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Todo lo que tienes que saber sobre Tlalocan, el paraíso de Tláloc

México
by Xiu 28 Oct 2019

Situado en el primer cielo de los trece que componen el plano celestial para los nahuas, se encontraba el Tlalocan, que se traduce como “recinto de Tláloc”, el paraíso del dios de la lluvia.

 

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Al Tlalocan llegaban las almas de las personas que habían fallecido por cuestiones que tuvieran que ver con el agua: lluvias, inundaciones, lepra, gota, sarna, frialdad, rayos y deslaves. Esto según lo que relata Bernardino de Sahagún en su obra “Historia general de las cosas de la Nueva España”.

“Y los que van allá son los que matan los rayos, o los que se ahogan en el agua, y los leprosos, bubosos y sarnosos, gotosos e hidropónicos…”.

En este cielo habitaban Tláloc y sus ayudantes, los tlaloque, que eran las almas de los niños que habían llegado ahí y se encargaban del rompimiento de las vasijas que contenían el agua en el cielo para que cayera a la tierra en forma de lluvia.

 

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A este sitio se le relacionaba mitológicamente con el cerro de la Malinche, justo en el oriente de la cuenca de la ciudad de México. Aquí no existía manifestación alguna de los sufrimientos terrenales que padece la humanidad.

Como absolutamente nadie puede elegir el modo en que dejará este mundo, los nahua trataban de prevenir los futuros escenarios para la partida, haciendo las penitencias correspondientes para llegar a uno de los cuatro posibles destinos después de la muerte que son el Mictlán, Tonatiuhichan, Cincalco y Tlalocan, aunque había un quinto destino que era el Chichihuacuauhco, un lugar al que iban los niños no nacidos.

Para ser bien recibido en el Tlalocan, por ejemplo, en vida se debían elaborar pequeñas figuras de los tlaloque hechas de masa con forma humana. Bernardino de Sahagún así lo cuenta:

“…hacían su figura de masa que se llama tzoali, poníanles dientes de pepitas de calabaza y les ponían en lugar de ojos unos frijoles negros que son tan grandes como habas llamados ayocotli, en los demás atavíos, poníanselos según la imágen con que los imaginan y pintan…”.

 

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Pero no bastaba únicamente con elaborar las figuras, sino que había que ofrendarles algo de nuestro mundo para que ellos estuviesen complacidos:

“Ofrecían así mismo a estas imágenes octli (pulque) y lo ofrecían en vasos de unas calabazas lisas, redondas que les llaman tzilacayotli y decían que aquellos eran vasos de piedras preciosas que llaman chalchihuitl (jade) y aquella noche ofrecía cuatro veces tamales…”.

Quiénes habían hecho este voto, le arrancaban al amanecer la cabeza a su pequeña imágen y la llevaban a los templos. Después tenían permitido tomar algo del pulque que le habían ofrecido a los tlaloque y, entonces, comenzaba una pequeña fiesta.

Si llegado el momento Tláloc sorprendía a alguien con la muerte por ahogamiento o alguna enfermedad como las que mencioné anteriormente, el muerto debía ser enterrado y no incinerado como los que irían al Mictlán:

“…y el día que se morían de las enfermedades contagiosas e incurables, no los quemaban sino que los enterraban y les ponían semillas de bledos (amaranto) en las quijadas, sobre el rostro, y más poníanle color azul en la frente…y en la mano una vara…”.

Pero seguramente quieres saber cómo era el Tlalocan, el paraíso más exuberante para los fallecidos elegidos por Tláloc. Nuevamente Bernardino de Sahagún lo relata así:

“En el Tlalocan hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena ninguna; nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes y calabazas y ramitas de bledos y jitomates y frijoles y flores.
Y así decían que en el paraíso terrenal que se llamaba Tlalocan había siempre jamás verdura y verano”.

 

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En otro artículo conté sobre el reino del Señor de la Muerte, el inframundo llamado Mictlán y las nueve pruebas que los muertos debían atravesar para encontrar el descanso eterno.

Sin embargo, a diferencia de Mictlantecuhtli, el Señor de la Muerte, que ponía obstáculos a los muertos en su camino, Tláloc los recibía con los brazos abiertos en su paraíso, en el que nunca faltaba el placer.

Así que ahora ya lo sabes, el Tlalocan es un recinto para los muertos por causas líquidas. Y ya que no había pruebas que superar, los familiares no enterraban a su difunto con comida o tributos para Tláloc, pues ellos mismos habían sido elegidos por el dios para acompañarlo en la eternidad. Si eran niños, el honor era mayor, pues ello significaba que serían sus ayudantes para traer la lluvia a la tierra, convirtiéndose en tlaloques.

 

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