El Citlaltépetl o “Cerro de la Estrella” es la mayor elevación del país con 5670 msnm y es la tercera cumbre de Norteamérica, sólo después del Monte McKinley en Alaska y el Monte Logan en Canadá. Se trata de un volcán extinto de nieves perpetuas, centinela del Eje Neovolcánico Transversal y de las 19.600 hectáreas del “Parque Nacional Pico de Orizaba”. Pico de Orizaba, en el estado de Veracruz, es uno de los destinos de mayor belleza, diversidad y microclimas del hemisferio norte del planeta.

Llegamos temprano a Tlachicuca, Puebla, parada obligada de todo visitante al Pico. Tlachicuca no sólo es la última posibilidad para abastecerse de víveres, sino que es el punto de partida de los vehículos cuatro por cuatro que se contratan para sortear la severa terracería que conduce hasta la base del volcán. Dos horas de saltos y nubes de polvo por el ajetreado camino nos conducen hasta el albergue alpino Piedra Grande, a 4600 msnm, donde inicia el ascenso por la cara norte.

Hay al menos dos modalidades para subir el Pico de Orizaba. La primera, estilo alpino, implica un ascenso hasta la cumbre y el regreso en un mismo día; la segunda, por la que optamos esta vez, implica cargar tiendas, más equipo y víveres, con el propósito de montar un campamento de altura y hacer cumbre en dos días. Con las mochilas repletas, iniciamos una marcha de más de tres horas por senderos de roca y arena. Llegamos hasta la zona conocida como “Los Nidos”, un relieve justo al borde de la zona donde inician las rampas de hielo, ideal para pernoctar, y donde montamos el campamento. La tarde fue cálida y despejada, y nos permitió hacer algunas prácticas sobre el hielo, pero pronto se transformó en un atardecer gélido, obligándonos a refugiarnos desde temprano y por el resto de la noche.

Despertamos a las cinco de la mañana para iniciar el ataque a la cima. Empezamos a caminar ya con el equipo de ascenso: crampones y piolets, pues esta sección de la montaña, antes de llegar al Hombro, punto de inicio del glaciar, está repleta de declives, cascadas de roca y hielo que harían de cualquier resbalón, un episodio de consecuencias serias.

Con el amanecer llegamos al glaciar de Jamapa. El sol dibuja sus primeros trazos en el horizonte mientras la luna y dos estrellas se esfuerzan por permanecer a oscuras. El hielo es bueno, suave y firme a la vez. Siguiendo banderines nos enfilamos a la cumbre por una fuerte pendiente. El Pico dibuja su sombra imponente sobre el valle; imagen de postal.

Subir al Pico de Orizaba es una interesante prueba de paciencia, concentración y dedicación, pues la cuesta en ocasiones rebasa los sesenta grados, haciendo que el corazón amenace con estallar.

Después de unas horas, el esfuerzo se ve premiado: ¡y es que no hay lugar más alto en México! El paisaje es vasto en todas direcciones, tanto que uno enmudece al poder incluso apreciar ligeramente la curvatura de la tierra.

El sol cae sobre nuestra espalda dibujando sombras que se extienden por todo el glaciar. La vista hacia los valles de Tlaxcala y Puebla y hacia la selva veracruzana es muy gratificante. Así, envueltos en semejante esplendor escénico, transcurre el descenso hasta “Piedra Grande” , final de nuestra jornada alpina.