Tenemos una especie de obsesión por viajar bien. Queremos diferenciarnos de ese turista de bermudas y sandalias con calcetines que hemos visto en casa o de ese compatriota al que hemos reconocido por hablar muy alto en castellano a un pobre camarero húngaro que sí, ya ha aprendido algo de español gracias a los turistas monolingües.

En ese viajar bien, el primer acto es decir que somos viajeros, no turistas. Aunque según el diccionario la única diferencia entre uno y otro es que el primero simplemente viaja y el segundo lo hace por placer.

El segundo acto es la búsqueda de la autenticidad del viaje. Ir a un lugar y volver de él con la experiencia auténtica: habiendo visto lo de verdad y no lo turístico, comido lo auténtico y no lo adaptado a paladares poco acostumbrados, dormido en una casa y no en un hotel. Como si los romanos hubiesen construido la Fontana di Trevi para atraer turismo, como si pasarlo mal comiendo algo muy picante o acabar con diarrea fuese mejor que quedarse en lo seguro, como si, tal como están las cosas, un Airbnb nos fuese a dar más experiencia local que un hotel.

“Es que yo viajo como un local”, decimos. La intención es buena (y, vaya, algo que este mismo medio defiende), queremos decir que no pasamos por los sitios por pasar, que intentamos profundizar un poco en la cultura y la historia y la gente. Pero quizá la expresión no sea la más adecuada. El local no va la Fontana di Trevi no porque no le guste, sino porque está abarrotada; no lo pasa mal comiendo el picante y sus intestinos aguantan la comida porque están acostumbrados a ella, y no duerme en un hotel porque tiene su propia casa. Y, sobre todo, el local no está viajando. El local está yendo al trabajo si lo tiene, o a hacer la compra, o a ver a unos amigos. Está en su rutina diaria y tú no. Y no pasa nada.

Los ojos del turista no son (ni deben ser) los del local

 

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Como habitante de una ciudad que ocupa el número uno de la primera lista que aparece en los resultados al googlear “ciudades más feas de España”, si he aprendido a quererla y apreciarla incluso estéticamente es en parte gracias a la mirada de los turistas (viajeros que viajan por placer, recuerda). Vigo sigue teniendo zonas horrorosas y sigue teniendo la mala fama (muy interiorizada, aunque ya mucho menos, por los vigueses), pero hace ya años que tiene un centro bonito y agradable y no es solo “los alrededores”.

Aun así, enseñarle la ciudad a alguien de fuera es siempre llevarlos con un poco de miedo, avisando de que no es el lugar más bonito del mundo, que no es Oporto ni Santiago. Y mientras yo pongo excusas (pero también defiendo que sí, que hay cosas que valen la pena), mi amigo turista señala y exclama, señala y pregunta, hace fotos a edificios y a vistas que yo nunca me había parado a apreciar. Me encanta ver a turistas parados en mitad de una calle por la que paso todos los días haciéndole una foto a algo y fijarme en qué ha llamado su atención.

El ojo turista está más abierto y más atento porque llega lleno de curiosidad, precisamente, a ver. (El término para hacer turismo en inglés es sightseeing, literalmente ‘ver vistas’). Está muy bien que alguien del lugar que estamos visitando nos lo enseñe y nos lleve a sus lugares favoritos, muchas veces rincones que no encontraríamos si fuésemos solos, pero tampoco hay que menospreciar nuestra propia capacidad de exploración. Incluso si solo vamos a los puntos más turísticos (recomendable solo si no están masificados), nuestro ojo turista, que lo que quiere es ver, descubrirá cosas y detalles en los que a lo mejor nuestro amigo local nunca se había fijado.

Lo tuyo será casi siempre una elección; lo del local, no siempre

 

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Viajar a lugares con una situación económica peor a la nuestra es siempre complicado. No queremos ser el que se queda en el hotel de cinco estrellas mientras a pocos metros empiezan calles y calles y barrios y kilómetros de pobreza, pero no por escoger dormir y vivir en esas zonas más humildes unos días vamos a tener una experiencia más local y auténtica. La diferencia principal: tú has escogido hacer eso, la persona local probablemente no haya tenido mucha elección.

Pero incluso sin ponernos en situaciones tan extremas: pongamos que estás en un lugar más o menos equivalente económicamente al tuyo. ¿Hasta qué punto estás teniendo una experiencia más auténtica solo por seguir el día a día de una persona de allí? ¿Te cualifica una semana o un mes así para decir que has vivido como ellos, que de verdad entiendes la cultura, que los locales hacen esto o lo otro, que cocinan así, que prefieren esto? En realidad, no. Te cualifica para hablar de cuál fue tu experiencia allí, pero nada más.

