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Porque cuando viajamos estamos entregados a la aventura.

Y enamorarse es una de las aventuras que jamás nos cansaremos de experimentar.

 

Porque no existe la opción de dejar para mañana lo que puedes hacer hoy.

No hay tiempo para futuras citas, ni para dudar si es el mejor momento para darse el primer beso. Un día más puede ser el equivalente a cien kilómetros de separación entre ustedes.

 

Porque en el camino solo somos viajeros.

No nos ocultamos detrás de etiquetas sociales ni nos definimos por medio de deberes superfluos, no nos preocupa si vamos a encajar bien en su grupo de amigos o ella (él) en el nuestro. Todos estamos en la misma frecuencia y reconocemos lo que nos atrae sin tanto filtro.

 

Porque cuando estamos de viaje somos más sensuales.

Estamos con los sentidos a tope, super receptivos a las nuevas experiencias. Probamos comidas nuevas, respiramos otro aire, nos dejamos llevar por lo que sea que el nuevo lugar tenga para ofrecernos.  Es natural que en ese estado que tiene tanto de relax como de exaltación se produzca el chispazo del amor.

 

Porque enamorarse y viajar son las dos experiencias humanas que nos hacen sentir más vivos.

Son dos procesos que nos fijan en el aquí y en el ahora con las mayores explosiones de dopamina que jamás hayamos experimentado. Es natural que uno inspire al otro y que sucedan juntos.

 

Porque la empatía se vuelve algo más real y menos abstracto.

En la vida diaria la empatía se vuelve algo de ciencia ficción y las diferencias entre distintos contextos sociales pueden disolverla por completo. Cuando viajamos, todos estamos en el mismo barco: compartimos problemas, alegrías y satisfacciones de una forma casi metafísica.

 

Porque eliminamos de plano el pequeño detalle de que “no le guste viajar”.  

Si viajar te apasiona, siempre vas a tener en cuenta esa pasión al elegir una pareja, incluso en las etapas más sedentarias de tu vida. Encontrar un amor durante el viaje es garantía de que son compatibles en algo que los mueve y los hace sentir vivos… y que además pueden explorar juntos de inmediato.

 

Porque cuando viajamos las conversaciones son más reales.

Como estamos con desconocidos, no tenemos historias en común ni tantos temas para chismear. Las conversaciones superfluas duran menos y enseguida se vuelven charlas más filosóficas. A veces también tenemos mucho tiempo… viajes en tren y largas esperas. Y nada enamora más que perderse por horas en una conversación eterna con la persona que te gusta.

 

Porque podemos asumir un personaje y terminar enamorándonos como ese personaje.

Puede suceder que una tarde, caminando por una ciudad nueva con una persona que acabas de conocer, te sientas Jesse o Celine en Antes del Amanecer y quieras saber si sería una buena idea estar juntos más que una noche de verano. Y mientras fantaseas sobre reencontrarse en 6 meses o en 10 años, discutes sobre la cantidad de almas que hay en el mundo, o reconoces tus sentimientos jugando a tener una conversación telefónica, resulta que Linklater logra inspirarte a que seas uno de sus personajes más de lo que esperabas…

 

Porque el viaje es el marco ideal para enamorarse.

A tal punto que no sabemos si estamos enamorados del atardecer en la playa desierta, del vino caliente que acabamos de probar por primera vez, de habernos atrevido a bailar como si nadie nos estuviera mirando, o de la persona que tenemos enfrente. ¡Más bien estamos enamorados de todo eso junto!

 

Porque un amor en el camino es la mejor excusa para cambiar tus planes de viaje.

“El viaje es el destino”, después de todo.

 

Y porque si el amor se termina tan rápido como empezó, siempre tenés el consuelo de regresar a tus planes originales.

Ya sabemos que viajando se fortalece el corazón…

 

Porque la idea de que alguien que vive del otro lado del planeta y a quien conocemos en un pueblito de Guatemala sea nuestro gran amor es sumamente romántica.

¿Será el invisible hilo rojo que une a dos personas el que nos trajo a ambos hasta acá? Porque ya sabemos que, en el amor, las casualidades no existen…

 

Porque los recuerdos de los amores de verano nos inspiran toda la vida.

Nadar desnudos en el mar, recorrer Toledo juntos por primera vez o pasar una noche entera jugando a dígalo con mímica, cada uno tratando de aprender el idioma del otro. ¡Y esas despedida llena de besos y de lágrimas y de una pasión que se termina justo en lo mejor! Los amores en tiempos de viaje son tan buenos que uno puede volverse tan adicto a ellos como al mismo hecho de viajar.