Los trajes típicos de México son el resultado de la mezcla de las culturas originarias con la cultura española. Tienen características complejas y no sirven solamente para reafirmar el folklore de cada región, sino que muchos de ellos son, además, utilizados durante rituales y ceremonias. En algunos casos, la técnica de fabricación de los tejidos continúa siendo artesanal, de acuerdo a las técnicas creadas por las culturas prehispánicas.

El traje de charro y el vestido de la tehuana son dos de los más emblemáticos atuendos por el que nos reconocen internacionalmente. El tercero es el traje típico del estado de Veracruz, que cobró fama internacional durante el sexenio del presidente Miguel Alemán (de origen veracruzano), quien lo utilizó como estandarte durante su campaña política y para atraer turismo extranjero a nuestro país, en los años cincuenta del siglo pasado.

Aunque en Veracruz existen muchos trajes regionales bellísimos, hoy platicaremos acerca del que portan las mujeres de la región del Sotavento Veracruzano, ese que se distingue por su color blanco inmaculado y al que se conoce comúnmente como “el traje de jarocha”.

En los antiguos poblados de la cuenca del Papaloapan fue donde tuvo su origen este bello atuendo. Durante la colonia, las mujeres españolas que se afincaron en estas calurosas y húmedas tierras, utilizaban los trajes traídos desde su país, algunos de ellos con influencias andaluzas o valencianas, de telas pesadas y oscuras, que no eran las más convenientes para el clima predominantemente tropical.

Al pasar los años, fueron sustituyendo las telas originales por otras más ligeras como el organdí, la muselina y el algodón, las cuales eran más frescas y permitían mayor libertad de movimiento.

Las mujeres españolas y criollas solían usar faldas de colores, un mandil bordado, un chal de encaje adornado por un camafeo (prendedor de oro con piedras preciosas y una imagen finamente tallada, generalmente una virgen o un pequeño paisaje), así como medallas atadas al cuello por listones de seda o terciopelo. Los aretes eran discretos y solían llevar un abanico español. Era común el uso de medias de algodón y zapatos de terciopelo (siglos XII y XIII).

Las mestizas y las mujeres indígenas usaban faldas floreadas y blusas de manta con un encaje de bolillo, con una coqueta caída en los hombros. Era común el uso del rebozo y de zuecos de madera. Se adornaban con cintas de colores el cabello, trenzado y recogido en la nuca. En las épocas más prósperas de Tlacotalpan, que como puerto ribereño tomó gran importancia para la vida económica del país justo después de la guerra de Independencia, los atuendos evolucionaron y se agregaron olanes y encajes finos, signo de bonanza económica.

El albeante vestido de la jarocha actual, usado en eventos, fiestas patronales y grupos de baile regional es, según algunos investigadores, una variación del traje de bodas utilizado por las criollas o las mujeres de la alta sociedad sotaventina.

Los elementos que no deben de faltar en un traje de jarocha lo más original posible son:

  • Un camisón, a modo de blusa, elaborado en tela de algodón, con rejillado (bordado en forma de rejillas, la especialidad de las mujeres tlacotalpeñas) en el área del pecho y los hombros. Lleva como remate al cuello un pasa listón, con una cinta de seda.
  • Una enagua blanca de algodón, también con rejillado en la parte inferior, que sirve como un fondo.
  • Sobre la enagua, va encima una falda muy larga, que suele ocultar los tobillos, pudiendo tener dos o tres holanes, según la región. Por ejemplo, en Tlacotalpan, suelen usarse de color blanco y en tonos pastel, con una terminación en la parte posterior más larga que al frente, conocida como cola; mientras que en Santiago Tuxtla (más al sur del estado), las faldas siempre son de color y con adornos de encaje.
  • Un delantal de terciopelo negro con flores bordadas, generalmente rosas rojas o rosadas, alrededor tiene un encaje ancho de color negro y encarrujado (rizado); en la pretina se le pone un listón de seda para amarrarlo a la cintura y en la pretina se sujeta un paliacate de algodón (un pañuelo grande, confeccionado en tela estampada combinado en dos colores).
  • Una mantilla a manera de chal, confeccionada en tul bordado a mano o de encaje; esta se pone sobre los hombros, para lucir el rejillado del camisón. La mantilla se prende al frente con un camafeo o relicario, a la altura del pecho.
  • El rebozo que da el toque mexicano, complementa el atuendo de manera coqueta; generalmente es de hilo de seda o de Santa María (los rebozos más finos y famosos de todo México), esta prenda va combinada con la cinta que adorna el cabello.
  • El peinado se realiza haciendo un moño con dos trenzas, que van coronadas con un tocado que consta de cachirulo o peineta, el cual suele llevar algunas incrustaciones de oro y piedras semipreciosas o perlas. En los siglos XIII y XIX, este adorno traído desde España era de hueso o de carey, en la actualidad son de plástico. Además, se lleva un listón rematando el peinado, con un moño al frente de la cabeza y, a un costado, se llevan flores naturales, gardenias o rosas. Estas indican el estado civil de la dama: si está casada van del lado derecho, si es soltera, van al lado izquierdo.
  • El atuendo se complementa con un abanico sujeto al cuello con un collar grande de oro o perlas, el cual siempre debe estar en movimiento para disipar el calor y como un signo de coquetería. Las alhajas, que pueden ser herencias familiares: collares de coral rojo o negro, cadenas gruesas y aretes de filigrana de oro largos. Algunas veces se añade una cinta de terciopelo al cuello, de donde pende un crucifijo de oro o de coral.

El traje de jarocha luce más cuando es portado con garbo y alegría por las mujeres veracruzanas, que se reconocen en él y se enorgullecen de sus tradiciones y sus orígenes. Además, la belleza del traje ilumina la tarima al bailar en un fandango al ritmo del son jarocho, evocando en el suave ondular de las blancas faldas el ir y venir de la olas.