A 80 kilómetros al norte de la Ciudad de México, en el estado de Hidalgo, se hallan, aún en pie de guerra, los vigilantes del templo de Tlahuizcalpantecuhtli, la extinta ciudad de Tolan, o Tula, como la conocemos hoy en día.

Tula fue una de las capitales más importantes del mundo prehispánico durante el período posclásico, que comprende del 900 al 1521 de nuestra era. Alcanzó una extensión de 16 kilómetros cuadrados y sus restos arqueológicos nos dejan ver el grado de importancia que llegó a tener la ciudad, pues su influencia llegó hasta la actual Guatemala.

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“Tula” es la mala pronunciación de la palabra náhuatl “tolan”, que significa “lugar de juncos”. Existen dos versiones sobre sus posibles significados: la primera nos habla sobre la abundante presencia de agua, lo que propicia el crecimiento de este tipo de plantas acuáticas; la segunda nos habla acerca de una metrópoli en sentido figurado, al compararse con los juncos por la forma en que crecen como multitud, lo que cobra más sentido si tomamos en cuenta que a Cholula también se le llamó “Tolan Chololan” y a Teotihuacan “Tolan Teotihuacan”.

El surgimiento de Tula como una gran capital se dio a la caída de Teotihuacan que ya te hemos contado en otro artículo.

La leyenda dice que el mismo Quetzalcóatl fundó Tolan y que fue éĺ quien inició el período de esplendor para los toltecas, ya que les enseñó la doctrina religiosa y las artes.

Los edificios que componen los vestigios arqueológicos del lugar son la pirámide de Tlahuizcalpantecuhtli, el Palacio Quemado, el Altar Central, el Coatepantli o Muro de las Serpientes, los Juegos de Pelotas y el Tzompantli. Y solo representan el doce por ciento de lo que fue la gran ciudad.

Sobre el templo de Tlahuizcalpantecuhtli, podemos decirte que seguramente la reconoces porque en ella se encuentran los famosos “atlantes de Tula”, que son cuatro monumentos de 4.5 metros de altura con forma humana, que se dice que cumplían con la función de columnas de soporte para el techo del edificio.

Estas esculturas son unas de las más enigmáticas de aquella ciudad, pues se desconoce cómo llegaron ahí y cómo fueron esculpidas.

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A pesar de encontrarse en una zona semidesértica, el río Tula permitió el desarrollo de una agricultura muy productiva y a eso hay que sumarle que la ciudad se encontraba estratégicamente situada en una región muy rica en yacimientos de obsidiana y, además, se convirtió en una importantísima ruta comercial de turquesa proveniente del norte de Mesoamérica y del sur del actual Nuevo México.

Crédito: allozano2002

En el final de Tula, según relata Fernando de Alva Ixtlilxochitl, los pueblos vecinos se unieron para saquear la ciudad, acabando con ella y dejando sólo con vida a 1612 toltecas que no pudieron devolverle la grandeza a la urbe.

¿Quiénes fueron los invasores?

Se habla de grupos bárbaros, que no son otros que pueblos chichimecas del norte, que buscaban simplemente establecerse en la debilitada Tula, que había sufrido una decadencia provocada por el agotamiento de su sistema político, en el que dominaba el empoderamiento de las élites a través de la figura de Quetzalcóatl.

Es decir, al igual que en las grandes ciudades sagradas del mundo, Tula era motivo de grandes ambiciones de conquista, lo que finalmente llegó a suceder alrededor del año 1160.