Marzo es el mes feminista por excelencia y el día 8 en concreto el Día de la Mujer. Estas semanas todo se tiñe de morado y se llena de acciones e iniciativas que buscan tanto reivindicar como informar, tanto protestar como difundir. Hay marchas, concentraciones, conferencias, ciclos de cine, paros, huelgas… En los últimos dos años hubo llamadas internacionales a una huelga laboral (también de cuidados) y de consumo para mostrar músculo feminista; para mostrar que, si las mujeres paramos, se para el mundo.

En 2020 parece que la tónica general va hacia la descentralización. Las convocatorias a distintas acciones son más locales y regionales. Esto no significa que el movimiento esté perdiendo fuerza; más bien al contrario, busca trabajar desde lo local para atender mejor a todos los perfiles y necesidades y no olvidar nunca que el feminismo necesita ser inclusivo y no un movimiento solo de y para las más privilegiadas de entre las oprimidas.

Y esto es lo que han elegido como tema para 2020 en ONU Mujeres, el organismo de la Organización de las Naciones Unidas destinado a fomentar el empoderamiento de la mujer y la igualdad de género. Este año es el año de la Generación Igualdad, que significa que, aunque hemos avanzado mucho, queda aún mucho más por hacer. Y significa, sobre todo, que está en manos de esta generación —la Generación Igualdad— lograr que ese avance se acelere.

Algunos datos deprimentes

Hay más, muchos más. Estos son solo una pequeña muestra que dejan claro que el problema es aún algo muy presente y muy extendido, que se filtra y empapa las vidas de las mujeres de todo el mundo, sin importar de dónde seamos, nuestra situación económica, raza, orientación sexual o identidad de género. (Evidentemente, en los colectivos más vulnerables, la situación es peor).

¿Y qué hacemos ante una monstruosidad así? ¿Por dónde empezamos? Desde ONU Mujeres proponen 12 acciones que todas y todes y todos podemos iniciar, 12 cambios de conducta que pueden parecer pequeños y que solo afectarán a nuestro círculo más cercano, pero que son un principio, una ayuda para que esos 99 años y medio se reduzcan, pequeñas gotitas violeta que irán tiñendo el tejido social como cuando se nos destinta un bolígrafo en un bolsillo.

1. Compartir el cuidado

 

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«Las mujeres se ocupan tres veces más del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que los hombres», dicen desde ONU Mujeres. Y no porque vivan solas y no les quede más remedio, no, no, todos sabemos que no. Compartir el cuidado y las tareas domésticas no es «ayudar en casa», es asumir tus responsabilidades, es pensar todo lo que hay que hacer, analizar el tiempo que lleva hacerlo y repartir a partes iguales. ¿Que hay cosas que tú, el hombre, haces peor? Es normal, pero no te preocupes: nada como la práctica para mejorar.

2. Denunciar los casos de sexismo y acoso

 

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Y no solo las cosas más graves y llamativas. También esos detalles omnipresentes: desde piropos no solicitados hasta comentarios condescendientes y paternalistas, pasando por las interrupciones constantes, el mansplaining o machoexplicación, explicar algo técnico o de dinero mirando al hombre y no a la mujer cuando es ella la interesada o la clienta, comentarios cargados de prejuicios (sobre cómo habrá llegado a tal puesto, sobre si le habrá bajado la regla) y un largo etcétera. Denunciar en estos casos es decirlo, afear el comentario a quien lo ha hecho, no asentir y mirar para otro lado.

3. Rechazar el binarismo de género

 

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¿Qué es el binarismo de género? Dividir la humanidad en dos géneros, masculino y femenino, y borrar de un plumazo a todas las personas que no se sienten ni de uno ni de otro. No es una cuestión de elección ni de preferencia personal, no es un capricho. Ni siquiera tienes que entenderlo; basta con ser empática y con creer a esa persona que te dice que es no binaria o intersexual, usar los pronombres que te diga que prefiere aunque no sean los primeros que se te han ocurrido. Y, siempre que puedas, opta por palabras que engloben y no impliquen un género: personas, gente, alumnado, profesorado…

4. Exigir una cultura de igualdad en el trabajo

 

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Existen unos Principios de Empoderamiento de las Mujeres, redactados por ONU Mujeres y el Pacto Mundial de las Naciones Unidas, que son una fantástica guía para las empresas sobre qué tener en cuenta a la hora de convertirse de verdad en un lugar de trabajo equitativo:

  • Promover la igualdad de género desde la dirección al más alto nivel
  • Tratar a todos los hombres y mujeres de forma equitativa en el trabajo; respetar y defender los derechos humanos y la no discriminación
  • Velar por la salud, la seguridad y el bienestar de todo el equipo
  • Promover la educación, la formación y el desarrollo profesional de las mujeres
  • Llevar a cabo prácticas de desarrollo empresarial, cadena de suministro y marketing a favor del empoderamiento de las mujeres
  • Promover la igualdad mediante iniciativas comunitarias y apoyo
  • Evaluar y difundir los progresos realizados a favor de la igualdad de género

5. Ejercer tus derechos políticos

 

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Vo-ta. No solo al partido que más medidas proponga para luchar contra la desigualdad, sino también al que predique con el ejemplo: que tenga mujeres candidatas. No se trata de votar a alguien solo porque sea mujer, pero sí de buscar y apoyar a las mujeres que se presentan en un partido que más o menos te representa y ayudar a desenterrarlas de las listas. Solo un 25% de los escaños en parlamentos nacionales están ocupados por mujeres y solo un 7% de la dirigencia mundial está en manos de mujeres. Es hora de cambiarlo.

