1. Chamuyo

Es un misterio para mi el por qué la UNESCO no ha declarado al chamuyo argentino Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. No se trata solo de lo mucho que sabemos gracias a lo excelente que es nuestra educación pública (un latiguillo que no nos cansaremos jamás de repetir), ni tampoco es que inventemos lo que no sabemos, como reza la fama que nos han dado tan injustamente. Sucede que estamos tan bendecidos que, cuando no sabemos algo, canalizamos información de seres superiores y, lo que puede parecer una guitarreada a simple vista, se transforma en una experiencia mística: el chamuyo, esa catarata de palabras bonitas dichas con tono envolvente, salpicada de una adulación por aquí y unos términos académicos por allá. Por lo tanto, creo que no solo el resto del mundo debería comenzar a usar esta palabra, sino que deberían también comenzar a chamuyar. ¡Que para algo Dios les dio una voz!

2. Boludo

¡No se rían! Los boludos y los pelotudos eran los gauchos valientes que luchaban en las primeras líneas de ataque, armados con boleadoras (los boludos) y pelotas de piedra (los pelotudos). El significado peyorativo vino porque un presidente dijo “no hay que morir como un boludo”, en referencia a no ir al frente a dejarse matar, como habían hecho estos soldados con tanto arrojo durante las guerras por la independencia… Yo voto porque estos términos, que cuando yo era chica (en los 70 y 80) eran despectivos y que no se usaban más que como insulto, vuelvan a tener su significado original. ¡Para que los argentinos podamos gritar con orgullo que somos todos unos boludos y unos pelotudos!

3. ¡Ubicate!

Varios amigos de otros países hispanoparlantes me han comentado lo mucho que les gusta este término, por ser tan sintético y claro sobre lo que se le pide al interlocutor. “¡Ubicate!”, se dice así, como exclamación, echando la cabeza hacia atrás y levantando las palmas de la mano hacia el cielo. Significa “ponete en tu lugar”, “sé consciente de tu lugar de pertenencia”, “no te peines para la foto porque… no vas a salir”. El que se niega a aceptar esta humilde sugerencia de ubicarse se transforma, automáticamente, en “un desubicado”.

4. Macana

Los argentinos no decimos mentiras exuberantes. No, los argentinos macaneamos. La macana, para mí, es superior a la mentira, porque requiere de mayor imaginación y de cierta comunión con el realismo mágico que nos circunda. Es la hermana mayor del chamuyo y, para muestra, bastan estos ejemplos…

5. Agreta

El agreta es un amargado. Tira mala onda hacia afuera y hacia adentro. Todo lo que come le sabe agrio, todo le parece mal y el aire que exhala también huele a vinagre. Es el personaje tóxico por excelencia. Aunque también se usa “agreta” como adjetivo para describir un estado momentáneo de mal humor. Porque todos, hasta las mayores reinas, podemos tener un mal día en el que impere la mala onda, ¿no?

6. Grosssssooo

Robado del italiano (idioma en el cual significa “grande”), se pronuncia y se escribe así, con cinco “s” como mínimo y, cuanto más alarguemos las “o”, más genial, bárbara, divina y grosssssssssssaaaaaa es la persona.

7. Hacer el verso

Un “verso” es un engaño edulcorado y pseudo poético. “Hacer el verso” es cortejar a una mujer a través de, lisa y llanamente, decirle palabras falsas o de hacerle promesas cuyo emisor no tiene la menor intención de cumplir. ¿El fin? Conseguir lo que se quiere, en este caso: Ir a la cama, encamarse. También se puede utilizar esta expresión para otro tipo de engaños cuyo fin no es la conquista sexual, pero cuyo resultado da siempre el mismo arquetipo: la muchacha inocente engañada burdamente por un rufián.

8. Me chupa un huevo

¿Cómo lo explico? El “me chupa un huevo” es, literalmente, el estado nirvana versión argentina.

9. Compinche

La verdad es que no sé de dónde viene este término, pero yo lo desgrano como un a mezcla de “compañero” (compi) y “che”. Aunque tal vez pueda tener su origen en el mundo del lumpenaje (para hablar de cómplices delictivos), a mí me encanta ser compinche de mis amigos.

10. Fiaca

Además de ser una de mis palabras argentinas favoritas, es uno de los pasamientos que más disfruto en esta vida… «Hacer fiaca» es dejarse arrastrar, sin nada de culpa y con mucha gloria, por la pereza y la procrastinación; es il dolce far niente, el primer ingrediente de la receta para ser feliz. «Tener fiaca», por otro lado, es el legítimo deseo de no querer hacer nada, o al menos nada productivo. Yo, personalmente, creo que siempre hay que oir a la fiaca y dejarse arrullar por sus compasivos brazos. Nuestra salud lo agradecerá.

11. Gil

Acá pueden leer más sobre mi aprecio por el lunfardo tanguero, así que el “gil”, el “gilún” o el “gilastrún” no podían faltar en esta lista. El gil no entiende, pero no necesariamente porque sea ignorante o porque sea lelo; el gil no entiende porque le falta profundidad. Hay algo en él que lo fuerza a no querer sobresalir de entre la masa…

El término encuentra su origen en el caló, el romaní que hablaban los gitanos de España: “jili” significa “inocente, cándido” y de allí derivó la voz española gilí, que quiere pasó a ser “tonto”, predecesor del famoso insulto español ”gilipollas”. El colectivo de giles es “la gilada”, ese mar de idiotas… por elección.

“Perez anda, Gil camina, ¡tonto es el que no lo adivina!”… Una variación más reciente de gil es “perejil”… Este sí es un pobre tipo que paga por los platos rotos que él no rompió.

Crédito imagen de portada: douglasjonesjr