Entre tal mestizaje de realidades, culturas, historias y colores que es Latinoamérica, encontramos un montón de puntos en común, pero también muchos muy distintos. Universalizar la experiencia de ser latinx no sólo no tiene sentido, sino que llega a ser injusto.

A lo mismo llegamos cuando hablamos de viajar siendo mujer y latina, pues si bien existe lo compartido, también está lo diverso, aunque poco se hable de ello.

No fue hasta que empecé a viajar cada vez más lejos de mis fronteras determinadas que me fui dando cuenta de lo diferente de mi pasaporte venezolano a uno chileno, por ejemplo, o lo mucho que cambiaba la percepción de mi piel morena de acuerdo a los lugares donde me encontraba: en Venezuela alguna gente me llama blanca, en Brasil fui gringa y en Europa definitivamente latina.

La verdad es que, a pesar de lo que le gusta decir a tanto blogger de viaje, no somos todos iguales y, por tanto, no a todos nos pasa lo que nos pasa de la misma manera.

En esa línea, quiero poner el foco en lo complicado, esos temas de los que poco se habla pero que son tan reales como aquellos que sí da gusto contar. Para lograrlo, me valgo no sólo de mi experiencia personal, sino también de la de Evelyn Peguero, fotógrafa y viajera de República Dominicana, y Laura Lazzarino, mochilera y escritora argentina. Conversando con ellas me percato de todas esas incómodas verdades que nos unen, pero a la vez nos diferencian en la experiencia de ser mujer, viajera y latina.

No todos los pasaportes están hechos iguales

Independiente del género, para el viajero o viajera latina la idea de que no todos los pasaportes son iguales se hace obvia cuando toca aplicar a visas y pasar fronteras mucho más allá de Latinoamérica, pero aunque se podría pensar que las mayores diferencias se dan sólo entre bloques continentales, resulta que entre nosotros también se notan.

Hasta hace cinco años mi pasaporte venezolano estaba entre los 25 más aceptados del mundo, pero en vista de la actual crisis migratoria ese puesto ha ido quedando rápidamente atrás. Cada día son más los países dentro de Latinoamérica que me exigen visa para cruzar sus fronteras. Entre ellos, Chile, Panamá o El Salvador, por nombrar algunos.

Para Evelyn, sin embargo, esto no será nada, pues su pasaporte dominicano sólo le permite entrada sin visa a 26 países en todo el mundo. A Laura, mientras tanto, esa preocupación muchas veces ni le pasa por la cabeza: su pasaporte argentino le otorga pase libre a más de 100 países.

Aun así, el problema no es sólo el documento, sino las cargas que este lleva en la mente de guardias migratorios y oficiales consulares en muchas partes del mundo. Lo sabrá Evelyn mejor que cualquiera de nosotras, ya que varias veces ha tenido que toparse con cinismos, prejuicios y faltas de respeto tanto en embajadas como en aeropuertos: “Los guardias de seguridad en los aeropuertos siempre me ponen el ojo, chequean mis documentos dos y hasta tres veces para después hacer más preguntas, revisando mi pasaporte y buscando la más mínima inconsistencia a señalar”, relata.

Para Laura, sin embargo, el documento argentino le ha sido en ocasiones hasta ventajoso. Viajando por África, notó cómo mientras el pasaporte europeo de su compañero de ruta era asociado con conflictos bélicos, racismo e imposiciones restrictivas de viajes, el argentino sólo direccionaba a Messi y Maradona, facilitando significativamente el trato con varios oficiales fronterizos fanáticos del fútbol.

“Siempre está ese rumor de que con el pasaporte europeo es más fácil; yo siento que es algo relativo. Por supuesto que es más fácil para entrar a Estados Unidos, Australia y Europa, pero Argentina es un país que nunca ha tenido conflictos bélicos con nadie, casi todo el mundo lo reconoce por el fútbol. Presentás pasaporte argentino y no hay prejuicios respecto de eso”, cuenta.

El color importa, y no sólo en el documento

En una Latinoamérica mestiza como la nuestra, gusta mucho decir que el racismo no es problema, mas los hechos se encargan por sí solos de demostrar lo ilusa de esta afirmación. El racismo persiste en nuestro propio territorio como en el resto del mundo, pues así como los pasaportes vienen con sus cargas también lo hacen los tonos de piel.

Para mí esto se hizo más obvio que nunca cuando salté de continente por primera vez. Si bien los artículos de viaje me habían dicho que Bélgica y Francia, por ejemplo, eran algunos de los países más seguros para las viajeras solitarias, claramente ninguno de ellos lo había escrito alguien con apariencia tan latina como la mía. El nivel de acoso callejero y exotización que viví en Bruselas o París me tomó realmente por sorpresa, aunque amigas locales de ascendencia u origen latino ya lo sabían.

