1. El transporte público

Aunque el hecho de que haya camiones y vagones de metro exclusivos para mujeres ha ayudado a controlar un poco el problema del acoso en el transporte, lo cierto es que de ninguna forma lo ha atacado de raíz. Recuerdo haber tenido esta conversación con un grupo de chicas en Suecia (uno de los países menos desiguales en materia de género) y aún no olvido la forma en la que se rieron cuando les expliqué esta solución gubernamental. “¿O sea que prefieren separar a las mujeres en lugar de educar a los hombres?” me dijo una de ellas.

El transporte femenino es un remedio paliativo que previene ciertos abusos —aunque nunca falta el señor colado que se mete al vagón femenino por razones incomprensibles—, pero lo cierto es que hay pocos esfuerzos dedicados a concientizar a los hombres sobre las razones para no tocar el cuerpo de otra persona sin su consentimiento ni enseñar sus partes privadas a gente que no quiere verlas. Creo que el sistema de transporte capitalino es un reto para cualquiera, sin importar el género, pero el público femenino tiene que lidiar con más problemas cada que decide desplazarse por la ciudad.

En una comparativa con Tokio, Nueva York, Londres y Cairo, realizada por la Thomas Reuters Foundation, la Ciudad de México fue declarada la ciudad con el transporte público más peligroso para las mujeres en 2018.

 

2. Los piropos

No puedo negar que los piropos son un problema al que me enfrenté en Guadalajara e incluso en Londres. Sin embargo, sí puedo decir que nunca me habían gritado tantas obscenidades en la calle como cuando me mudé a la Ciudad de México. Desde el clásico “güerita, güerita” perpetrado por acosadores daltónicos, hasta proposiciones indecorosas que no me han hecho ni en los rincones más oscuros de Tinder, la capital es un hervidero de bocones guarros que no hacen más que incomodar a las mujeres que se aventuran por la ciudad. No importa si es por la noche o a plena luz del día, el catcalling no descansa ni aunque sea día de la virgen.

En la ciudad los acosadores tienen muchas caras. Uno de los últimos albures que recibí mientras caminaba por la calle provino del chofer de una ambulancia. Quizás el manejar este vehículo no es sinónimo de superioridad moral, pero por alguna razón esperaba que las personas que salvan vidas tuvieran un poco más de consideración hacia los demás. Por suerte, en mi caso el acoso se ha quedado simplemente en frases sucias que no han escalado a algo más dañino, pero eso no quita que cada grito callejero haga a la ciudad un lugar más hostil para las mujeres.

 

3. La elección de ropa

De la mano de los piropos viene un problema muy particular con el que me he topado desde que me mudé a tierras capitalinas: la elección del guardarropa. La pregunta suele ser la misma cada día: “¿qué puedo ponerme que no incite propuestas sexuales no deseadas por parte de desconocidos?”. Después de varios meses de prueba y error llegué a la conclusión de que elegir lo que me podré en función del acoso es una batalla perdida. He recibido la misma cantidad de obscenidades usando una falda corta que llevando jeans y sudadera. A final de cuentas, no se trata de una cuestión de guardarropa sino de una dinámica de poder.

Aunque sí suelo elegir prendas más modestas cuando voy a tomar el metro a la hora pico o cuando tengo que cruzar distancias muy grandes —más que nada para sentirme más cómoda— lo cierto es que la responsabilidad recae completamente del lado del acosador. Mientras no se identifique como un problema real, se eduque a las personas y se castigue la acción, ni siquiera vistiéndonos con mamelucos vamos a logar eliminar esta situación.

 

4. El caminar sola

Andar por la calle siempre viene con un cierto riesgo, independientemente de si eres hombre o mujer. Estar alerta de tus alrededores es algo que siempre debes poner en práctica; sin embargo, hay lugares que requieren más atención que otros. Aún recuerdo aventurarme por las calles irlandesas después de la puesta de sol o salir antes del amanecer para tomar fotos de las auroras boreales en Islandia sin sentir la más mínima amenaza. En la Ciudad de México, por el contrario, trato de ser más consciente al momento de elegir mis horarios en el exterior. Además de la precaución básica, siempre cargo una alarma anti-violación y tengo amigas que llevan en sus bolsas gas pimienta o lápiz labial que lanza descargas eléctricas.

Algunos lo llamarán paranoia, pero son sólo aquellos que no han experimentado lo que es que un ciclista te siga durante cinco cuadras preguntándote cómo te llamas y a dónde vas o que un completo desconocido invada tu espacio personal a pesar de que le pidas que mantenga su distancia. Estoy muy consciente de que no puedo dejar de hacer mis actividades diarias por miedo, pero sí trato de tomar precauciones extra cuando me desplazo por la Ciudad de México.

 

5. Los secuestros

Este punto se explica solo. A fin de cuentas, no creo que haya nadie que no se haya topado con al menos un caso en Facebook de alguna chica a la que trataron de llevarse en contra de su voluntad en los alrededores de alguna de las estaciones del Metro de la ciudad. En pleno 2019, ser privada de tu voluntad sólo por el hecho de ser mujer es simplemente inconcebible, pero los casos están ahí y poco se está haciendo para prevenirlos.

Algunos grupos de amigos y yo decidimos bajar apps de localización para rastrear en dónde estamos en diferentes momentos del día y también se han difundido ciertas medidas de emergencia en caso de que alguien se encuentre en esta situación, tales como pedir ayuda con voz fuerte y firme. Como si no tuviéramos suficiente con tener que cuidarnos de que nos agarren el trasero o nos roben el celular, ahora también tenemos que estar al pendiente del crimen organizado. Lo mejor es estar alerta y siempre avisarle a alguien de nuestro paradero antes de salir.

 

6. Las denuncias

Desafortunadamente, siempre van a pasar cosas malas; sin embargo, lo ideal sería tener un sistema de denuncias efectivo que ayude a prevenir que las cosas malas volvieran a pasar y me temo que la capital —así como muchas otras partes del país— aún no cuentan con este recurso. Presentar una denuncia ante las autoridades sigue siendo un proceso complicado y nada solidario con las víctimas.

Hace poco una amiga cercana sufrió de violencia doméstica y cuando acudió a denunciar, los mismos policías le recomendaron mejor no hacerlo y le advirtieron que sería un proceso largo que probablemente ni siquiera procedería. “Mejor perdónelo, señorita”, fue lo que le recomendaron en el ministerio público. Lo cierto es que mientras no se tengan mecanismos de castigos efectivos, es más difícil desincentivar a los criminales. A pesar de esto, debemos seguir intentándolo y denunciar a pesar de las trabas que las mismas autoridades imponen. Es una de las cosas que debemos hacer para superar los retos de ser mujer en un lugar como la Ciudad de México.