En estas primeras semanas del año, hablamos sin parar de propósitos y planes para los próximos meses o incluso para la próxima década. Una de las preguntas que he tenido que responder más veces estos días es la de si tengo algún viaje planeado. La respuesta, de momento, es no. Al menos «no» en el sentido de haber tomado alguna decisión, haber comprado un billete de avión o reservado un alojamiento. En mi cabeza, cómo no, hay varios nombres de lugares que flotan y reaparecen como potenciales próximos destinos. Pero ¿cómo decidir adónde viajar?

Sé que de pronto un día, sin haberlo planeado previamente, me encontraré viendo precios de vuelos para hacerme una idea. Y sé también que es muy posible que ese mismo día acabe haciendo una reserva, porque en tema viajes tiendo a lo impulsivo. Quizá llame antes a mis padres para que me impidan cometer una locura. O posiblemente llame justo después, todavía temblando un poco de nervios y felicidad por haberle dado a «comprar billete». Lo diré muy rápido, entre risitas: «me voy a […] dentro de un mes».

Mi proceso suele ser así, comprando el billete a un lugar que no sé bien por qué ni cómo he elegido. Desde ahí, ya empiezo a buscar información sobre ese destino en cuestión (suelo salir disparada a la librería a comprar una guía), buscar alojamientos, investigar si hay algo específico en esa fecha que quiera ver… No tengo una lista de sueños viajeros o lugares que quiero ver antes de morir, pero sí sé que la decisión suele ser menos impulsiva de lo que creo. ¿Cómo decidir adónde viajar? Estas son algunas cosas que hago a veces y otras que no hago pero que me parecen grandes ideas.

Empieza por lo práctico: tiempo y dinero

A todos nos gustaría que estos dos recursos fueran ilimitados, pero no lo son. A la hora de viajar, influyen y mucho. Si solo tenemos cinco días, cruzar el planeta y pasarnos la mitad de esas horas en un avión no tiene mucho sentido. Y aunque hay gente experta en estirar presupuestos de viaje y llegar lejísimos con muy poco dinero, no todo el mundo tiene esa habilidad ni el tiempo para viajar ultrabarato ni las ganas de hacerlo. No pasa nada por querer viajar con cierta comodidad, aunque desde ciertas comunidades viajeras se vea con malos ojos.

Cuando tengas más o menos claro cuánto dinero tienes o estás dispuesto a gastarte en el viaje, piensa en el tiempo que tienes. Y no solo en el número de días, sino también en las fechas concretas, especialmente si no tienes flexibilidad para elegirlas. Con ese dinero y en esos días, ¿adónde podrías ir? Quizá descartes lugares enseguida: porque sabes que allí vas a gastar más, porque están más lejos y no te va a dar tiempo, porque justo en esas fechas el clima no es especialmente agradable. ¿Que tienes poco tiempo y poco dinero? Mira a tu alrededor. Seguro que muy cerca tienes algún lugar maravilloso que aún no conoces.

Y no te olvides de simplemente estar atento a ofertas de vuelos. Reservar un viaje solo porque es barato puede llevarte a descubrir lugares fantásticos.

¿Qué te pide el cuerpo


Viajamos por razones muy distintas y no siempre —diría incluso que casi nunca— por el simple deseo de conocer mundo. En ese momento en el que sin ningún viaje en el horizonte empezamos a fantasear con volver a salir hasta que la idea es tan persistente que se vuelve casi insoportable, en ese momento el cuerpo nos está pidiendo algo. Para y escucha. ¿Te pide desconexión? ¿Tranquilidad? ¿Moverte mucho o quedarte quieto? ¿Huir del frío o del calor? ¿Dejar atrás el aburrimiento? ¿Te ves en una montaña lejos de todo o en una ciudad recorriendo museos? ¿Te visualizas en una playa desierta o rodeado de gente y bullicio? ¿Te apetece aprender muchísimo y sumergirte en una cultura muy distinta o prefieres algo más fácil y seguro? ¿Te ves en un paisaje desconocido o en un lugar que ya conoces? Todo esto te ayudará a tomar una decisión.

