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Las 16 cosas que los venezolanos en el extranjero más extrañamos para Navidad

Venezuela
by Silvia Contreras Dubuc 20 Dec 2016

Cada vez somos más los venezolanos que estamos en el exterior y ahora que viene la Navidad, nos invade un poco la nostalgia pensando en esas cosas que siempre extrañamos al estar lejos de casa en esta época.

1. Empecemos por lo obvio: las hallacas en familia.

Sí, puede que ahora, estés donde estés, puedas preparar las hallacas con el mismo sabor y hasta las mismas hojas de plátano, pero a pesar de eso no es igual. Nada como ir a las reuniones que se formaban en casa de los abuelos para pasar horas entre familia haciendo hallacas. Cada uno tenía ya su trabajo asignado y era una cosa seria cumplir con él. Además, ¿quién no hacía competencia en noviembre para decir que ya se había comido su primera hallaca del año? ¿O se iba de visita a la casa de todas las tías para ver quién preparaba la mejor hallaca?

2. Prender la radio y escuchar gaitas.

Que lo primero que sonara al encender el reproductor de la casa o el carro fuese una gaita era sinónimo de que ya la Navidad había llegado. Y -para los que no saben- en Venezuela ¡eso sucede más o menos desde octubre! Entonces, uno escuchaba furruco y tambora durante casi tres meses…

3. Las misas de aguinaldo…

Valía la pena despertarse a las cinco de la mañana, sólo porque era otra excusa para festejar desde temprano. Además, uno esperaba feliz salir de la iglesia y que los vecinos compartieran contigo el típico desayuno madrugador o al menos un chocolate caliente. Si vivías en Los Andes, esperabas bien contento tu arepita de trigo, ¿o no?

4. …y las patinatas

Además, después de aquel buen desayuno uno se iba por esas calles en patines como si no hubiese mañana. Y si estabas cerca de algún pueblito, seguro conseguías alguien con trineo -a lo venezolano- que te diera una “colita” alrededor de la plaza.

5. Ir a un amanecer gaitero.

¿Quién no fue en plena temporada decembrina a un concierto para ver en una misma noche a Maracaibo 15, Gran Coquivacoa y Guaco al menos una vez en la vida? Y es que, aunque a veces uno se resistía al sonar de la gaita, terminaba con todos los amigos en cualquier amanecer gaitero cantando a todo pulmón y bailando al ritmo de “Amparito”.

6. Tararearle a los niños de la casa “si la virgen fuera andina…”

Por qué no ilusionarnos con que María haya nacido en Los Andes venezolanos y que José, quizá, haya sido un llanero. Nos gustaba pensar que el niño Jesús era nuestro paisano. Aún la cantamos la noche del 24, estando lejos, cada vez que le prendemos la velita al lado del pesebre.

7. El amigo secreto

En Venezuela lo del amigo secreto es algo que se toma bien en serio. Uno amaba llegar a clases o al trabajo y tener un chocolate en su escritorio. Ya desde que empezaba el juego, uno intentaba adivinar quién le regalaba a quién, a ver si había chance de tirar una que otra indirecta “pal regalito final”.

8. Pintar la casa…

Diciembre era sinónimo de poner bonito el hogar en Venezuela. No había casa que no estuviese pintadita para recibir el año nuevo. Y eso también era un trabajo en familia. Luego era una sola fiesta juntarse a armar el arbolito y llenar la casa de luces.

9. ¡Hacer el mejor pesebre!

Esa es otra cosa que contaba casi como trabajo profesional. Cuando se iba a armar el pesebre en las casas venezolanas, todos se convertían en arquitectos, pintores y diseñadores. ¡Había que tener un mejor pesebre que el del vecino! Lo cierto es que al final todos terminábamos reunidos en el estacionamiento de la urbanización para festejar lo realizado.

10. Que te reciban con ponche crema y torta negra, o con pan de jamón.

Desde que empezaba diciembre ya uno armaba la lista de todas las visitas que tenía que hacer en el mes. ¡Cuidado si se nos olvidaba alguien! Pero lo más sabroso era llegar a casa de cualquiera y saber que seguro te recibían con tu pedazo de torta negra y tu vasito de ponche crema o que en el mejor de los casos tuviesen pan de jamón recién traído de la panadería o hecho en casa. ¡Cómo no engordar en Navidad con esa visitadera!

11. Cumplir con algunas tradiciones más regionales…

Si eres de Caracas, debes extrañar mucho decir que “pacheco” ya estaba llegando, esperar al primer día de diciembre para ver encendida la Cruz del Ávila, ir a la Feria del Ateneo a comprar los regalos e ir a celebrar el fin de año en la Plaza Altamira. Por supuesto que si era bailando con La Billos, mejor.

Por su parte, en algunos pueblos al Sur del Lago de Maracaibo y Trujillo, la tradición era ir a bailar San Benito el 25 de diciembre. Era una buena excusa para seguir la fiesta de la noche anterior, ¿no es cierto?

12. Comprar cebollitas, estrellitas, triki-trakis y tumbarranchos.

Es que los venezolanos crecemos con la firme convicción de que no hay Navidad sin fuegos artificiales. Nos enseñaron a tirar cebollitas y luego nos dieron estrellitas con las que corríamos por toda la casa -y casi le quemábamos el vestido a la prima, a la abuela o a mamá-. Más grandecitos, descubrimos los famosos “triki-trakis” y en nuestro mejor momento de maldad aprendimos que si metíamos un “tumbarrancho” en una botella de plástico hacíamos que el vecino pegara un brinco que casi lo hacía llegar al techo.

13. O disfrutar de los fuegos artificiales de los vecinos…

Porque si en la casa no había plata para comprarlos o tus papás no te dejaban, tú te subías al techo del edificio o de la casa, o te parabas en el medio de la calle para disfrutar de lo fuegos artificiales de los otros. Siempre había un vecino que se gastaba todos los aguinaldos en el mejor espectáculo de colores de la cuadra (mal que le pese a los pobres animalitos de la región).

14. ¡Comerse una arepa o un sándwich con el pernil de la noche anterior!

Nada mejor que levantarse con el trasnocho y la resaca a millón, y saber que en la nevera sobró pernil para desayunar con una arepa -o con un pan campesino-. Es que parece que al día siguiente tiene más sabor y todo. ¿O será el ratón?

15. Esperar el año nuevo escuchando “faltan cinco pa’ las doce”.

Si no era en tu casa, seguro que el vecino tenía el radio encendido a todo volumen para esperar a que sonaran las 12 campanadas. Pero primero era ley cantar “…faltan cinco pa’ las 12 el año va a terminar…”. En ese momento ya teníamos preparadas las uvas, la copa para brindar y los abrazos.

16. Los abrazos…

No podemos extrañar nada más que eso: abrazar a quienes hoy tenemos lejos, porque ese es el verdadero sentido de la Navidad, compartir con quienes amamos. Y es que todo lo demás lo podemos resolver o dejar pasar, pero no poder recibir un abrazo de quienes se quedaron en casa será siempre lo que más extrañaremos.

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