El español o castellano tiene más de 400 millones de hablantes nativos por todo el mundo y es la lengua oficial en 20 países. Y eso sin contar a los millones de personas que también lo hablan aunque no sea su lengua materna, a las que están estudiándolo o los países en los que tiene presencia no oficial.

Al ver un mapa del español por el mundo es casi normal preguntarse —y esto es algo que hacen muchos estudiantes— dónde se habla el mejor español. Vale que no hablamos cada vez peor, pero si hay variantes y acentos y formas de expresarse y léxico y pronunciaciones diferentes, tiene que haber un español ideal, un español estándar que podamos considerar «el bueno», ¿no? ¿Adónde hay que ir para encontrarlo? ¿Cuál es ese castellano puro?

El español de Valladolid

En España por lo menos, es común que cuando alguien hace la pregunta de dónde se habla el mejor español otro alguien le diga que en Valladolid. Es una creencia bastante extendida y nada probada y algo que enseguida hace levantar una ceja a todo el que viene de una zona no laísta y no leísta y ha escuchado a un vallisoletano hablar (sin generalizar, claro, por supuesto que hay gente de Valladolid que pone siempre el pronombre adecuado, pero la provincia es una de las zonas laístas de España).

Lo del buen castellano de Valladolid no es más que un mito. Como cuenta el académico José Manuel Blecua en esta entrevista en El País, la culpable de todo fue Madame D’Aulnoy, una viajera francesa del siglo XVII. Estuvo por España y preguntó dónde se hablaba el mejor español. Le contestaron que en Valladolid. Ella lo dejó por escrito en su libro Relación del viaje por España y, un poco por esa tendencia a admirar y creer lo que dicen los extranjeros sobre nosotros, los siglos y supongo que el orgullo de la gente de Valladolid se encargaron de convertir la anécdota en hecho casi probado.

El castellano de Castilla

Otra creencia popular basada en una aparente lógica aplastante es la que dice que si la cuna del español o castellano está en Castilla, donde nació, será allí donde se hable mejor. En realidad esto tampoco tiene demasiado sentido. En primer lugar, han pasado ya unos cuantos siglos y, si los idiomas se estropeasen, eso podría haberle pasado a ese castellano original (y en cierto modo es lo que pasó: no se estropeó, pero sí ha cambiado y evolucionado mucho). Lo que se habla ahora mismo en Castilla tiene poco que ver con lo que nació en el siglo XII.

En segundo lugar, si la lengua se hubiese mantenido intacta en la zona del monasterio de San Millán de la Cogolla, cuna oficial del castellano (¡y es en La Rioja!), ¿sería a eso a lo que aspiraríamos aunque en el resto del mundo hispanohablante el español hubiese evolucionado a su estado actual?

El español de Colombia

Fuera de las variedades dialectales de España, el español de Colombia es otro sospechoso habitual en los debates sobre dónde se habla el mejor español. El origen de este mito también viene de lejos. En un artículo en El Colombiano, cuentan que todo empezó allá por el XIX, cuando la clase intelectual y política de Bogotá empezó a cultivarse, intentar convertirse en la Atenas de América y jactarse de un español más puro que el de España. La idea, el automito, caló.

El español de Colombia suele aparecer en estos debates por ser claro y lento, con una pronunciación precisa y fácil de entender. Ese que desean los estudiantes del idioma cuando tienen una prueba de comprensión oral en un examen. Pero ¿es superior por esto? Como pasa con el resto de los ejemplos: no.

Pero la pronunciación es más clara

Hay también quien opina que si se eleva la variedad del español hablada en Castilla por encima de otras como, por ejemplo en el caso de España, las andaluzas, es porque «pronuncian mejor». Si pronuncian todas las consonantes y no se comen ninguna, pensamos, hablan mejor que los de otros lugares que no leen exactamente lo que pone. Aquí hay dos temas.

Uno, el de por qué medir si un castellano es mejor que otro basándonos en la pronunciación y no en otros factores como la riqueza léxica o lo que se ajustan sus hablantes a las normas gramaticales que se enseñan en el colegio. En realidad da igual: no hay pronunciaciones correctas e incorrectas si eres nativo, todos tenemos una gran riqueza léxica en algún tema concreto (hasta esos jóvenes a los que criticamos) y las normas, como todo, no son más que una guía y una descripción de la lengua. Aunque a algunos nos duelan los laísmos, la única razón por la que no son considerados correctos es porque sus perpetradores (sí, sí, es mi opinión) son minoría. Si todo el mundo se vuelve laísta, la RAE cambiará la norma.

Lo de pronunciar todas las letras debería hacer que nos preguntásemos también cómo sería todo si los primeros en codificar la lengua por escrito y decir «esto se escribe así» hubiesen hablado una variedad en la que, por ejemplo, no se pronuncian las eses finales. Y, sobre todo, como sería todo si esa variedad fuese la hablada mayoritariamente por los nobles y clases de prestigio. ¿Escribiríamos las eses? ¿Criticaríamos a los que las pronuncian por «inventarse letras»?

El prestigio y el poder para elevar una variedad

Todo esto desemboca en una conclusión que es quizá la más importante: si hay una variedad del español a la que se eleva por encima del resto, si la norma coincide con lo que hace un grupo de hablantes y deja fuera a otros, no es casualidad. Normalmente, como explican en Blog de Lengua, «las variedades de prestigio suelen coincidir con las habladas por quienes históricamente han sido más exitosos». Y no es que hayan tenido más éxito por haber hablado «mejor», sino que, por ese éxito, no solo es su versión de la historia la que hemos creído y contado, sino que también hemos colocado a su español como «el bueno».

Por supuesto, existe también el efecto contrario: hablar ese castellano «correcto» no te garantiza el éxito, pero estar en una variedad muy alejada y que mucha gente identifica con lo vulgar o lo inculto sí es mucho más posible que te cierre puertas. O hablar una variedad de un lugar concreto. En España todavía es raro escuchar a locutores o presentadores de radio o televisión con su acento andaluz o canario o extremeño real y no el neutro. Afortunadamente, poco a poco va cambiando todo.

El mejor castellano es el que logra su objetivo


¿Dónde se habla entonces el mejor español? En ningún sitio. En todos. En tu casa. En la mía. Las lenguas son algo funcional: una herramienta que utilizamos para comunicarnos.

Si nuestra variedad nos permite comunicarnos sin problema, entender y ser entendidos, es la mejor posible en esa situación concreta. Si por el contrario no sabemos adaptarnos al contexto comunicativo, si utilizamos localismos de nuestro pueblo cuando estamos en otro país o si hablamos demasiado formal en un contexto coloquial, y eso impide que nos comuniquemos con la facilidad y claridad que queremos, nuestro español no es el mejor. En ese momento. En ese lugar. Con esos interlocutores.

Y tampoco hay que hacer un drama de todo esto: con un poco de esfuerzo y voluntad a ambos lados de la conversación, conseguiremos comunicarnos. Y eso es, al final, lo único que importa.