fiesta increíbles. Ya sea bailando polka en una iglesia francesa o a menos de seis grados en los bosques suecos, esta particular habilidad mexicana me ha ayudado a hacer unos cuantos amigos europeos y crear recuerdos para contarle a mis nietos.

 

3. El regateo

No es ningún secreto que cuando uno viaja de mochilero tiene presupuesto bastante limitado… especialmente con el tipo de cambio hoy en día. Y aunque puede parecer que regatear es una costumbre más de nuestras tierras, te sorprenderás con la cantidad de mercados y puestos callejeros que te permiten poner a prueba todas las habilidades aprendidas de tu madre en los día de tianguis.

 

4. La automedicación

Sí, sí tengo seguro médico, pero sí, también me cobran un deducible en dólares que compromete mi comida de la semana. Después de unas cuantas cuentas médicas, he aprendido que no hay resfriado europeo que no se cure con una infusión de limón y jengibre y que los dolores de espalda causados por dormir en asquerosas camas de hostal desaparecen con una mezcla de compresas frías y calientes. Viajar es la perfecta oportunidad para utilizar todos los remedios caseros de la abuela.

 

5. Echar la chorcha

Mucha gente me pregunta si no me siento sola al viajar por Europa. Puede que así fuera si no tuviera la capacidad de comenzar conversaciones con extraños bajo cualquier circunstancia. Como cualquier mexicano que se respete, el hablar hasta por los codos me ha ayudado a sobrevivir en mi año por Europa. Gracias a la facilidad de palabra, comí gratis en un viñedo de Eslovenia, conseguí un trabajo temporal en Irlanda y me salvé de la deportación en Londres.

 

6. La improvisada

Detesto darles las noticias de esta forma, pero cuando viajas, las cosas tienden a salir mal. Sí, sí, todo es mágico y bello hasta que tu host de Airbnb cancela tu reservación o pierdes el último vuelo del día y no tienes un quinto para pagar la habitación de hotel o, mi favorita, te resbalas en una playa croata y caes al mar con todo y tu cámara réflex. Cuando te enfrentas a estos problemas, a veces no te queda de otra más que usar tu ingenio mexicano e improvisar una solución. Hace un par de meses terminé pintando un mural en Bélgica a cambio de una cama en un hostal o subiéndome a una camioneta de desconocidos para cruzar la frontera Eslovena cuando se canceló el último tren. No hay nada que inspire más la creatividad que una situación peliaguda en el extranjero.

 

7. La falta de vergüenza

No hay nada mejor para viajar por el mundo que ser un sinvergüenza. El dejar todos los recatos de lado cuando estás en el extranjero es la mejor forma de disfrutar al máximo tu viaje. Los mexicanos no somos ajenos a la falta de vergüenza, por eso es que me resultó tan fácil saltar en ropa interior en un río suizo, cantar Bésame Mucho con un grupo de italianos en Florencia y colarme a una premiere en Trafalgar Square y conseguir el autógrafo de Anne Hathaway.

 

8. El buen paladar

No es ningún secreto que la gastronomía mexicana es excepcional. La cocina nacional es tan rica y llena de sabores diferentes, especias y condimentos, que pocas veces nos vemos en aprietos al probar platillos extranjeros. ¿Curry de la India? Ni pica… ¿Pudín negro? Sabe igual que la moronga… ¿Brandy con miel y chile piquín? ¡Deme dos!

 

9. Y el estómago de acero…

Mientras que muchos extranjeros sufren de malestar estomacal cuando viajan a otro país, me atrevo a decir que para los mexicanos, el acostumbrarse a las delicias locales es un proceso mucho más sencillo. Como dije en el punto anterior, nuestra cocina está llena de especias y sabores. Además, si sobreviviste a esos tacos de dudosa procedencia del puesto de Doña Chonita, no hay nada que tu panza no pueda manejar.