Desde ser perseguida en la calle y escuchar constantemente “hola, latina” en ciudades donde ni siquiera se habla español, a que me ofrecieran dinero o me intentaran coquetear con comentarios sumamente desubicados como “me encantan las mujeres originarias” o “Venezuela, lo que tiene de pobre lo tiene de mujeres bellas”. Mi paso por estos y otros países de Europa me hizo notar una realidad que hasta entonces poco se me había presentado, pero que Evelyn ya conocía.

Para ella, su color de piel más oscuro trae consigo una maleta enorme, incluso dentro de su propio país: “Pienso que siempre hay un sentimiento subyacente y reacio al viajar como mujer negra. Esto lo he sentido más en algunos aeropuertos. El borrado de mi latinidad prevalece, pues negra y latina son conceptos que no parecen estar relacionados en la mente de los europeos o norteamericanos. Sin embargo, me he sentido más alienada, discriminada y menospreciada en mi propio país que en cualquier otro”, relata.

“El estereotipo más común con el que me topo es que soy una trabajadora sexual, sin educación ni cultura. Soy un sub-humano, viajé a este país para quedarme indefinidamente”, agrega. ¿Cómo hacerle cara a algo así? Para ella el secreto está en mantenerse firme, confrontando los comentarios irreverentes y sarcásticos de frente. “Algo más que eso es innecesario”, exclama.

En el caso de Laura, ella misma es consciente de su suerte, ya que al ser de apariencia “no tan latina” se libra de muchas de estas situaciones, enfrentándose solamente a los estereotipos en torno al fútbol o la soberbia atribuida a los argentinos. “Es ridículo, pues Argentina está al horno en lo que es economía y todo, pero no tiene la reputación de inmigrantes ilegales que tienen otros países de Latinoamérica”, asegura. “Tampoco tengo rasgos bien latinos y marcados y eso lamentablemente influye muchísimo al momento de hacer dedo, pedir una visa, las fronteras… Si soy argentina, Messi y Maradona; si soy colombiana, Pablo Escobar; mexicana, el narcotráfico. Y es una cagada, sumamente injusto”.

Si bien la discriminación por ser mujer viajera no nos extraña a ninguna de nosotras —ni probablemente a cualquier otra que se cuente en ese grupo—, relata Laura que la primera vez que a esta se le sumó el ser latina fue cruzando la frontera entre Moldavia y Rumanía. “Me hicieron un montón de preguntas, el tipo no me quería dejar ir. Yo tenía todo en regla y él seguía insistiendo, hasta que aparece Juan y su pasaporte europeo salvador, diciendo: ‘ella está conmigo’”, relata. “Ante eso, el tipo dice ‘ah bueno, si está con él entonces vaya’. Me dio mucha bronca. El hecho de ser latina era sospechoso pero al salir el europeo como protector cambia todo”.

Todas las historias importan

Ciertamente cuando hablamos de viajes este tipo de anécdotas no entran dentro del marco de lo inspirador y agradable, pero eso no quita que sea necesario señalarlo.

Personalmente, recuerdo sentirme sola y ansiosa la primera vez que abordé un vuelo de Sudamérica a Barcelona, cargando conmigo no sólo una carpeta llena de documentos, sino también el miedo al escrutinio de mis motivos de viaje, agudizado por las historias ya sabidas de amigos y conocidos interrogados por horas en el mismo aeropuerto al que llegaría.

En ese entonces, al igual que las veces en las que el acoso callejero me fracturó el ánimo, intenté buscar apoyo en los relatos de otras personas que pudieran haber pasado por lo mismo, sólo para encontrarme con que estos brillaban por su ausencia.

Así, me empecé a percatar de lo homogénea que suele ser la narrativa de viajes —especialmente aquella escrita en español— junto con la falta que nos hace dar cabida a una mayor diversidad de voces e historias.

Puede que al leer estas líneas varias de estas situaciones te sorprendan y, ciertamente, relatarlas también es chocante. Pero al ampliar nuestros relatos de viaje para incluir también lo feo, lo raro, lo incómodo y lo complicado, simplemente damos espacio para que nuevas y necesarias conversaciones se pongan en la mesa. Sólo reconociendo que todas las historias importan, confío en que seremos capaces de generar esa igualdad de derechos y condiciones que tanto buscamos muchos, pero a la que nos falta demasiado aún para llegar.