Crédito: leafar.

1. Le echas canguil al ceviche.

Lo que te parecía un sacrilegio al llegar a Ecuador, ahora es una combinación ideal: el crujiente del canguil con la textura “mojadita” del ceviche se llevan a la perfección.

 

2. Sabes la diferencia entre guineo, maduro y verde.

En un país bananero decir plátano es tan genérico como llamar “de metal” al cobre o la plata. Lo que simplificabas antes como plátano ya no te sirve para comunicarte. Lo que antes llamabas plátano es guineo, el verde es el que se usa para los patacones, y el “maduro” es el verde ¡pero en maduro!

 

3. Llamas de “man” a todos.

No importa si es hombre o mujer: si respira y parece persona es man. ¿Cómo los diferencias? Fácil, el man y la man. A un hombre, por ejemplo, no le parecerá nada extraño admitir que está vacilando con una man.

 

4. Entiendes que “ya mismo” no es ahora.

Ni tampoco después, es ese espacio en el tiempo ilusorio entre ahora y después, ya casi, en un rato, ya mismo.

 

5. Le echas arroz a todo.

Aquí descubrí la importancia de una buena olla arrocera. El menú va desde arroz con carne, arroz con fréjol, arroz con pollo, arroz con camarón, arroz con salchicha, arroz con queso, arroz con choclo, arroz con maduro… ¡Hasta arroz con tallarines! Podrán faltar varias cosas en tu casa, pero jamás arroz.

 

6. Conduces puteando y pitando.

Carros cambiando de carril sin señalizar, peatones suicidas, gente pitando a lo que se mueve y a lo que no se mueve también. Cómo no terminar participando de esta orquesta…

 

7. No pides favores, dices “No seas malito”.

“No seas malito”, me dijeron recién llegado al Ecuador. Sin entender, me lo tomé personal. Luego entendí que solo se trababa de una fórmula de amabilidad con la que, por ejemplo, uno diría «no sea malito y póngame un like».

 

8. (Casi) No le tienes miedo a las iguanas.

Al verlas en las plazas, techos de casas y atravesando la calle, se te va matando de a poco el espanto.

 

9. Simpatizas por el ídolo.

Hay pocas cosas que une a la costa con la sierra y esa es Barcelona. Sí, hay Emelecistas y Liguistas, pero estos desaparecen al salir de sus ciudades. Además, no hay nada más imponente que el monumental lleno.

 

10. Si estás de Santo, le temes a la torta y al cinturón.

Más allá de que tu nombre caiga en el calendario santoral, aquí estás de santo cuando cumples años. Al ¡Qué viva el santo!, le sigue que tus amigos te hagan «morder la torta» (o “morder el pastel”). Y si estás en la sierra, cuidado: quizás quieran darte un correazo por cada año cumplido.

 

11. Te subiste a una “chiva”.

Esos vehículos coloridos quizás sean utilizados para el transporte rural y para paseos turísticos… pero tú conoces la verdadera razón de su existencia: son discotecas móviles, con luces, música y pista de baile. ¡Quién no quiere subirse a una y armar farrón!

 

12. Te vuelves regionalista, pero no lo admites en voz alta.

En teoría, según el discurso políticamente correcto, el regionalismo está mal: hay que fomentar la unión y celebrar la diversidad. Pero… lo cierto es que, internamente, ya sea por el clima o las costumbres, te identificas más o con la costa o con la sierra, y hasta llegas a pensar que son dos países distintos y no dos regiones de la misma nación.

 

13. Te escapaste a Montañita.

Bien vale la pena despejarse de la ciudad e irse a Montañita por el fin de semana. El clima, la playa, la variedad de comida (mmm, los choclos callejeros y las empanadas), la onda y sobre todo la farra, lo hacen un lugar único y un paso obligatorio para cualquier turista y local.

 

14. Sabes bien (aunque quieras pretender que no) lo que es estar con chuchaqui.

Si te tomaste un six pack de Pilsener y remataste con algunos tragos nacionales baratos, no te va salvar ni tu mamá ni una Finalin del chuchaqui maldito.

 

15. Estás familiarizado con el “Mashi” y la política nacional.

¡Y cómo no! Imposible no tomar postura con respecto a su mandato y a algunas de las polémicas de los últimos tiempos, desde el Yasuní hasta las salvaguardias.