Crédito: Robin Geschonneck

Que lo primero es la “famiglia”.

Como los Corleone, pero sin la parte truculenta, ahí estamos siempre juntos para celebrar los buenos momentos o para ayudarnos y refugiarnos en los malos… aunque más de una vez terminemos tirándonos por la cabeza la italianísima pasta del domingo.

 

Que “la mamma” es intocable.

La mamma, la madre, la vieja, es más sagrada aún que la comida, así que no te atrevas a desafiarla, cuestionarla o criticarla. Es la máxima autoridad y esto es así para cualquier italiano, incluso para Don Corleone.

 

Que siempre hay que vaciar el plato.

Porque él tenía que caminar dos kilómetros en Italia, en la nieve y entre bombardeos, para conseguir un litro de leche de cabra. O se levantaba a la madrugada para ver si mi nono le había dejado un pedacito de pan escondido en la chimenea.

 

Que si tenés un poco de tierra, nunca te vas a morir de hambre.

Como es sabido, la tierra en Italia no abunda y en Argentina, nos sobra. Por eso, mi papá lo primero que hizo en cuanto pudo fue aprovecharla: sembrar frutas y hortalizas, tener gallinas para recoger huevos y tener la seguridad de que, en las épocas duras, de hambre no se iba a morir.

 

Que cuando se te sube la tanada a la cabeza no hay moderación posible.

Gesticulamos, levantamos y sacudimos brazos y las manos, nos morimos de risa o nos bañamos en lágrimas. Nos abrazamos, nos besamos y puteamos como si fuera la última vez. Y todo a los gritos, que tenemos sangre tana y lo que se hereda… no se hurta.

 

Que la patria es donde está el corazón.

Cuando le pregunté a mi viejo, durante un Mundial de fútbol en el que se enfrentaban Italia y Argentina, para quién hinchaba, él me respondió: “¡Argentina! Acá conocí a mi mujer, crié a mis hijos y levanté mi casa. Esta es mi Patria, Italia es mi infancia”.

 

Que la realidad siempre supera la ficción.

Porque estaba lleno de historias que nos contaba antes de ir a dormir. Como cuando tuvo que convivir con los alemanes en retirada, ocupando su propia casa durante la Segunda guerra mundial, mientras él les llevaba comida a escondidas a sus hermanas. O cuando le ofrecieron hacerse cargo del buffet de un centro judío y mi viejo aceptó, porque era un buscavidas. Llevó alfajores, gaseosas y preparó unos doscientos sándwiches de jamón. Vendió todo, menos los sándwiches. No podía creerlo, hasta que alguien le explicó que los judíos no comían jamón. Así que él y su familia ¡vivieron a sándwiches de jamón durante una semana!

 

Que si tenés unos mangos, lo mejor es comprar ladrillos.

Mi papá era muy inteligente. Por eso decía que antes de poner los ahorros en un banco, era mejor comprar ladrillos. Y así fue que no lo atrapó el tristemente célebre “corralito” y hoy toda la familia disfruta de una hermosa casa de fin de semana…

 

Que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león.

Cuando mi papá llegó de Italia, fue a vivir justo frente al estadio de fútbol del Quilmes Atlético Club, un equipo pequeño, comparado con los grandes de la Primera división. Y se hizo fanático. Y logró que uno de sus hijos (yo) lo siguiera en esa pasión. Cada vez que yo me lamentaba porque nuestro Quilmes se iba a la “B”, mi viejo me decía “Bueno, no te preocupes, es mejor ser cabeza de ratón, que cola de león”. ¡Lo mismo le pienso decir a mi hijo!