Te voy a contar sobre uno de los más feroces guerreros de la élite del ejército mexica. No, no se trata de los guerreros águila ni de los guerreros jaguar, sino de los guerreros otomí cuachicqueh, o guerreros rapados, que nada le piden a los míticos soldados de otras partes del mundo.

Para que te des una idea Tzilacatzin, el guerrero que los españoles no pudieron derrotar, pertenecía a este rango del cual se sentía orgulloso:

“…Tzilacatzin gran capitán, muy macho, llega luego. Trae consigo bien sostenidas tres piedras: tres grandes piedras, redondas, piedras con que se hacen muros o sea piedras de blanca roca.

Una en la mano la lleva, las otras dos en sus escudos. Luego con ellas ataca, las lanza a los españoles: ellos iban en el agua, estaban dentro del agua y luego se repliegan.

Y este Tzilacatzin era de grado otomí. Era de este grado y por eso se trasquilaba el pelo a manera de otomíes. Por eso no tenía en cuenta al enemigo, quien bien fuera, aunque fueran españoles: en nada los estimaba sino que a todos llenaba de pavor.

Cuando veían a Tzilacatzin nuestros enemigos luego se amedrentaban y procuraban con esfuerzo ver en qué forma lo mataban, ya fuera con una espada, o ya fuera con tiro de arcabuz.

Pero Tzilacatzin solamente se disfrazaba para que no lo reconocieran. Tomaba a veces sus insignias: su bezote que se ponía y sus orejeras de oro; también se ponía un collar de cuentas de caracol. Solamente estaba descubierta su cabeza, mostrando ser otomí…”.

Fuente: Bernardino de Sahagún

Y aquí hay que aclarar que la palabra “otomí” es de origen nahua y se traduce al español como “fechador de pájaros”. Con ella los mexica se referían, por una parte, a la división de élite de su ejército y, por otra, al pueblo hñä-hñü, que en ocasiones llegó a combatir hombro a hombro con los mexica, pero como mercenarios.

Por otra parte la palabra “cuachic” se traduce como “rapado”, de ahí que su nombre en español sea “guerreros rapados”.

El arte de guerra mexica abarca los aspectos más importantes de cualquier ejército que se respete y, aunque no contaban con un alto grado de desarrollo en cuanto a armamento y tácticas ofensivas, supieron suplir estas deficiencias con un gran adiestramiento de sus tropas en la lucha cuerpo a cuerpo. La motivación era el hambre de poder y la necesidad de satisfacer a los dioses, quienes les habían encomendado la tarea de conquistar el mundo. Su lema, “es un honor morir al filo de la obsidiana,” da como resultado guerreros que desconocían el miedo.

Las fuerzas armadas estaban compuestas de un gran número de tropas y rangos, guerreros de diferentes capacidades y características, pero hoy te hablaremos de los cuachicqueh, los guerreros rapados de la élite del ejército mexica.

Se caracterizaban por rapar sus cabezas, dejando solo una larga trenza sobre la oreja izquierda. Pintaban su rostro y cabeza de dos colores, mitad azul y mitad rojo o amarillo, estilo que llamaban “Ixtlán tlaantic”. Pero también existía un estilo a base de franjas en el rostro llamado “chichimecatl”, lo que reflejaba su ferocidad.

Los cuachic u otomí servían como tropas de choque y además cumplían con misiones de alto riesgo, participando en tareas especiales y prestando asistencia en el campo de batalla cuando era necesario.

Se requería haber capturado más de seis enemigos y haber logrado docenas de otras hazañas para alcanzar este rango. Sus logros, sin embargo, superaban ampliamente estos requisitos.

Tal era su fiereza y su competitividad entre ellos que rechazaban capitanías en el ejército para seguir siendo combatientes activos en el campo de batalla pues una vez siendo cuachicqueh el honor vendría con la muerte, después de ser el más efectivo soldado.

Incluso el cronista Francisco Javier Clavijero, en su obra “Historia Antigua de México”, menciona que Moctezuma Ilhuicamina y su hermano Tlacahuepan, quién por cierto perdió la vida en batalla, pertenecían a este mítico rango.

Así mismo, Fray Diego Durán -en su obra “Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme”-, afirma que eran los soldados más valiosos del ejército mexica por haber “sobrepujado sus hechos y valentías, en número de veinte…”, y Sahagún, en “Historia general de las cosas de Nueva España”, relata que eran considerados “muralla y amparo de los suyos”.

Eran reconocibles por su tlahuiztli amarillo, que es una prenda decorativa que indica el rango. Al llegar el guerrero a este nivel, juraba no dar un paso atrás durante la batalla; esto bajo la advertencia de que, en caso de faltar a su juramento, habría de experimentar la muerte a manos de sus compañeros.

Crédito: @tlaloc503