Me han dicho que los de Baja California no somos ni mexicanos ni gringos y algo hay de cierto en esto. Vivir en la franja fronteriza hace que se genere una dinámica de vida muy particular en la cual se convive de manera muy cercana con los modos del otro lado. Mi cambio de residencia a la Ciudad de México ha hecho que aprenda y celebre lo que en el norte no festejamos. Hoy entiendo mejor la diversidad presente en las festividades de México y estas son algunas de las más evidentes.

 

1. Las fiestas patrias

No es que en el norte no seamos patrióticos, pero en el centro los festejos por el día de la independencia son otro nivel. La primera vez que pasé un 15 de septiembre en la Ciudad de México pensé que se les había perdido la Navidad. Escuchaba cohetes y fiesta por todas partes, todo tenía los colores de la bandera y las calles estaban llenas de foquitos. Por mis rumbos solo se acostumbra el Grito en el palacio municipal y no se le pone más empeño a la celebración. Debo admitir que después de unos años me he familiarizado con el fiestón y ya me emociona que llegue septiembre para ponerme el jorongo y comer pozole y tostadas hasta no poder más.

 

2. La presencia de las fiestas gringas

No es que del lado mexicano celebremos el 4 de julio pero es un hecho que la fiesta se hace presente. Desde Playas de Tijuana, por ejemplo, se alcanza a ver la bahía de San Diego —una playa muy linda con un ambiente tranquilo—, donde el espectáculo pirotécnico por las fiestas patrias de Estados Unidos es un gran evento. La cercanía y la fiesta hace que muchos tijuanenses crucen a San Diego la noche del 4 para ver todo más de cerca. De cierta forma, este ritual hace que la fecha tome fuerza en el imaginario fronterizo. 

 

3. Acción de Gracias

Este es otro ejemplo de la transmisión cultural en las regiones fronterizas, que se hace más evidente cuando tienes familiares cercanos viviendo del otro lado. Debo confesar que he celebrado Thanksgiving en más de una ocasión, como invitada y como anfitriona. Como buena mexicana, me encantan las celebraciones sin importar la ocasión. Y es que, ¿quién se puede negar a un atascón de pavo, una pierna de jamón, puré de papa con gravy, panecitos, espárragos y pay de calabaza? En el centro del país se sabe del Día de Acción de Gracias por las películas y las series que pasan en la tele, pero es raro aquel que sabe cuándo se festeja. 

 

4. Nochebuena y Navidad

El hecho de que esta celebración sea más o menos igual en todos lados hace que salgan a relucir las diferencias. En el norte no hay ni romeritos ni bacalao —gracias al cielo— sino pavo, puré de papas, pierna ahumada con piña y pozole. En el centro rompen piñatas, piden posada y mecen al niño dios durante la Nochebuena. Cabe mencionar que después de cinco años viviendo en la Ciudad de México, aún no he presenciado el curioso ritual de mecer al niño y no sé si estoy mentalmente preparada para ello. Por cierto, el niño dios es una parte importantísima de las celebraciones en el centro del país: se le viste de mil formas y muchas veces la misma figura ha estado en una misma familia por generaciones.

 

5. Los Reyes Magos

En el chilango, la madrugada del 6 de enero es el momento principal para darle regalos a los niños. Además de la bonanza de juguetes, se parte la rosca, se ruega porque no te salga el niño, se toma chocolate y se sigue comiendo como si de verdad todos se fueran a poner a dieta al día siguiente. Y eso sin contar el ambiente festivo por la ciudad, invadida por stands para tomarse la foto con tres reyes venidos a menos y tianguis de juguetes que cierran calles y avenidas. En el norte, cuando alguien festeja Reyes, es un claro indicativo de que no son de por acá. Obvio, como buenos mexicanos, no le decimos que no a la tragadera y a la oportunidad de comer rosquita.  

 

6. Halloween y el Día de los Muertos

Personalmente el Día de Brujas me trae muy bueno recuerdos: ir a pedir triki triki con mis amiguitos de la colonia —y que me escondieran los dulces para que no me los terminara de una—, ir a ver las decoraciones de las casas y participar en las fiestas de disfraces de una casa muy peculiar de mi pueblo a la que solo llamaré el Disneyland de Ensenada. Por otro lado, durante mi tierna infancia pasaba el Día de Muertos ayudando a limpiar la tumba de mis bisabuelos y era de ley llegar muy temprano porque el panteón municipal se llenaba y el estacionamiento también… y eso no era nada divertido.

Mi percepción sobre el Día de Muertos cambió cuando me mudé a la Ciudad de México y tuve la oportunidad de ver las ofrendas de Ciudad Universitaria. En poco tiempo esta celebración se convirtió en mi festividad favorita. Las ofrendas, el pan de muerto, las catrinas, la sobrecarga de identidad y las grandes fiestas como las de Michoacán o Mixquic son cosas que no se ven en el norte. En el centro del país el Halloween está bastante camuflado con las celebraciones de Día de Muertos y básicamente se resume en niños pidiendo dulces y la eventual fiesta de disfraces. Lo que no entiendo es por qué los niños chilangos piden dulces durante casi una semana… En fin.

 

7. Muchas fiestas religiosas

Una de las cosas que más me impresiona sobre las celebraciones del centro del país es que casi todo se relaciona con la religión católica. No es que en el norte no seamos religiosos, pero en el centro hay unas prácticas que no dejan de impactarme. El ejemplo más claro es el festejo a la Virgen de Guadalupe y la procesión de millones a la basílica con todo el sacrificio que esto implica para los peregrinos. También me parece curioso que este gran evento religioso marque el inicio de una temporada en la que se promueve beber todos los días.

Otro cambio importante mediado por la religión se da en la Semana Santa. Mientras en el norte solo agradecemos la semana de vacaciones, en el centro hay grandes representaciones de la pasión de Cristo y un montón de fervor religioso tanto de parte de los participantes —hay gente que se autoflagela y toda la cosa— como de los espectadores.

Otras festividades religiosas que han llamado mi atención porque no tenía idea de su existencia hasta que llegué a la Ciudad de México son el Día de las Mulas (que descubrí por casualidad cuando vi a un montón de niños vestidos con ropas indígenas afuera de una iglesia) o el ritual de la presentación a los tres años. La primera vez que me preguntaron si tuve presentación de tres años respondí que sí —cuando bailé el Rock de la cárcel, durante el fin de cursos del kínder—, pero ya después entendí que no se referían a eso.