¿Sabías que el gran Roberto Arlt también escribió crónicas de viajes? ¿O que Clorinda Matto de Turner, una de las primeras voces del feminismo latinoamericano, hizo un sagaz libro de viajes en 1908? Aquí te contamos sobre 11 maravillosas crónicas de viaje escritas en español que aún son poco conocidas.

Viaje de recreo: España, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Alemania (1909)

Nacida en 1852, Clorinda Matto de Turner fue una escritora y periodista peruana de inspiración realista y popular. Con su novela Aves de nido, publicada en 1889, ella puso la piedra fundamental de la ficción indigenista andina, que convertía a los indios en víctimas y protagonistas de una sociedad blanca y mestiza que no les hacía lugar en sus repúblicas. Fue también una de las primeras voces del feminismo latinoamericano. En 1895, un año después de la revolución del caudillo Nicolás de Piérola, Clorinda Matto abandonó la ciudad de Lima y se exilió en Argentina, donde se dedicó a la docencia y al periodismo.

En 1908, un año antes de su muerte, Clorinda realizó un viaje a Europa, del que da cuenta en su libro Viaje de recreo. En las más de trescientas páginas de sus crónicas, su mirada atenta se detiene sobre las costumbres sociales, la arquitectura antigua y moderna, y los museos europeos que la deslumbran. Su prosa es siempre lúcida; su humor, delicado. En Francia se enfrenta a su destino sudamericano y anota:

“El americano en Europa hace el mismo efecto que los provincianos en la capital. Se les conoce desde lejos, antes de que suelten palabras… Como nos han reconocido desde que asomamos al jardín del hotel, nos han cobrado doble o triple. No presentamos objeciones”.

Y sobre el pueblo parisino escribe:

“Calles, bulevares, plazas y paseos, todo está invadido por la alegría de patriotas que cantan a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, sin que se tomen el trabajo de meditar que la libertad no existe en la vida, donde estamos atados a la columna del trabajo cotidiano; que la igualdad es utópica, donde habrá siempre negros y rubios, blancos y morenos, ricos y pobres, virtuosos y culpables; y en cuanto a la fraternidad, ella es ilusoria cuando prima el mercantilismo y el oro es rey, amigo y vasallo”.

En Inglaterra, en cambio, se maravilla con el progreso económico, social y cultural:

“Londres se me figura un Rey vestido de púrpura, de armiño y de oro, llevando majestuoso el cetro de la grandeza”.

Pasó más de un siglo desde aquellas observaciones, y todo indica que Clorinda Matto de Turner se equivocaba muy poco, o casi nada.

De lujo y Hambre (1981)

Como género literario, la crónica tuvo en México a algunos de los mejores escritores del siglo XX, como Salvador Novo, Carlos Monsiváis o José Joaquín Blanco. Por ejemplo, en su libro Continente vacío, Novo contó sus impresiones de Sudamérica, incluyendo a la Argentina, donde vivió efusivos amores efímeros y porteños con el poeta español Federico García Lorca. Sin embargo, el tema y problema de la mayoría de los mexicanos, la tierra por excelencia de sus crónicas, es el propio México.

Una excepción al foco puesto en México es hecha por un periodista, narrador y luego exitoso conductor de televisión, Ricardo Garibay (1923-1999), quien llegó a la fama y a las ventas con su novela La casa que arde de noche (1971). En su libro de crónicas De lujo y de hambre, Garibay se anima a confrontar, a viajar por el país al que la mayoría de los mexicanos que llegan no quieren visitar, sino conquistar o reconquistar: Estados Unidos.

