Crédito: Emmanuel Rodriguez

1. Pasé la dura prueba de aprender a vivir sin el bidé.

¡Y sobreviví!

 

2. Dejé de besar a cien personas por día.

Allá saludaba con un beso hasta al remisero, ¡qué épocas! Acá doy la mano cuando me presentan a alguien y, a los amigos, un abracito. Y, si una persona que no es de mi familia me llega a dar un beso en la mejilla porque se confundió o está ebria, empiezo a tener síntomas de un ataque de pánico…

 

3. Me acostumbré a pasear a mi perro con correa.

Especialmente después de que se escapó y dejó preñada a una perra de raza del pueblo donde vivíamos…

 

4. Y me tengo que recordar cinco veces que debo limpiar su caca…

Si no quiero recibir el título de “La peor vecina del mundo” (además de una abultada multa).

 

5. Dejé de considerar el ketchup como un condimento que solo se utiliza para acompañar las papas fritas o una hamburguesa.

En Estados Unidos, el ketchup es como el pan para la Argentina: va con todo. ¡Si hasta tengo una amiga sacrílega que come tortilla de papas con ketchup! No entiendo cómo aún no han lanzado el helado o los chicles de ketchup

 

6. Dejé de ser impuntual.

Porque ser impuntual en Estados Unidos es casi un pecado capital y su castigo es el vacío social. Don’t you dare!

 

7. También dejé de dormir la siesta.

Otro pecado en mi nueva patria. ¡Cómo se me iba a ocurrir perder el tiempo descansando! Jamás me sentí más fuera de lugar como cuando alguien me preguntó que había hecho por la tarde y mi respuesta simplona fue: «Dormí la siesta». Mi interlocutora había ido a hot yoga, había hecho las compras, había cocinado ya la cena y el postre y había llevado a su perrito a la peluquería.

 

8. Dejé de inventar excusas cuando no quería hacer algo.

Y empecé a decir la pura verdad. ¡Qué alivio! Acá no está mál visto decir que no querés hacer algo porque preferís hacer otra cosa, o porque tenés ganas de quedarte en tu casa mirando el techo. Los argentinos somos buenos para las excusas, pero yo he aprendido a valorar la honestidad de mi nueva cultura y ahora me dedico a cometer un sincericidio tras otro con mis amigos argentinos.

 

9. Dejé de cantar la canción infantil “1 little 2 little 3 little Indians”.

No sabía que es lo más políticamente incorrecto llamar «indians» a los Native Americans… ¡Ups!

 

10. Ya no vivo en la ignorancia cuando de gérmenes se trata…

Ahora sé exactamente qué son, cómo se transmiten ¡y que el superpoderoso alcohol en gel puede con ellos! A los cuatro años, mis hijos sabían más de transmisión de gérmenes que yo a mis 40. ¡Pobrecitos!

 

11. Y ya no comparto el mate…

Mis amigos estadounidenses son fans, pero eso sí, cada uno con su mate y su bombilla personales. Sí, ya sé lo que están pensando… Pero no lloren por mí, argentinos, se los suplico.

 

12. Dejé de incomodarme por los comentarios masculinos fuera de lugar.

Los mal llamados piropos. Una sola vez un compañero colombiano del gimnasio osó decirme un cumplido muy inocente… ¡Para qué! La profesora vino a preguntarme si me había sentido incómoda y si necesitaba su intervención. Me dio vergüenza ajena contarle sobre el «Soñé que eras un diario y yo un canillita… y te re-partía». ¡Ouch!

 

13. Dejé de quejarme del mal humor de la gente.

Los porteños andamos siempre con cara de tujes, aunque la vida nos sonría y aunque no tengamos ningún problema, el ceño fruncido es nuestro sello. Acá, en cambio, la gente en la calle saluda y sonríe. Claro que me quejo por otras cosas porque -como buena argentina-, ¡la de quejarme es una costumbre que no perderé jamás!