Imagen por Phlegrean

Soy gay y vivo en Buenos Aires. Una ciudad que en los últimos años -con una velocidad esquizofrénica, admirable y sorprendente-, transformó su homofobia en algo anacrónico y a la cultura gay, en algo cool. Hasta la sanción de la ley de matrimonio igualitario, en 2010, la sociedad porteña era muy amigable con el turismo gay e incluso había desarrollado una red de espacios recreativos, culturales y gastronómicos para los extranjeros. Con la comunidad local, en cambio, los porteños eran tolerantes, pero no mucho más.

A partir del reconocimiento legal de las parejas del mismo género o transgénero por parte del Estado, todo cambió. En realidad, el cambio comenzó durante los debates previos a que la ley fuera sancionada, cuando muchas familias homoparentales aparecieron en los medios masivos de comunicación contando cómo afectaba su vida el hecho de que para el Estado no existieran. De este modo, esos “bichos raros” se humanizaron ante la mirada de una clase media que los pudo ver como personas con los mismos conflictos, las mismas preocupaciones y el mismo amor por sus hijos y sus parejas. Lo que ayer era entre tolerado e ignorado, hoy pasaba a estar del lado de adentro.

Se trató de un cambio tan violento que fue más simple de asimilar para los heterosexuales que para los homosexuales (al menos para los adultos, como yo).

Ahora cada vez que cuento que soy gay a la gente le parece fantástico. Tan fantástico que hasta parece que dejé de ser diferente y especial. Nadie se atreve a hacer comentarios al escuchar a una mujer decir “mi novia” y hasta a muchos ya no les resulta necesario disimular las reacciones gestuales porque prácticamente no existen. O al menos es lo que esta nueva sociedad gay friendly se preocupa por mostrar. Porque ser homofóbico, en Buenos Aires, ahora está mal visto.

Ya no es raro cruzarse con dos chicas que van tomadas de la mano, o con muchachos apenas salidos de la adolescencia besándose en alguna esquina. Y de a poco se van animando las parejas de gente mayor, los de 30, los de 40, los de 50… Se trata de adultos que nunca en su vida se habían animado a hacer pública una expresión amorosa, porque en años anteriores habrían sido rechazados, insultados, expulsados de donde estuvieran o detenidos por la policía (o todas estas cosas juntas). ¿Algún hombre heterosexual alguna vez pensó que podrían insultarlo por ir de la mano con su esposa? Les aseguro que un homosexual no sólo lo pensó, sino que también lo vivió.

Los medios de comunicación porteños también se acomodaron con los nuevos vientos de cambios. El diario La Nación, que supo ser uno de los más conservadores, tiene en su versión digital un blog en el que se plantean temas vinculados a la diversidad sexual. Hace un año publicó un informe sobre cómo se van adaptando las instituciones educativas a los nuevos formatos de familia y algunas semanas atrás publicó una nota titulada: “Cómo contarle a mi hijo: Soy gay”.

La nueva generación

En estos últimos años, el sistema educativo debió adaptarse a los nuevos formatos de familias. La aceptación y la diversidad son temas que deben, por currícula, debatirse en todas las aulas de la escuela primaria. En ese contexto fue que mi pequeña hija de ocho años le contó a su maestra y a sus compañeros que su mamá era gay. Para mi sorpresa -con mi mentalidad de adulta con prejuicios y preconceptos-, ninguno de los niños se sorprendió y ni siquiera les resultó una información trascendente.

Como ese chiste que anda circulando:

-Hijo, tengo algo que decirte. El amigo de tu tío Pablo no es en realidad su amigo…ellos se aman, como mamá y papá…ejem…son…son…son pareja…

-OK, genial. ¿Qué cenamos hoy, mami?

Buenos Aires está gestando una generación de niños para los cuales las familias homoparentales son un formato más de familia, como aquella familia heteroparental, o la que cuenta con una mamá sola o un papá solo. Algo que hace unas décadas era impensable para una ciudad latinoamericana y católica.

De hecho, hay un aumento de parejas gay de otros países que se radican en Buenos Aires para formar una familia y que sus hijos puedan crecer y recibir educación formal en un contexto que los integre, los acepte y les dé un trato igualitario.

Homofobia

Sería muy ingenuo creer que la homofobia en Buenos Aires está extinguida pero al menos, al no ser políticamente correcta, ahora el sancionado socialmente no es el gay sino el homofóbico.

A cuatro años de la sanción de la Ley de matrimonio igualitario y a 2 años de la sanción de la Ley de identidad de género, el desafío para muchos gays que viven en Buenos Aires es trabajar con sus propios prejuicios y con las barreras defensivas que construyeron puertas afuera de sus hogares (y a veces hasta dentro de su propia familia de origen) para no ser discriminados y rechazados. Hoy, ya no son necesarias.