¿Cómo es Estados Unidos, el Estados Unidos más gringo de todos, para un mexicano que no busca chamba ni trabajo permanente ni Green Card, un mexicano que no teme a la Migra sino al aburrimiento y el tedio de la monotonía grandiosa de una cultura acaso hueca o delgada pero poderosa y universal? Su crónica sobre el más americano de los mitos, los casinos y los shows de Las Vegas, titulada “Fiestas Patrias en Las Vegas”, narra uno de los tantos viajes que los mexicanos y mexicanas de posición desahogada hacen a la capital del juego y del pecado comercial aprovechando el feriado nacional (azteca) de las Fiestas Patrias. Y en Las Vegas encuentran tequilas y mariachis y beben margaritas y comen tacos. En Garibay, todo lector aprende algo que ya sabía: que viajar no es sólo mirar con descanso sino también ser mirados sin descanso, y que lo que podamos ver estará siempre limitado por cómo nos ven.

Italia, guía para vagabundos (1958)

Con una vida que ocupa el entero siglo XX, Germán Arciniegas (1900-1999) fue un notable ensayista, historiador, diplomático y narrador colombiano que dedicó la mayor parte de su vasta y extensa obra a la investigación de la extensa y vasta historia del continente americano. En sus libros exalta la gesta de sus próceres y héroes nacionales, las ideas de los intelectuales y escritores más relevantes. Por eso debe incluirse dentro de lo que se dio en llamar “movimiento americanista”. Para él América era una sola, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Y buscó a América no sólo en el hemisferio occidental, sino que también la encontró en Europa, en todo el Mediterráneo y aun en el Oriente Medio.


El libro que ahora nos ocupa es el resultado de su estadía en la capital italiana como embajador. Italia, guía para vagabundos (un hermoso libro que encontré revolviendo una librería de viejo en San Telmo) reúne las crónicas periodísticas que el escritor colombiano publicaba en diarios americanos desde la sede imperial romana, después ciudad de los Pontífices católicos, baluarte del fascismo de Mussolini, y, en la década de 1950, capital mundial de la dolce vita. En auto, a pie, en tren, el colombiano recorre la península. A lo largo, de norte a sur, de la Venecia de los vistosos canales y vociferantes carnavales, a la Sicilia del sol griego y la mafia discreta. Y de oeste a este, de la Florencia de Dante y del Renacimiento, de la Siena de las torres y carreras medievales de caballos, a la medieval Asís de San Francisco, que reintegró la humildad como programa a la Iglesia Católica. Roma, la del Vaticano, es la ciudad que más recorre Arciniegas. Lo hace como un arqueólogo que en cada pieza del hoy encuentra las capas del ayer, desde los antiguos romanos hasta los fastos barrocos y fellinianos del país de la pasta, el vino y el gusto indulgente por todas las formas de la exageración de los gestos, el ánimo, la política y de ese Amor que es el palíndromo de Roma.

Aguafuertes cariocas (1930)

Roberto Arlt (1900-1942) fue un escritor y periodista argentino de principios del siglo XX, para quien la literatura debía provocar el mismo efecto que un “cross a la mandíbula”. Hay que decir del autor de Los siete locos (1929) y Los Lanzallamas (1931) que pudo dar ese golpe en varias de sus novelas, así como en las aguafuertes, cuadros de costumbres y crónicas de ciudades que publicó en las páginas del diario porteño El Mundo. El 8 de marzo de 1930, a pedido del director de ese periódico, zarpó en buque del puerto de Buenos Aires hacia la ciudad de Río de Janeiro, donde pasaría dos meses registrando sus impresiones, anotando los hábitos de la gente, el ritmo de la ciudad, en suma: las costumbres de una época. En el año 2013, la editorial Adriana Hidalgo recopiló y publicó esas crónicas de viajes en el libro Aguafuertes cariocas. En su aventura por la ciudad tropical, Roberto Arlt sigue el tempo cansino del vagabundeo, del flâneur sin destino prefijado:

“Soy un hombre de carne y hueso que viaja, no para hacer literatura en su diario, sino para anotar impresiones”.

