1.

Que alguien te pida que le expliques el peronismo.

2.

No tener ni idea si “bancame un toque” implica 5 minutos o media hora.

3.

Que te garroneen un mordisco de tu alfajor favorito.

4.

Que te miren mal por tus demostraciones públicas de afecto.

Crédito: Paz Arando

5.

Decidir cómo cerrás el email dirigido a una persona que acabás de conocer:
“Saludos cordiales”, suena muy formal.
“Saludos”, es re seco.
“Un abrazo”, loco, no es familia, ¿qué onda?
“Beso”, alta confianza.
“Besos”, ¿la próxima vez lo invito a una cita?

6.

Que se te escape un “che, boluda” cuando le estás hablando a tu vieja (aquí hay claramente un tema generacional).

7.

Que te digan “todo bien” cuando sabés que no está “todo bien”, pero no poder re-preguntar quécarajotepasa #$%/& porque no da hacer una escenita.

8.

Tener que explicarle a alguien que la temperatura en el pronóstico del tiempo no es exactamente lo que uno siente, que existe algo que se llama “sensación térmica”.

9.

Quedarte sin yerba y que ni siquiera estés en una situación tipo “yerba no hay”.

10.

O tener miedo a que te tomen por drogadicto cuando viajás a otro país con 1 kilo de yerba en la valija.

11.

Que lo que más te preocupe al mudarte de barrio es volver a encontrar un carnicero de confianza.

12.

Decidir si el domingo comés pasta o asado, y si el viernes toca empanadas o pizza.

13.

Adivinar qué baldosa está floja y mojada cuando caminás por las calles de Buenos Aires… y no acertar.

14.

Que el taxista o remisero hable demasiado, ¡o que no diga ni una palabra! (es que nos gusta la charla, pero no que nos hagan un interrogatorio).

15.

Estar un poco melanco y no saber por qué, mientras tu bocho te juega trucos con letras de canciones como Muchacha (ojos de papel), Rasguña las piedras o Zamba para olvidar.

Crédito: Marcos Gallardo

16.

No poder decidir qué tema querés erradicar primero de la faz de la tierra argentina: “qué pasa con el dólar”, quién ganó el Bailando o quién debería haber ganado el Martín Fierro.

17.

Que tus contradicciones internas sobre los paros ameriten el dicho “al que le gusta el durazno, que se aguante la pelusa”… Es decir, intelectualmente estás de acuerdo con el derecho a la protesta, pero mejor que no te toque paro cuando te querés ir de vacaciones en micro o en avión. O aunque puteaste a más de un sindicalista histórico, deseás estar respaldado por un sindicato cuando sos vos el que tiene que renegociar el aumento del sueldo por la inflación.

18.

Bancarte chistes sobre el pequeño ego de los argentinos sin que te salte el argentinito de adentro. Por ejemplo, lograr poner una sonrisita -aunque sea medio falsa- cuando escuchás otra vez cosas como “¿Cómo se suicida un argentino? Primero se sube a su ego y luego… ¡salta!”.

19.

No tener ni idea cuánto cuesta lo que estás agarrando en el súper.

20.

Convivir con alguien que no comparte tu opinión sobre los ingredientes correctos de las empanadas de carne, es decir, que no coincida en si llevan huevo, papa, aceitunas o pasas de uva.

21.

Que te acusen de tomar más leche que un ternero.

22.

Sobrevivir sin un ataque de ira a los gestitos y comentarios poco felices de los colegas conductores, desde “sos un Carlitos”, pasando por el infame “andá a lavar los platos”, hasta el agravio a tu (sagrada) familia.

23.

Ponerte a hablar de todas las cosas lindas que tiene Argentina (que la Quebrada de Humahuaca, que la Patagonia, que el asado en familia o la birra con amigos, que Soda Stereo…) y no poder parar.

24.

Que lo políticamente correcto te escape, te sea un tema más complejo de comprender que Nietzsche o te resbale por completo, lo que suceda primero.

25.

Sentir como propia la frustración de Messi por sus no goles, pero igual putearlo un poco cuando no “ganamos” (sí, plural inclusivo).

26.

Que el principal motivo para comprar algo sea que te lo ofrecen en 12, 24, ¡800 cuotas sin interés!

27.

Y que, si se da el milagro de comprar la casa propia, tengas que cargar con la guita (el efectivo) encima, cual mafioso a punto de cerrar un pacto turbio, ¡o terrorista cubierto en cosas que están a punto de explotar!

28.

Que de afuera no comprendan que tus amigos son igual o más que familia, y por qué hacen cosas como abrirte la heladera sin preguntar o quedarse a dormir en una sillita del hospital si un día estás internado… Aunque, la verdad, no te importa que no entiendan, porque los de afuera son de palo.

Crédito imagen de portada: aatiktasneem.