Estas son algunas de las maravillosas razones por las que le recomiendo a todos mis conocidos que se auto-regalen un viaje con su padre o su madre siendo adultos.

Viajar con mi mamá me permitió agradecerle por todo lo que hizo por mí mientras crecía.

Viví dos años en el extranjero, y ese tiempo lejos de mi familia me permitió apreciarlos de nuevas maneras. Al regresar a Argentina, tomé la decisión de regalarnos a mi mamá y a mi un viaje juntas a España, la tierra de nuestros ancestros. A ella, quien pasó horas enseñándome a leer, haciendo mis trajes para el festival de danzas, secando mis lágrimas cuando tenía una lastimadura, aconsejándome y escuchándome… regalarle un viaje era apenas un gesto comparado con todo el tiempo y el amor que me había dedicado.

Comprendí cuál es su forma de disfrutar de las cosas, y aceptarla.

Al principio, me irritaba que sacara 150 fotos en cada lugar que visitábamos. Luego, me di cuenta de que era su forma de disfrutar: registrarlo todo con la cámara. Mi madre es una coleccionista, y así coleccionaba momentos, ideas, cosas que le gustaban mucho. Me relajé y hasta llegué a preocuparme si estábamos en un sitio y ella no sacaba fotos (¿será que no la está pasando bien?). Luego ella también pudo relajarse, y comprender cómo disfrutaba yo. Así que hacia el final del viaje, a veces sacábamos fotos y a veces solo nos sentábamos con un buen café o una buena birra, a conversar.

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Nos re-encontramos con nuestras raíces… literalmente.

Para todos los que tenemos familia que a lo largo del siglo XX tuvo que migrar, me parece algo muy valioso ir y conocer el lugar y la comunidad de nuestros ancestros. En mi caso, mis abuelos vienen de Navarra y del País Vasco (Euskadi).

Estar en los paisajes donde los ancestros de mi mamá pasaron su infancia fue algo profundamente conmovedor. Mientras veíamos las colinas verdes del País Vasco, por ejemplo, mi madre y yo recordamos muchas anécdotas que mi abuelo solía repetir. En mi caso, el paisaje de Navarra y del País Vasco se sentía como estar en casa, solo que se trataba de una casa que recién pisaba físicamente por primera vez.

Jamás olvidaré la cara de mi mamá, sus ojos llenos de lágrimas, comiendo en un restaurante de un pueblo con más de 1000 años de historia. Probando un guiso típico vasco me dijo “este es el sabor de mi infancia… este era el plato que cocinaba mi abuelo”.

La frutilla del postre fue algo no imaginado: nos encontramos con familiares que no sabíamos que existían. Durante dos días completos, buscamos el pueblo donde había crecido mi abuelo. No teníamos referencias precisas, solo el nombre de un “caserío”. Guiadas por nombres de lugares que mi abuelo repetía, con una vieja foto blanco y negro que mi abuelo guardaba, buscábamos la casa de su infancia, sin saber si seguía en pie. Mi mamá manejaba, y yo intentaba sin éxito que los nombres de Google Map coincidieran con los recuerdos. Casi al borde de una discusión, le pedí a mi mamá que se detuviera, que no podía seguir buscando con el automóvil en movimiento. Se detuvo repentinamente, y cuando ambas levantamos la cabeza y miramos alrededor, allí estaba la casa de la infancia de mi abuelo.

Crédito: The Bee

Otro automóvil se detuvo. Un hombre bajó y nos miró con desconfianza. Bajamos también, mi mamá con una vieja carta de mi abuelo y la foto en la mano.
“Disculpe, estoy buscando la casa de los Malkorra”, dijo mi madre.
“Yo soy Malkorra”, dijo el hombre, aún desconfiado -y con razón-.
“Vengo a buscar el lugar donde pasó un tiempo mi padre, Ernesto Malkorra. Somos de Argentina”, confesó ella, y continuó: “Tengo una carta aquí, que mi padre recibió de Javier Malkorra”.
“Yo soy Javier Malkorra. ¿Puedo ver el papel?”, respondió incrédulo. “Pues resulta que esa es mi letra y mis palabras, ¡pero casi no recuerdo haber escrito esto, ya que fue hace más de 20 años!”.
Javier es el primo de mi mamá. Una vez que empezaron a hablar, no se detuvieron. Javier nos invitó a almorzar, generosamente. Conocimos a su familia, y recorrimos la casa y el pueblo con ellos. Luego pudimos encontrarnos con más primos en Madrid. Ahora conversan por WhatsApp, y mi madre los visita cada vez que puede.

Comida en familia en el País Vasco.

Me maravillé al verla enfrentar cosas nuevas con valentía y curiosidad.

El viaje a España fue la primera experiencia de mi madre fuera de Argentina. Me llenó de alegría observarla maravillándose por lo distintas que son las cosas en otro país, o verla haciéndose amiga de mis amigos.

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Y sobre todo, me sentí orgullosa de verla enfrentar sus miedos, como conducir un automóvil en ese nuevo país. Lo cual me lleva al siguiente punto…

Desde que viajamos juntas, se de dónde saqué todo lo aventurera que hay en mi.

Uno saca todo lo bueno de la madre, ¿no es cierto? 😉
Más allá de los chistes, mi actitud curiosa y aventurera la aprendí / heredé directamente de mi mamá. Y es maravilloso haber identificado eso, porque ahora estoy segura de que en cada una de mis aventuras, ella vive en mí.

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Experimenté y disfruté nuestra dinámica de madre-hija fuera de la cotidianeidad y de otras dinámicas familiares.

A veces peleo con mi mamá cuando convivimos: ella quiere escuchar las noticias en la radio, y yo quiero estar en silencio; ella quiere que la vereda esté perfectamente limpia y sin hojas, y yo jamás invertiría media hora de mi vida en barrer la vereda. Además, en las dinámicas familiares, pocas veces puedo estar a solas con mi mamá: mi padre, mi hermana y las mascotas forman parte de nuestra cotidianeidad. Así que pasar tiempo con mi mamá a solas, lejos de los quehaceres de la casa, y de las rutinas construidas a lo largo de 30 años, fue una experiencia hermosa y reveladora.
Durante el viaje, pudimos disfrutar de pequeños placeres cotidianos que por una razón y otra, no solíamos darnos en el día a día de Argentina. Conversar en un café, salir de “shopping”, probar nuevas comidas y bebidas. Ahora, de regreso en la rutina, sé que aquellos momentos de complicidad son posibles, y los busco activamente, aún estando en Argentina.

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Tengo recuerdos compartidos con ella que son mejores que cualquier souvenir material.

Otra coincidencia entre mi madre y yo es que nos gustan los souvenirs: postales, imanes, artesanías, piedras, monedas. Pero lo cierto es que lo más preciado del viaje lo guardo en mi memoria: recuerdos junto a ella de momentos íntimos, cálidos, divertidos, especiales. Recuerdos llenos de luz, como esta imagen:

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El pasaje que le regalé a mi madre para hacer un viaje juntas ha sido una de las inversiones más sabias en mi salud emocional. Ahora quiero hacer un viaje con mi padre. ¿Y ustedes?