Los extranjeros amamos México por muchas razones (por sus colores, su comida, su exuberancia), y por muchas de esas mismas razones también nos encanta el Día de Muertos. Sin embargo, y a pesar de que nos atrae su tono festivo (¿a quién no?), creo que esta celebración nos llega a un lugar muy profundo del corazón por el solo hecho de ser humanos y de estar hermanados en la experiencia de la muerte, la única cosa de la que podemos estar cien por ciento seguros que ocurrirá en esta vida. Como reza la famosa cita de John Donne:

“La muerte del hombre me disminuye porque soy parte de la humanidad. Por eso no me preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por mí”.

No soy experta ni en México ni en el Día de Muertos, pero he tenido la enorme bendición de participar dos veces de esta fiesta y de sentir (o al menos intuir) la gran profundidad que tienen sus raíces. En unos días iré de nuevo a México para ser parte de las celebraciones, esta vez con mi hijo de 7 años, fascinado como tantos niños del mundo por el encuentro entre las almas encarnadas y las que ya no lo están. Entre tanta hoja que se cae (vivo en Estados Unidos) y tanta noche fría, me he puesto a reflexionar sobre por qué nos atrae tanto a los extranjeros el Día de Muertos.

Es liberador poder cantar y danzar codo a codo con la Muerte

En muchas de nuestras culturas la muerte es un tema tabú. De eso no se habla. No se dice “morir”, se dice “fallecer”, “partir”; y a los cadáveres y los esqueletos se los llama “restos mortales”. Muchas veces casi ni nos permitimos nombrar a los muertos, hasta que de pronto aparece una tradición que nos invita a recibirlos, año tras año, para que se reintegren al mundo de los vivos y poder gozar, una vez más, de los placeres humanos.

Esta idea es muy atractiva porque es una oportunidad no solo para recordar a nuestros seres queridos, cocinar su comida favorita y consentirlos con todo lo que les gustaba, como si aún estuvieran aquí, sino para observar qué pasa en nuestros nuestros corazones con estos muertos, con esos duelos, con la relación que teníamos con estos seres en vida y que -sea cual fuere su naturaleza- la muerte física no ha podido quebrantar.

Yo lo llevo más allá y siento como, en estos días oscuros iluminados por las flores de cempasúchil, regresan a mí no solo mis muertos, sino los pedacitos de mí que he enterrado, que he dejado morir, o que simplemente han sufrido de muerte natural. Todos esos aspectos y experiencias mías se integran, entonces, en una ceremonia de homenaje y reconciliación: todo ha tenido un por qué y todo es parte de quien soy hoy.

La Catrina

Como si la idea de homenajear a nuestros muertos y a lo que nos une a ellos no fuera suficiente, la Muerte que los trae de regreso llega vestida de forma despampanante, con colores tan vivos que obnubilan, y habla de una forma que es para morirse… ¡de risa!

El personaje de la Catrina nos recuerda que debemos andar más ligeros y tomarnos la vida con más liviandad. Que sí, algún día (hoy, mañana, en 50 años, ahorita) nos vamos a morir, pero que lo que cuenta es el hoy. La Catrina, esquelética, elegante y mordaz, nos recuerda que las emociones que nos traen estas fechas tan especiales -el llanto por el fin de la experiencia humana, la alegría del vivir hoy-, están ahí para ayudarnos a transitar el camino, y que una buena descostillada de la risa (especialmente si viene en forma de calavera literaria) puede hacernos morir y revivir en un minuto.

Esta celebración tiene raíces muy profundas

Los seres humanos necesitamos pertenecer, sentirnos parte de algo y sentir que algo nos pertenece. En el mundo actual, marcado por el individualismo, muchas veces nos sentimos solos y sin tribu. Por eso nos atrae tanto estar en contacto con una tradición arraigada tan profundamente; queremos contagiarnos un poquito, hacerla nuestra (¡déjenos, por favor!).

Aunque el Día de Muertos mexicano sea hoy una fecha más comercial famosa en todo el mundo, lo cierto es que su esencia nace en el corazón de los mexicanos; en cada casa, en cada comal, en cada ofrenda. Es como un fueguito que no se apaga, el fuego de esos ancestros que aún viven en los corazones, el fuego de un legado que hay que conservar y, en algunos casos, transformar.

Además, yo siento que esta tradición tiene raíces que van muy profundamente hacia abajo, hacia la Madre Tierra, pero que también extiende sus brazos hacia el Padre Cielo, al aceptar la existencia de un mundo perceptible a través de los cinco sentidos y de otro que no lo es.

Los colores

Muchos de nosotros (los que no hemos tenido el gran destino de nacer en México) hemos crecido asociando a la muerte con lo oscuro, lo opaco, lo que no debe mirarse a la cara, lo que ya no brilla. Hasta que un día llegó México a nuestras vidas (porque sí, aunque una sea la que llegue a México, este país se mete en el corazón en cuestión de segundos), y nos mostró que la muerte tiene luz propia: la luz de las flores de cempasúchil, de las veladoras en las ofrendas de las casas, de los corazones que honran y reciben a las almas de su familia con amor.

Photo: Nathalie Speliers Ufermann | Shutterstock

La comida del Día de Muertos

Escribir un artículo sobre México y no dedicarle al menos un párrafo (o quince) a la comida sería un pecado imperdonable… Así que voy a decir que una de mis metas antes de morir es llegar a probar todas las delicias típicas de esta festividad. Hasta ahora, solo he probado algunos de los tamales tradicionales y el riquísimo pan de muerto… ¡con mate! No me regañen, la próxima vez -les prometo- me pediré un chocolate.

Crédito: Lau B

¡Gracias México por compartir esta bella tradición con nosotros y ayudarnos a redescubrir nuestra imperfecta y bella humanidad!