Si el nacimiento merece una bienvenida digna, la muerte como despedida de este sueño llamado vida merece también un honroso ritual, pues es en ese instante el final de los sufrimientos y los obstáculos. Es, por fin, el momento de descansar y de dejar el camino libre a otros talentos, a otras palabras y a otras experiencias.

No importa quién seas ni qué hayas hecho, también te llegará la muerte. Nezahualcóyotl te lo lo recuerda:

“Aquí nadie vivirá por siempre.
Aun los príncipes a morir vinieron,
Los bultos funerarios se queman.
Que tu corazón se enderece:
Aquí nadie vivirá para siempre”.

Mira, estas eran esas preciosas palabras de despedida que los mexica dedicaban por última vez a sus muertos:

“Oh hijo, ya has pasado y padecido los trabajos de esta vida. Ya ha sido servido nuestro señor de llevarte. Porque no tenemos vida permanente en este mundo y, como quien se calienta al sol, es nuestra vida. Nuestro señor nos hizo merced que nos conociéramos y conversáramos los unos con los otros en esta vida y ahora, al presente, ya te llevó Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl ya te puso su asiento. Porque todos nosotros iremos allá y aquel lugar es para todos y es muy ancho y no habrá más memoria de ti. Y ya te fuiste al oscurísimo lugar que no tiene luz, ni más de volver y salir de allí y tampoco más habrás de tener cuidado y solicitud de tu regreso…”.

Hermoso ¿no crees? En una especie de resignación, los mexica le dicen a su fallecido que no pasará mucho tiempo antes de volver a encontrarse y ese es el consuelo de quienes se quedan en este mundo.

Fuentes: códice Florentino y el libro “Día de muertos en el mundo nahuatl prehispánico”, de Patrick Johansson.