En la Excan Tlatoloyan, el imperio que conformaban Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan y que hoy es la gran ciudad de México, había un aspecto que estaba por sobre todas las cosas: la educación.

La educación fue la que permitió que el imperio azteca creciera como lo hizo (aquí puedes leer más sobre esto). No sé trataba solo de modales y de la enseñanza de las costumbres y tradiciones, sino sobre todo de cultivar la cultura y el arte, que son los factores más importantes de cualquier civilización.

Era tal la importancia de estos aspectos que existió un dios para los artistas, los poetas, los pintores, los cantantes y los escultores: Xochipilli, “el príncipe de las flores”, quien inspiraba a quienes se dedicaban a las artes y quien también era el señor protector de las plantas, de los juegos, de la danza y de los placeres. En su representación, Xochipilli lleva tatuadas en su cuerpo algunas plantas y podemos verlo en trance, meditando, por lo que pareciera ser el consumo de las plantas sagradas. También era símbolo de fertilidad, de los juegos en la infancia y todas las expresiones de felicidad humana.

Otro nombre con el que se le conoce es Macuilxochitl (cinco-flor) y, en otros relatos que se refieren a esta deidad, también lo asocian con el pasaje de los hombres desde la niñez a la adolescencia y a la energía sexual que se despierta. Por ello no es de extrañarse que se le asocie con las flores que surgen en el campo producto del calor y la humedad de los ciclos naturales.

Su compañera es Xochiquetzal (imagen), su contraparte femenina, pero su pareja es Mayahuel, aquella que una vez Quetzalcóatl invitó a bajar a la tierra y que por ello fue castigada con la muerte por su abuela, regalándonos el pulque.