Arlt se detiene en los detalles pintorescos que le llaman la atención, se asombra con todos los tipos de belleza, describe lo que ve, abrumado por el calor insoportable, comparando esa ciudad llena de luz, playas y naturaleza con la Buenos Aires de cemento, bares y aquella vida nocturna que tanto extraña de la calle Corrientes, ya que en Río no hay teatros, cines ni salas de conciertos. Se asombra por la educación y el respeto de los brasileros. El domingo 6 de abril de 1930, escribe:

“Respeto para el hombre… para la humanidad que lleva el hombre en sí. Es lo que encuentro en Río. Aquí, donde la naturaleza ha creado seres voluptuosos, mujeres de ojos que son noches turbias y perfiles con calidez de fiebre, sólo encuentro respeto; un dulce y profundo respeto, que hace que de pronto usted se detenga y se diga en conversación consigo mismo:
—La vida, así, es muy linda”.

Las crónicas sobre Río de Janeiro ofrecen la oportunidad de conocer una faceta nueva en la obra de este escritor fundamental de la literatura rioplatense, donde Arlt saca a relucir una prosa y una mirada distinta a la que conocíamos en sus novelas. Aguafuertes cariocas es un libro que, a pesar del tiempo, no perdió vigencia para todo aquel que quiera viajar a la mítica ciudad del Pan de Azúcar.

Maravillosa Bolivia (1957)

Ernesto Giménez Caballero fue un escritor y diplomático español que dedicó toda su vida a la literatura, los viajes y la acción política. Su primer libro, Notas marruecas de un soldado, de 1923, combina esas tres cosas a la perfección. En su ideología política adhirió y difundió el fascismo; en sus ideas estéticas adscribió el futurismo italiano y el surrealismo español. Entre otras cosas, cuenta la leyenda que Giménez Caballero fundó el cineclub donde se proyectó por primera vez Un perro andaluz, la película de Luis Buñuel y Salvador Dalí. También fundó La Gaceta Literaria, una publicación desde donde ayudó a difundir las obras y las ideas de la Generación del 27.


Ernesto Giménez Caballero conoció y estudió casi todos los países de América del Sur, que describió en diferentes libros dedicados a Argentina, Paraguay, México, Uruguay y Bolivia. Tras su visita al país andino escribió Maravillosa Bolivia (1957), donde vemos muy presente un recurso que repitió hasta el cansancio: evaluar las costumbres y la cultura americana como resultado de la influencia que nos dejó España, “la madre tierra”. Así, en un capítulo de Maravillosa Bolivia intenta demostrar la huella de Cervantes en la ciudad de La Paz, o la influencia de Don Quijote en el pueblo boliviano que atraviesa caminando los cerros y las montañas diariamente, como si se tratara del ingenioso Hidalgo. Pero Giménez Caballero también se entusiasma con la religión pagana y las fiestas tradicionales del pueblo andino, que durante semanas enteras homenajean a la virgen de Sucre o al mismísimo diablo. El autor asiste a la fiesta de Copacabana y no sale de su asombro ante los colores espectaculares de la vestimenta y los tejidos bolivianos, el consumo de hojas de coca y la danza alocada de las comparsas por la ingesta de alcohol. De este libro, rescatamos este fragmento donde sintetiza su visión de los países latinoamericanos:

“Mi afirmación ante los hijos hispánidas de América consiste en prever que la Mayorazguía parece Dios haberla reservado a Argentina, al hijo más «castellano» de España y de América. México parece haber heredado el «valor individual y macho», el valor de resistencia frente a todo invasor.
(Yo en México sería revolucionario.)
Paraguay y Bolivia, la arrogancia numantina hasta el aniquilamiento.
(Yo en Bolivia sería pastor y guerrillero. Y en Paraguay, jesuita y mártir.)
Perú, la prestancia señorial, aristocrática, abolengada.
(Yo en Perú me las daría de hidalgo.)
Chile, el sentido europeo, interventor, diplomático y científico.
(Yo en Chile sería profesor.)
Colombia, la virtud suprema del lenguaje y del estilo.
(Yo en Colombia sería prosista o académico.)
Venezuela, Uruguay, Nicaragua: un ímpetu lírico y exquisito de la vida…
(Yo en estos países sólo podría escribir versos)”.