Hablar de los locales ya te mete en un mundo de estereotipos

 

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¿Qué es un local? Además de una palabra que, con el significado de ‘alguien de un sitio’, hemos copiado a los angloparlantes (fueron ellos los que popularizaron la locura de viajar “like a local”), un local no es más que una persona de un lugar. Todos somos locales del lugar en el que vivimos cuando llevamos el tiempo suficiente allí. Pero ¿somos todos iguales? Hay costumbres y hábitos y códigos que compartimos, pero es mucho más fácil detectarlas y hablar de ellas cuando son las nuestras. Yo sé qué cosas hago que comparto con muchos gallegos y cuáles en realidad son cosa mía y cuáles son típicas pero casi nadie hace.

Si salgo fuera, tengo que estar mucho, mucho tiempo en un mismo lugar para apreciar los matices, para saber cuándo generalizo y cuándo no, para decir cosas como “a los vieneses les encanta ir a hacer senderismo el fin de semana” o “todos los vieneses tocan algún instrumento” y ser consciente del porcentaje de verdad y el porcentaje de mito.

Es posible llegar a un nivel de entendimiento muy profundo de una cultura, sí, pero son necesarios años. No estarás viajando como un local porque, como el local (que ahora eres tú), no estarás viajando.

Hay una forma correcta de viajar, pero no es esta

 

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En todo este mundo de guerra entre turistas y viajeros y búsqueda de lo auténtico siempre tenemos la sensación de que se nos está diciendo que hay una forma correcta y una forma incorrecta de viajar. La primera reacción, si estamos un poco hartos de todos estos prejuicios y de cómo ciertos sectores de viajeros parecen sentirse superiores al resto, es decir que cada uno viaja como quiere. Es así… y no lo es. Turista o viajero, buscador de lo local y auténtico o solo de pasarlo bien, independiente o en grupo organizado, sí hay una serie de cosas que todos deberíamos cumplir en nuestros viajes.

  • No seas un imbécil. La mala prensa de los turistas se debe principalmente al sector de viajeros por placer que van por el mundo arrasando un poco con todo, sin importarles su impacto ni aprender nada del lugar en el que están. Ya sabéis: borrachos que destrozan, gente que se carga el patrimonio, grupos que molestan a los vecinos, personas que se enfadan porque el camarero no habla su idioma o porque en ese restaurante de Galicia no hay paella. Pero esto va también parra los autoproclamados viajeros: creer que viajas mejor que el resto y que eres un experto en una cultura por haber pasado un mes viviendo con una familia te pone en el centro de la categoría que estamos tratando.
  • Sé respetuoso. No intentes ser un local, no lo eres. Pero activa tu empatía a tope e intenta comprender, ponte en el lugar de quien vive en el sitio que visitas, pregúntate cuándo ayudas y cuándo molestas, por qué haces esa foto, si es necesaria, si deberías pedir permiso para hacerla y para compartirla, dónde gastas el dinero, etc.
  • Habla con la gente. No vas a poder ser como los locales (tú eres local de otro lugar), pero eso no significa que debas mantenerte al margen. Inicia conversaciones, aprende a ver el lugar en el que estás a través de los ojos de esa persona en particular. Pídeles consejos, pregunta por sus rincones y comidas favoritas. Pero no saques conclusiones: estás hablando con una persona, no con un representante de todos los habitantes de tu destino de vacaciones. Y no fuerces la conversación: no a todo el mundo le va a apetecer hablar contigo.
  • Mantén la mente abierta. No critiques sin más. Todos viajamos y nos encontramos con situaciones criticables (lugares en los que tu feminista interior estará escandalizada todo el rato, destinos llenos de suciedad y basura, etc.). Ten en cuenta que no estás en casa. No se trata de justificar (porque hay cosas injustificables) ni de imitar conductas (no tienes por qué tirar basura al suelo solo porque ya hay), sino de recordar siempre que cada cultura sigue su camino y su historia y que dentro de cada cultura hay miles o millones de individuos distintos, muchos intentando cambiar las cosas. Reconoce tu privilegio. Observa, pero intenta no juzgar demasiado, especialmente cuando va a ser para concluir algo tipo “los checos son unos bordes” solo porque no te recibieron con sonrisas.
  • Evita lo masificado. Y no por eso de ser más guay y no ir a lugares de turistas, sino porque lo masificado es en realidad un problema para el lugar que tiene que lidiar con esa masa. Monumentos históricos dañados, vecinos forzados a mudarse a las afueras, pueblos pequeños sin capacidad para absorber tanto turismo, maravillas naturales en pleno deterioro…
  • Minimiza tu impacto. ¿Y si es impacto positivo? En realidad, hay situaciones muy complejas y lo que parece positivo en realidad no lo es tanto (por ejemplo, el volunturismo). Estúdialo todo bien y piensa en adónde va el dinero que gastas. No se trata de obsesionarse, solo de pararse un poco a pensar e informarse.

En Roma, puedes decidir ir o no a la Fontana di Trevi. Si decides no ir, que no sea porque los locales no van, sino para que puedan volver a hacerlo.