En Chamula no se pueden tomar fotos adentro de la iglesia. Eso es lo que pasaba una y otra vez por mi cabeza mientras cruzaba el atrio hacia el templo de San Juan Bautista y me apuraba a guardar mi cámara dentro de un morralito. Estaba en esas y pensando cómo sería entrar en la legendaria iglesia por primera vez cuando me di cuenta que ya estaba en un lugar muy distinto a cualquier otro en el que hubiera estado en México. Quise sacar mi cámara para capturar ese momento, pero lo pensé de nuevo y decidí no hacerlo.

En el atrio había mucha gente y cuando levanté la vista sentí como si todos me estuvieran viendo. En el quiosco estaban las mujeres, todas vestidas con la falda de lana negra de la indumentaria chamula que les da un aire de aves. En el centro de la explanada estaban varios hombres —algunos con el tradicional chaleco blanco o chuj— platicando. Evidentemente se trata de México, pero por alguna razón se siente también como otra cosa. La impresión que me dejó este desconocimiento del lugar por donde caminaba hizo que no le prestara mucha atención al momento en el que el guía dio el último repasón de la reglas y abrió la puerta del templo.

 

El mundo tzotzil de Chiapas

Photo: Rulo Luna

Pensé que entendía un poco del sincretismo en México. Luego visité San Juan Chamula. Los tzotziles de los Altos de Chiapas son uno de los grupos que guardan más celosamente su identidad y sus tradiciones. Esta identidad se ha venido forjando desde hace siglos, cuando comunidades mayas se establecieron por primera vez en el valle de Simojovel hace más de 2000 años y se siguió refinando durante y después de la conquista española, cuando los chamulas y otros pueblos tzotziles lucharon incansablemente contra los españoles.

Los chamulas fueron eventualmente dominados por las encomiendas españolas, pero la conquista espiritual no surtió efecto. Aquí el catolicismo tuvo que dar su brazo a torcer frente a la religión maya, donde predomina el culto a las fuerzas de la naturaleza, a los animales y a los astros. Parecería difícil encontrar una confluencia entre el politeísmo exacerbado de los mayas y el dios único de la religión católica, pero el que busca encuentra.

 

Una visita a San Juan Chamula y al México antiguo

Seguía pensando en la escena de afuera y de pronto entendí —o más bien no entendí— dónde me encontraba. He visitado muchas iglesias y templos, bonitos y feos, chicos y grandes, viejos y viejísimos, y aunque en varias ocasiones he entrado a lugares en los que las creencias y prácticas rituales me son completamente ajenas, nunca había experimentado una sensación de alienación tan fuerte. De inmediato se me puso la piel chinita.

Me costaba trabajo ponerle atención al guía, que hablaba sobre las imágenes de la iglesia, sobre como un sacrificio es una ofrenda, sobre las mayordomías y sobre cómo la gente espera más de treinta años para atender a algunos de lo santos del templo. El humo de miles de velas y otros olores que no entendía muy bien llenaban todo el espacio frente a mí. El piso, sin bancas o algún otro lugar para sentarse, estaba lleno de hojas de pino recién cortadas. Por aquí y allá había algunas personas sentadas en grupos en el piso, todos rodeados de velas. Aunque era medio día, las ventanas dejaban pasar apenas una luz tenue que se difuminaba con la ayuda de grandes pliegos de tela que cuelgan del centro de la iglesia hacia los lados, dándole una apariencia de carpa gigantesca. La luz de las velas es la iluminación principal del lugar.

El guía sigue hablando sobre los mayordomos y cómo se gastan miles de pesos —en una de las zonas más pobres del país— durante su año de servicio colectivo a una de las imágenes del templo y cómo este servicio les gana el favor de los santos. También menciona el papel importantísimo de los curanderos y la nula importancia de los doctores a los que sólo se les llama en caso de accidente. Es miércoles y la iglesia está algo vacía, pero con lo que veo me basta para darme una idea de lo que debe ser encontrarla en todo su esplendor… o tal vez no.

 

El verdadero sincretismo

Photo: Rulo Luna

En Chamula no hay un sacerdote católico. Sólo llega uno de San Cristóbal cada ocho días a oficiar misa; sin embargo, la iglesia de San Juan Bautista se mantiene abierta todos días y a toda hora. En la iglesia tampoco hay un confesionario. Los chamulas se confiesan frente a la imagen de su devoción. Cada imagen tiene uno o dos espejos colgados frente a ellas, así los pecados se confiesan ante la única persona a la que es imposible mentirle, uno mismo.

Entre los asistentes a la iglesia, llaman mi atención un grupo de señoras que están acompañadas por lo que evidentemente es una curandera. A lo lejos sólo distingo un sonido extraño, casi sintético, pero conforme me acerco entiendo que esta persona está rezando en tzotzil. El sonido es repetitivo y suena como ese instrumento brasileño que se llama berimbau. Las señoras que no están rezando están fijando velas encendidas en el suelo frente a ellas. La más joven habla por teléfono y revisa su Facebook. Otra toma un sorbo de una botella sin etiqueta —asumo que es posh— y lo escupe fuertemente sobre unas velas provocando una llamarada que como viene se va. Hay un montón de latas de refresco vacías alrededor del grupo. La curandera sigue con su mantra.

Algunos hombres están repartidos por la iglesia. Asumo que algunos son mayordomos porque prestan mucha atención a todos los visitantes, aunque nunca descuidan la plática casual. Paso junto al altar, donde están las imágenes más importantes del templo y otro grupo más pequeño de personas en su labor de colocar velas. El guía —que ya brillaba por su ausencia— había mencionado como ciertos santos estaban representados por animales y sobre la importancia ritual de los astros como el sol, la luna y Venus. Mientras pensaba en lo extraño que suena todo esto en un contexto católico, un hombre salió de la sacristía, se puso a recoger velas viejas y a encender nuevas mientras repetía su propio mantra en tzotzil. Junto a él había un charquito de sangre medio seca.

 

Los dioses antiguos

Llegar a Chamula es confrontar algo familiar y a la vez distinto. Mientras no logras poner el dedo en el renglón, todo se siente “incorrecto” —y digo incorrecto sin el menor afán de establecer un juicio— y hasta sobrenatural. Supongo que esa es la magia del sincretismo mexicano que cautiva a muchos de los extranjeros que visitan nuestro país. Afortunadamente tenemos rincones en los que esas experiencias aplican también para los mexicanos.

Estoy rodeado por docenas de imágenes católicas y escuchando los rezos a mi alrededor cuando todo empieza a cobrar sentido. Normalmente entendemos el sincretismo desde el confort de nuestra cotidianeidad, como esos elementos ajenos que adornan la gran estructura de lo normal. Pero, ¿qué tal si lo normal es tan distinto que esos pequeños rasgos exóticos son los que tienen raíz en nuestro universo cotidiano? Las imágenes a mi alrededor tienen caras y facciones conocidas, pero su esencia es otra. Aquí hay un universo desconocido escondido entre símbolos familiares.

Detrás de la multitud de santos y vírgenes de la iglesia de San Juan Bautista están Ah Puch, Chaac, Ixchel, Kukulkán y todo el panteón de dioses antiguos. Se han adaptado a sus nuevos nombres y ahora celebran nuevas fiestas, pero su esencia sobrevive. Sobreviven bajo la luz de miles de velas que nunca se apagan; sobreviven gracias a los sacrificios que se siguen haciendo en su honor; sobreviven gracias al hermetismo de una de las comunidades más peculiares de México y a una extraña iglesia que, pensándolo bien, tiene un aire a pirámide antigua.