6. Comprar con responsabilidad

 

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¿Sabes qué otra cosa nos afecta más a las mujeres que a los hombres? La emergencia climática. Desde ONU Mujeres dicen que «los desastres humanitarios provocados por el clima a menudo exacerban las desigualdades de género existentes y, como consecuencia, las mujeres y las niñas quedan expuestas a mayores índices de violencia, malnutrición y otros riesgos». Es decir, una razón más para optar por productos ecológicos, eliminar los plásticos de tu vida, reparar en vez de tirar, etc. Tampoco está de más conocer las empresas cuyos productos consumes y ver si tienen políticas por la igualdad (y las llevan a cabo, claro).

7. Ampliar la cantidad de libros, películas y otros medios feministas

 

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Piensa en las últimas películas que has visto o en los libros que pueblan tu estantería. ¿Cuántas están dirigidas o escritas por mujeres? Si solo leemos o vemos o escuchamos historias contadas por hombres, nos perdemos las perspectivas de la mitad de la población. Además, ellos suelen ser protagonistas y nosotras «lo otro». Haz el esfuerzo —solo al principio, luego será natural— y busca y consume y regala productos culturales ideados y creados por mujeres. Además de ir equilibrando tu propio mundo, ayudarás a que se publiquen y lancen más.

8. Enseñarles a las niñas lo valiosas que son

 

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Repiensa los adjetivos y las etiquetas. ¿Mandona? No, con liderazgo. ¿Princesa? No, superheroína. ¿Vulnerable? No, fuerte. No la complimentes por su belleza, sino por su inteligencia, por su valentía, por su creatividad. No le digas que algo es de niños y, por lo tanto, no para ella. Escúchala y, si notas ya alguna creencia sexista interiorizada (el efecto de la sociedad es rápido y despiadado), rebátela, trabaja por reconducirla. Por supuesto, que sus juguetes, películas, libros, etc. sean no sexistas.

9. Desafiar el significado de «ser un hombre»

 

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No solo somos las mujeres las que tenemos que dejar de aceptar etiquetas que definen y limitan qué es la feminidad. Lo masculino y lo viril también necesita ese proceso de deconstrucción. ¿Los hombres no lloran? ¿Los hombres no hablan de sus sentimientos? ¿Los hombres no cuidan, no limpian, no nutren, no cocinan, no expresan sus emociones? La masculinidad tóxica es una parte muy grande del problema. Animemos a los hombres a salir de ella y eduquemos a los niños para que se sientan cómodos siendo quienes son, jugando con lo que quieran y expresando lo que sienten.

10. Comprometerse con una causa

 

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Investiga qué asociaciones y organizaciones que luchan por la igualdad de género desde distintos frentes tienes cerca y da el paso. Convertirte en activista te ayudará a comprender mejor el problema y entender las soluciones, además de permitirte ampliar tu círculo y conocer a mucha gente que comparte tus principios. Y la satisfacción de estar luchando por una buena causa, claro.

11. Desafiar los estándares de belleza

 

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¿Qué es la belleza? Si tenemos en cuenta todos los productos y consejos y recomendaciones que pueblan las revistas, los anuncios y los escaparates, algo en lo que las mujeres tenemos que trabajar. Perder esos kilitos de más, tener una melena fuerte y sana y de un color que no es el tuyo, tapar esas arrugas o «imperfecciones» de la piel, realzar las pestañas, engordar los labios, subir los pómulos, tener más pecho (¡pero sin pasarse!) y más culo (¡pero no demasiado!), conseguir una cintura de avispa y un vientre plano, eliminar todo el pelo del cuerpo que no esté en la cabeza, vestir sexy pero recatada pero no como una monja y no de putón, oler a perfume, tener una vulva de un color y forma y olor determinado (que, curiosamente, no es el que ya tiene), unas piernas sin celulitis y sin estrías, unas cejas perfectamente dibujadas, un escote «bonito», unos tobillos finos. Y, bueno, que no parezca que te ha costado ningún esfuerzo conseguir esa imagen. Todo tiene que ser muy natural. ¡Y no te olvides de sonreír!

El tiempo y el dinero que las mujeres gastamos en intentar acercarnos a un ideal imposible es un tiempo y un dinero que los hombres pueden invertir en cosas como su carrera profesional o rascarse la barriga en el sofá (que sí, que también hay industria de la belleza y presiones estéticas para hombres, pero menos, muchísimas menos). Rebelarse ante una industria que nos dice todo el rato que somos imperfectas (y que no debemos serlo bajo ningún concepto) es revolucionario y liberador. ¿Productos de belleza? Para qué, si ya estamos y somos estupendísimas.

12. Respetar las decisiones de las demás personas

Este es uno de los puntos más importantes y uno que voy a reproducir exactamente porque creo que no hay mejor forma de decirlo.

Cada persona tiene el derecho de tomar decisiones sobre su cuerpo, bienestar, familia y futuro.

Cuando las decisiones de otra persona te molesten, pregúntate por qué. Analiza los prejuicios que puedan estar impulsando tu reacción y considera las circunstancias que llevaron a que la vida de esa persona fuera diferente a la tuya. Escucha sus argumentos.

A veces, nos cuesta entender una decisión que nunca tuvimos que tomar. Asume la responsabilidad de aprender y pensar de manera crítica sobre las situaciones de las demás personas.