¿Dónde tienes amigos?

Otra forma fantástica y fácil de elegir destino es pensar que, al final, lo único importante es la gente. Si tienes amigos que viven fuera y nunca los has visitado, ¡hazlo! Quizá estén en un lugar que solo sabes que existe porque ellos están ahí; quizá en un rincón del mundo que nunca te ha resultado atractivo. Pero si como viajeritos nos encanta llenarnos la boca diciendo lo mucho que te abre la mente y amplía los horizontes viajar, no visitar a alguien porque está en un lugar que no nos atrae dice bastante de los prejuicios con los que todavía vivimos.

Lo bueno de estos viajes es que, aunque al final el lugar en cuestión no nos guste, veremos a esa persona a la que hace mucho que no vemos y a la que queremos un montón. Cuando vives fuera, se agradece que tus amigos vengan a verte incluso aunque estés en un pueblo perdido o en una ciudad gris y fea y no solo cuando eres una opción de alojamiento gratis en una ciudad turística y cara. Y, quién sabe, a lo mejor descubres un nuevo lugar favorito en el mundo.

Viaja con una excusa

Según tus intereses, esa excusa puede tomar distintas formas. Mi excusa favorita son los conciertos. Por un concierto me mudé un verano a Viena, por otro visité Colonia, por otro pasé una semana en Escocia y por otro estuve tres días bajo la lluvia en Burdeos. También pisé Estrasburgo con esa excusa y en una ocasión inicié un viaje a Italia desde Lisboa (a unas 6 horas de mi casa, no lo más práctico) para aprovechar e ir a un concierto que al final se canceló. Pero Lisboa es siempre buena idea. Mi segundo viaje a Budapest fue para ir a un festival.

Tu excusa puede ser otra. Una competición deportiva, una exposición que de verdad quieres ver, apuntarte a un curso de algo y enmascarar el viaje como viaje de estudios… Estate atenta y, en esos momentos en los que veas una noticia sobre algo y pienses «sería genial estar allí y poder ir», pregúntate por qué no. Y quizá no sea posible. Pero quizá sí lo sea.

Déjate tentar

Si tomar una decisión sigue pareciéndote muy difícil, deja que tus amigos decidan por ti. Varios de mis viajes han sido así. A lugares que no estaban entre mis prioridades o que creía que eran demasiado lejanos o fuera de mi alcance o a los que simplemente no me había planteado ir. Así me acoplé (pero me sentí bienvenida) a un viaje a Argentina en 2014, un año en el que decidí decir que sí a todo. Por eso fui a México en 2018, porque se iba a reunir el resto del equipo de Matador en español y me daba envidia que estuvieran todos juntos sin mí. Por eso volví a Londres en diciembre, porque dos amigas me dijeron que estaban planeando una escapada allí y me preguntaron si me unía.

Si son amigos con los que sabes que puedes viajar y no esos a los que quieres mucho pero que sabes que de viaje os acabaríais matando, deja la decisión en sus manos y déjate llevar. Ir a lugares a los que nunca habías pensado ir y descubrir que ahora quieres volver está siempre muy bien.

Ese lugar en el que siempre piensas


A veces nos pasa que medio nos enamoramos de un lugar como si fuera una persona. En cuanto nos despistamos, estamos en medio de una fantasía en la que nos vemos recorriendo sus calles o subiendo sus montañas, teniendo una conversación con una señora que vende comida o bajándonos del avión y casi oliendo la calidez o el aroma de lugar soñado. Puede ser un lugar que ya conozcamos o puede ser, como si se tratase de un crush con un famoso, un país que aún no hemos pisado. ¿Por qué no ir y hacer la fantasía real?

Puede que haya obstáculos, normalmente de tipo económico, pero si de verdad te obsesiona tanto, planifica en serio. Siéntate a hacer cuentas, proponte un plan de ahorro y una fecha en el horizonte. Puedes seguir fantaseando, pero ahora sabiendo además que todo va a ser real. Ya no es fantasear, es preparar tu viaje.