El Día de Muertos en Chiapas es una celebración con mucha tradición. Las etnias que conforman su actual cultura ya honraban a los muertos desde la época prehispánica. Mayas, zoques y chiapanecas le rendían culto a la muerte aunque, en su particular forma de ver al mundo, “la muerte” no existía; ellos manejaban las nociones de sueño temporal o muerte chiquita y el sueño eterno o muerte grande.

 

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Solían llevar ofrendas a sus difuntos, alumbrándose con antorchas y ofreciéndoles comida y bebida. A la llegada de los españoles, y durante la colonia, sus celebraciones se sincretizaron con las del catolicismo.

 

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Los zoques, quienes se llaman a sí mismos ó de püt (gente de palabra), son uno de los pueblos nativos del estado de Chiapas y siguen conservando una organización tradicional basada en un sistema de cargos y mayordomías. Sus altares se adornan con ofrendas típicas como flores, alimentos y bebidas de la región.

 

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En la celebración del Día de Muertos en Chiapas, cada altar es un regalo íntimo de la familia a sus difuntos. Está adornado con papel de china en colores blanco y morado, y cuenta con tres niveles. En la parte alta está el somé, que es una enramada con frutas que se cuelgan y que simboliza la entrada al inframundo. En el segundo nivel van las fotografías de sus familiares difuntos, acompañando una cruz que representa el sacrificio del hijo de Dios y el dolor; en el tercer nivel se encuentran las comidas y bebidas que disfrutaban en vida los difuntos. En todo el altar se distribuyen veladoras y flores de mulibé (cempasúchil) y de terciopelo que representan el paso de la vida a la muerte.

 

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Los tres niveles representan el cielo, el limbo y la tierra, aunque en algunos poblados, como San Juan Chamula, se dice que representan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Desde la mañana se prende el sahumerio con el aroma del estoraque y copal, para dar la bienvenida a las almas que están por llegar. El humo de los sahumerios ayuda a limpiar la ofrenda de los malos espíritus.

 

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Se colocan cuatro velas al pie del altar, una en representación de cada punto cardinal. La luz ilumina el camino de llegada y de regreso al más allá de las almas, para su eterno descanso. Por cada una de las personas fallecidas en la familia se prenden velas blancas; las grandes cuando se trata de un alma grande (persona adulta); velas chicas para las almas chicas (niños y jóvenes). El día primero de noviembre se reúne la familia al atardecer, para custodiar las velas.

 

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En cada altar no puede faltar la comida humeante, sobre todo aquella preferida de cada difunto en la familia: el sispolá (cocido, foto 1); caldo de shuti (caracol de río); tamales de jacoané y de hoja de milpa; puxasé (chanfaina, un platillo preparado con vísceras frescas de res o cerdo, guisadas en adobo); nigüijutí (mole de puerco); sihuamonte (caldo de conejo); patashete (frijol grande) con huevo (foto 2); moní (hongo blanco); chipilín con bolita; pictes de elote (tamal); canané (tamal de sal) y ané (tortilla).

 

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Para saciar la sed de vivos y difuntos se sirve popóhujcuy (pozol blanco, foto), cacáhujcuy (pozol de cacao), nonó (atole), mistela, un aguardiente llamado comiteco (muy parecido al mezcal oaxaqueño) que se obtiene de la destilación del pulque y, sin faltar, un vaso de agua, porque todos tendrán sed.

 

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Altar que se respete debe de tener muchos dulces y postres tradicionales, sino pues no estará completo; las cocineras de cada familia se lucen preparando jammaní (jobo), el puxinú (sorgo reventado con miel), yumí (raíz parecida al camote), tsaní-tsinú (dulce de plátano), calabaza en dulce, melcocha (de panela), caballito, nucuyatí (chincuya) y coyol con dulce (foto).

 

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El pan es parte fundamental en la comida del altar: de queso, el marquesote, el caballito elaborado de harina con canela, las cazuelejas, y las rosquillas y el pan de muerto tradicional, hecho sin manteca y sin levadura. ¡El Día de Muertos en Chiapas sí que tiene variedad!

 

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El día dos de noviembre es casi obligatorio visitar los panteones, las tumbas de los difuntos se limpian y arreglan con flores formando cruces en todas ellas; la juncia, el copal y las veladoras complementan el arreglo.

 

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Las familias rezan y es posible oír música de marimba en diferentes puntos del panteón. Muchos chiapanecos tienen la costumbre de comer junto a la tumba. Al compartir unos deliciosos tamales y un aromático chocolate, las familias recuerdan -entre risas y llanto-, a sus difuntos.

 

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Crédito: @gabyolmedo

Los niños siempre forman parte importante de las festividades del Día de Muertos en Chiapas, y suelen ser los más entusiastas. En la noche del día primero de noviembre salen a las calles pidiendo “calabacita”, disfrazados de personajes terroríficos contemporáneos, cantando y sonando botes rellenos de piedras. Llegan a cada casa del barrio, donde esperan ser recibidos con dulces. Cantan en coro: “somos angelitos que del cielo bajamos, pidiendo calabacita para que comamos”.

 

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Cuando terminan, si son obsequiados con dulces, las almitas gritan ¡Que viva la tía! y, si no es así, gritarán a todo pulmón ¡Que muera la tía! Regresando a casa los esperan los abuelos, quienes les contarán una y otra vez historias de fantasmas que los niños escucharán con emoción, mientras comen sus dulces.

Las tradiciones del estado de Chiapas son bellas y coloridas, ¿no crees?

 

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