Ernesto Giménez Caballero podría haber sido todo eso, pero le bastó con ser un gran cronista para que nos acordemos de él.

De Moscú a Nueva York (1989)

El periodista Ignacio Carrión (1936-2016) fue uno de los mayores escritores de la España del fin del siglo XX y comienzos del XXI. Una España democrática, europea, cosmopolita, y deseosa de conocer ese mundo que alguna vez, en el siglo XVI, fue su Imperio (el Imperio Español, el más grande y global del planeta, donde nunca se ponía el sol).


Fue en el diario El País donde Ignacio Carrión ejerció el periodismo y lo hizo como corresponsal extranjero en el hemisferio norte, de oriente a occidente (como lo indica el título de este libro). El año del libro, 1989, es la fecha de la Caída del Muro de Berlín, el fin del Segundo Mundo, la contracara comunista del Primer Mundo capitalista que acabó por triunfar e imponerse, homogeneizador, unificador y único. Desde Moscú, capital de la Unión Soviética que pronto iba también a caer (en 1991), así como desde Nueva York y Washington (capital financiera y capital política de Estados Unidos, respectivamente), se toleró que las fronteras entre las dos Alemanias se abrieran y se permitió la libre circulación de sus ciudadanos. Pronto habría elecciones libres, los partidos comunistas perderían el poder y el resultado sería la Unión Europea. Pero es hoy que sabemos el final de la historia, y cuando Carrión escribió y publicó sus crónicas de viajes faltaba un cuarto de siglo para ese desenlace. Este es el interés de su libro De Moscú a Nueva York, que hará que el viajero de hoy nunca pueda olvidar ese ayer que huyó con una velocidad que desmienten los años. Carrión es un maestro en encontrar las huellas del cambio histórico en Berlín, Varsovia, Viena y aún en Madrid o París. Una de las paradojas de este libro es que muestra cómo el polo más moderno de ese momento es el que menos cambia, porque todo el resto del mundo cambia para tratar de parecerse a Washington y a Nueva York.

Guía triste de París (1999)

Junto con el arequipeño Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, el limeño Alfredo Bryce Echenique (nacido en 1939) ocupa el lugar central de la narrativa de ficción peruana desde la década eufórica de 1960, cuando la revolución cubana y la industria editorial barcelonesa y porteña encendían el boom de la literatura latinoamericana. Su novela Un mundo para Julius (1970) propuso una compleja imagen nostálgica, no siempre gratificante de la vieja Lima criolla cuyo paisaje social desaparecía y cambiaba para siempre por la invasión de los ‘cholos’, los indios que bajaban de las sierras a la costa y se convertían en mano de obra, en emprendedores, en comerciantes, en capitalistas. La novela indigenista llegaba a su fin como expresión de victimización: había colaborado con un proceso social igualador e ineluctable.

Era lógico que el ambiguo evocador de esta Lima afrancesada, europeizante, recalara en París. Si para el periodista y narrador norteamericano Ernest Hemingway, que la visitó en posguerras de dólar caro y franco muy barato, la capital francesa fue siempre una fiesta, un lugar donde las generaciones perdidas de su país podían encontrarse a sí mismas, para el peruano ese cariz festivo se disuelve en gris tristeza.

Las crónicas o relatos que componen Guía triste de París evitan conceder a la Ciudad Luz cualquier brillo que no sea el de su aristocrática superioridad artística e intelectual. No es un lugar que preste ni mucho menos regale alegría de vivir o belleza fácil en cada una de sus esquinas mojadas bajo un cielo siempre gris. Tanto más hermosa por cómo se resiste, así es París, a los ojos de Bryce, a la vez monumental y cotidiana, con su luz escasa, cruel, pero que nunca engaña.

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