“¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?
Nada es para siempre en la tierra:
Solo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe…”.

Nezahualcóyotl

Así es como describe Nezahualcóyotl el efímero paso del hombre por la tierra y nos recuerda que, más allá de nuestro temor a la muerte o nuestro apego a la vida, esto es solo un sueño del cual habremos de despertar.

Es así como, desde tiempos inmemoriales, la muerte es una compañera de vida para los mexicanos. Muy temida, es también celebrada durante el Día de Muertos, cuando los vivos y quienes ya se fueron de este plano conviven una vez más y comparten la comida, el aliento y la luz de las velas.

Crédito: Martha Jimenez

Hay cosas que hacen más sencilla la conexión entre nuestro mundo y el de los “sin cuerpo”, como les llamaron los antiguos “nahuas”. Elementos como el fuego, el aire, el agua y la tierra son esenciales en la celebración del Día de los Muertos (aquí puedes leer más sobre el origen prehispánico de esta celebración y los elementos de las ofrendas). El pan de muertos es, junto con las calaveras, el elemento más representativo de un altar.

Crédito: rulasmx

Se cuenta que el pan de muerto es de origen prehispánico y se remonta a la época en que los mexica realizaban sacrificios rituales. De las crónicas españolas nace la versión de que los sacerdotes extraían el corazón de la víctima, lo cubrían con amaranto y lo comían. Otra teoría es que los mexica comían panecillos de maíz mezclado con amaranto. Luego, los españoles lo habrían reemplazado por un pan de harina de trigo con forma de corazón que, con el correr de los años, dio origen al pan de muerto que conocemos hoy.

Una teoría, a mi entender más realista, cuenta que el origen del pan de muerto se dio después de la invasión y está vinculado con la eucaristía cristiana y el acto de recibir el cuerpo de Cristo. Ello explicaría el por qué los nativos aceptaron este elemento que, hoy en día, es uno de los más básicos de la celebración del Día de Muertos.

La forma redonda del pan simboliza el ciclo de la vida que, por supuesto, incluye la muerte. En su parte central superior surge una pequeña esfera representando un cráneo. Las cuatro franjas a sus costados simbolizan los huesos del difunto y el azahar, como esencia de su sabor, es un suspiro por los recuerdos que tenemos en común con el difunto.

Colocados en forma de cruz, los huesitos del pan simbolizan los cuatro puntos cardinales consagrados a los dioses Quetzalcóatl, Tláloc, Xipe Tótec y Tezcatlipoca, que los nativos hicieron creer que eran en honor a la cruz católica.

Crédito: hexenesi

Preparado con harina, levadura, azúcar, huevos, mantequilla, azahar, manteca vegetal y agua, el pan de muertos es un reflejo del sincretismo entre la cultura europea y la nativa. Es un alimento preparado con las técnicas que trajeron los españoles, pero que nos muestra la visión que los antiguos mexicanos tenían sobre la muerte: una mezcla de resignación y respeto, a la que en los tiempos modernos se le ha sumado el factor burla.

Cualquiera que sea el origen de este delicioso tributo, es un honor dedicarlo a nuestros difuntos una vez más, esta vez sabiendo por fin su significado. 

 

Crédito imagen de portada: marysolra