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Lo peor de las dictaduras comunistas no es solo que reparten la pobreza, es que envilecen a través de un sistema de delatores que rueda solo. Y que le da poder a las peores personas para influir sobre la vida de sus semejantes. La pobreza duele, enferma y limita, pero el sistema de chivatería envilece y saca lo peor del ser humano.

La economía estatal no funciona. El ser humano es el que es. Como dice el refrán popular “fíjate si trabajar es malo, que es por lo único que pagan”. Si además los salarios son muy bajos, y no existen personas propietarias que cuiden de los negocios, no se produce absolutamente nada.

Cuba sobrevivió más o menos mientras fue financiada por la URSS, pero la economía estatal se desplomó en todas partes. Ninguna economía improductiva, ni aún queriendo, puede sostener sistemas sanitarios ni educativos públicos de calidad, que son carísimos de mantener. No ha sido el Bloqueo la causa de la pobreza cubana, ha sido la economía estatal que no funciona. Cuba ha sido administrada como una finca, por un dueño ególatra que creía saber de todo, desde cómo inseminar vacas a cómo sembrar arroz o fabricar ollas de presión. La economía fue totalmente destruida.

Pero siendo eso la causa principal de todo, el mecanismo de mantenimiento del poder omnímodo durante más de 60 años ha sido incluso más perverso. Al control total sobre los medios de producción y el trabajo, hay que sumarle el control político eficiente basado en un sistema generalizado de chivatos.

Hasta los años 90, ningún cubano podía, por ejemplo, comprar libremente un televisor, un aire acondicionado, o mucho menos un coche o una casa. El derecho a comprarlos se daba en los centros de trabajo, a través de asambleas. En esas asambleas, había que ser comunista destacado para ganar el derecho a comprar a crédito un televisor.

Cada 10 o 15 años, quizás tocaba una casa. En esas asambleas salía lo peor de cada ser humano, y quien quería ganar el televisor acababa diciendo que el otro “compañero” la semana pasada no había asistido al “trabajo voluntario”, o no había ido a la Plaza a escuchar a Fidel. La simulación, la envidia y la vileza elevadas a mecanismo de control social, lo que muchos han llamado siempre allí “la doble moral”.

En los barrios, como decía una cancioncita promocional en la televisión, “en cada cuadra, un Comité”. Los Comités de Defensa de la Revolución, uno en cada entrecalle, son Asambleas de Vecinos, donde se decide por ejemplo, quién puede pintar la fachada de su casa, o quién puede (o no puede) viajar al extranjero.

Con 23 años, gané una beca de la Agencia Española de Cooperación Internacional para venir a estudiar a España. El dinero lo ponía el gobierno español. Bien. Para poder viajar, debía autorizarme la Dirección, el núcleo del Partido Comunista y el Sindicato de mi centro de trabajo (a la sazón la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, donde me había quedado trabajando como profesora tras graduarme). Y además, el CDR del barrio donde vivía. Si la presidenta del CDR o la Decana o la del Sindicato resultan ser unas envidiosas que no quieren que tú viajes, pueden simplemente poner NO en su informe.

Cuando, años más tarde, ya viviendo fuera de Cuba, me casé con un ciudadano español y fui a Cuba a legalizar mi matrimonio, una Coronel del Ministerio del Interior debía aprobar mi “permiso de residencia en el exterior”… para poder entrar y salir de mi propio país. La Coronel no solo nos sugirió que era el cumpleaños de su hijo, a ver si caía algún soborno, sino que además me amenazó con que sabía que para tener ese permiso “debía tener el informe favorable del CDR”.

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Así funciona Cuba. Después de los años 90, se abrieron tiendas donde la gente puede comprar en divisas, ropa, televisores o cazuelas. Lo que pasa es que el sueldo de un obrero es de 20 dólares al mes, y una cazuela cuesta 40, o una botella de aceite 5 dólares. Es decir, la cuarta parte de un salario. La gente sigue sin que su salario alcance para comprar un bote de champú. Los “trabajos por cuenta propia” autorizados, solo son para algunos oficios, pequeños restaurantes, cocheros, zapateros y hojalateros.

Ningún profesional (médicos, ingenieros, arquitectos…) puede ejercer por cuenta propia. La gente vive, principalmente, de las remesas de sus familias en el exterior (sí, de los “enemigos de la patria”), de revender lo que puede, de robar los recursos estatales, de pequeños negocios. Los altos profesionales fieles, artistas y deportistas, de los viajes al exterior.

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Ya no existen aquellas Asambleas para “dar un televisor” (el derecho a comprarlo) en los centros de trabajo. Pero se sigue vigilando quién va o quién no va a manifestarse el 1 de mayo a la Plaza. Quién asiste o quién no asiste al funeral de Fidel. La presidenta del CDR, la chismosa más maligna del barrio, sigue teniendo poder para decidir si una persona puede poner un teléfono fijo en su casa. La gente sigue teniendo miedo, callando, hablando bajito y por señas. Cuba muere de pobreza y de chivatos.

Mientras, el gran líder revolucionario, el gran patriarca, muere a los 90 años, en su cama. No podemos saber siquiera quiénes le lloran con sinceridad. Unos van al funeral por presión social, por rutina, o por curiosidad, que en Cuba no hay prensa rosa.

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Otros pocos tienen privilegios y viven bien dentro del Régimen, y por eso lo defienden. Otros, como en todas las dictaduras, se obnubilan por el tirano, proyectan psicoanalíticamente una especie de “adoración por el líder”, por un padre protector y autoritario a quienes creen deberle lo poco que tienen, incluso la vida. Cuba es un país dividido, con grandes heridas familiares y sociales, y con mucho dolor y violencia calladas, simuladas, reprimidas, con mucho por airear.

Aprender a vivir en libertad, en democracia y en respeto al prójimo ¿será algún día posible?

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