Crédito: AsaPeka

1. Crees que las personas en tu dorm son de las más chéveres que has conocido en tu vida.

¿Australiano y surfer? Excelente. ¿Jugador de voleibol de Minnesota que sale de Estados Unidos por primera vez? ¡Increíble!

Cada persona que conoces en el hostel es tan interesante, que no te importa escuchar sus historias de viaje aunque sean de lo más mundanas, yendo del grupo de estudiantes de intercambio que no quieren probar comida local y piden pizza a domicilio, hasta el tipo que tiene una pinta rarísima con su camiseta de rock pesado llena de manchas. Pero, oye, ¡dale crédito! Está viajando a un país vecino por su cuenta a los 45 años.

 

2. La oferta de desayuno gratis te entusiasma.

Cualquier cosa gratuita es de tu agrado, y el hecho de que este hostel incluyera el desayuno fue incentivo suficiente para elegirlo entre el resto. No importa que las opciones consten de algunos cereales, rodajas de pan de molde, unos pocos tomates y café de mala calidad –gratis es gratis, así que te terminas el tazón de muesli con jugo artificial de naranja diluido sin chistar. Con eso deberías poder aguantar hasta el almuerzo.

 

3. Te olvidas de tus sandalias para la ducha.

Y de los auriculares. Y de la máscara para dormir. Y de los cubiertos. Y de traer suficiente ropa interior.

 

4. Confías –con reservas- en el lugar donde se guarda el equipaje.

Te preguntas si alguien se llevará tu equipaje como si fuera propio, pero no te queda otra que confiar, porque es imposible andar con tu mochila sobrecargada por los pequeños cafés de Paris o con una maleta con rueditas cuando intentas ingresar en la Ciudad Prohibida en Pekín.

Así que piensas “que sea lo que Dios quiera” (aún si no eres creyente), y esperas que tus pertenencias no se esfumen alguna de todas las veces que el empleado del hostel se olvida de cerrar con llave el storage room.

 

5. Te enamoras de la gente de recepción.

Sexy, austríaco, en sus veinte-pico. Tiene el mejor trabajo del mundo, no paga renta, y te ha invitado a tomar unas cervezas en un bar llamado Centímetro. Habla unos cinco idiomas, y se ríe de manera simpática cuando pronuncias mal Fleischpalatschinke. Hasta el que limpia los baños te parece sexy porque también habla cinco idiomas y te ha dicho que tu tatuaje de henna te queda muy bien.

 

6. Te conviertes en músico.

Pablo está tocando la guitarra acústica mientras que Jorge le da suave a los bongos, y tú haces como si conocieras esa canción argentina que están cantando en la sala común.

 

7. Tu lema es compartir.

Aceptas la oferta de un tal Shiloh de comer estofado vegano, después de que claramente se diera cuenta de que estás solo (o sola) y sin nada para cenar. Compras un tarro enorme de mermelada y no te importa que a la mañana siguiente falte la mitad… total no podías llevarla en el vuelo de Londres a Ámsterdam. Te enojas bastante cuando desaparece tu toalla, pero se te pasa cuando un colombiano guapísimo te la devuelve con una sonrisa.

 

8. No duermes.

Si logras pegar un ojo, es durante dos horas como mucho. Ya sea porque te pasas la noche de fiesta con ese tipo irlandés, o porque el equipo de fútbol de Maryland ronca muy fuerte, o porque aún tienes un jet lag terrible.


Este artículo fue publicado en inglés el 22 de septiembre de 2014.