La magia y la hechicería han existido desde siempre y, si bien nosotros los llamamos indistintamente brujos, chamanes o yerberos, sin importarnos cual sea su especialidad, no era así en el México prehispánico y ahora te voy a contar por qué.

En aquel entonces existía una extensa clasificación de los diversos especialistas en magia. Los había de todos los tipos y para todos los casos.

Antes de seguir vale recordar que en las sociedades prehispánicas no existían conceptos como el bien y el mal. Para ellos, la realidad se componía de una dualidad en la que interactuaban dos energías contrarias pero inseparables, que al trabajar en conjunto moldeaban la realidad.

Esto lo podemos apreciar en conceptos como Ometeotl, que es la deidad dual compuesta por “Ometecuhtli” (señor dual) y “Omecihuatl” (señora dual), de donde surge la creación, según la cosmovisión nahua.

Por lo anterior no es posible hablar de magia negra y blanca, como actualmente la conocemos; tampoco de pactos con demonios, pues son cosas totalmente desconocidas en el mundo nativo.

“En las leyes dictadas por Nezahualcóyotl de Texcoco, y en las descripciones que se hacen de la suerte que tocaba a los hombres por el día de su nacimiento, se puede encontrar una división entre quienes hacían uso de la magia en beneficio de la comunidad y quienes, con una pasión verdaderamente destructiva, se dedicaban a las artes sobrenaturales en perjuicio de la sociedad”.
Fuente: Alfredo López Austin

Ahora bien, a pesar de que no consideraban la existencia del “mal” como una energía que debía ser destruida, sí reconocían la existencia de magos dedicados al perjuicio. Ese grupo especial recibía el nombre de “tlatlacatecolo”, que se traduce como “hombre búho”, pues los “tecolotl” (búho) eran, según los nahuas, emisarios de Mictlantecuhtli, señor de la muerte y del Mictlán.

Por otra parte, “coloa” es un verbo nahua que se traduce como “dañar/perjudicar”, por lo que Fray Bartolomé de las Casas nos da una traducción más extensa: “Hombre nocturno que anda de noche gimiendo y espantando; hombre nocturno espantoso, hombre enemigo”.

Los tlatlacatecolo llegaban a convertirse en grandes magos o hechiceros por dos razones principales: por haber nacido en los días “Ce ehecatl” (uno viento) o “Ce quiahuitl” (uno lluvia) o por aprendizaje:

“Se hablaba de pueblos enteros de brujos y de que en algunos de ellos existe un fundador famoso por sus conocimientos mágicos”.
Fuente: Alfredo López Austin

Se dice también que los hombres búho mostraban sus poderes incluso antes del nacimiento, pues podían aparecer y desaparecer del vientre de su madre. Pero eso no es todo, pues en cuanto un tlatlacatecolo aprendía a hablar daba muestra de su conocimiento al asegurar con sus propias palabras ser “conocedor del reino de los muertos, conocedor del cielo”, lo que significaba que era conocedor de todos los secretos de la dimensión en que habitamos y la dimensión donde habitan los muertos.

Pero, como todos los seres vivientes, los tlatlacatecolo también tenían puntos débiles, como actuar fuera de los días propicios a los indicados según sus calendarios, lo que podía hacerles perder sus poderes. Cuenta Bernardino de Sahagún que, si se lograba capturar al tlatlatecolo, les eran cortados los cabellos de la coronilla, con lo que perdían también sus capacidades y morían a los pocos días.

Pero la vida de los tlatlatecolo no era una vida envidiable, pues moraban apartados de la sociedad, en pobreza, sin paz ni hogar y generalmente terminaban siendo ajusticiados por el pueblo. Solo vivían vendiendo sus servicios a las personas que se acercaban a ellos. Recordemos que, en aquel entonces, la forma más efectiva de comercio era el trueque, que consiste en el intercambio de bienes, productos y servicios, por lo que seguramente el pago de los tlatlacatecolo se garantizaba con alimentos, ropa o artículos de primera necesidad.

A continuación te presento catorce tipos de magos nahuas.

Tepan mizoni, “el que sangra sobre la gente”

Se trataba de aquel mago que era contratado para arrojar su sangre sobre las personas a las cual se les deseaba la muerte. El tepan mizoni creaba el momento perfecto para un acercamiento casual con su víctima, quién no se percataba de lo sucedido hasta que el mal se hacía presente con el transcurso de los días. Su poder era tan grande que cualquier ser vivo que fuese alcanzado por su sangre perecía.

Tlatztini, “el que ve fijamente las cosas”

Era alguien que tenía el poder de mover cosas con la mente (telequinesis). Su procedimiento era sencillo, pues solo le bastaba con mirar los objetos fijamente y concentrarse para poder moverlos a placer.

Tlamatocani, “el palpador”

Tenía el poder de afectar a los objetos y personas solo con tocarlas, es decir, sólo le bastaba poner su mano sobre las cosas para que su destino fuese la desaparición.

Caltechtlatlacuiloani, “el pintor de los muros del hogar”

A través de la pinta de las paredes de una casa podía ocasionar la muerte de los moradores. Se ha especulado que la pintura que utilizaba se trataba de su propia sangre, dibujando líneas en las paredes, lo que garantizaba la muerte de quién estuviera dentro.

Tetlepanquetzqui, “el que prepara el fuego para la gente”

Adornando un palo como si fuese el cuerpo de un difunto, le ofrecía comida durante cuatro noches, al quinto día incineraba el envoltorio y ofrecía la comida a quien se le deseaba la muerte pronunciando en secreto: “Ma iciuhca miquican” (que mueran pronto).

Teehuilotlatiani, “el incitador de la cremación de la gente”

Cortaba algunos cabellos de la persona que deseaba ver muerta para después quemarlos, representando así la cremación de su enemigo.

Teyolocuani, “el devorador de corazones”

Colocaban una mezcla de cenizas de animales incinerados en la casa de sus enemigos para alterar su estado anímico y que perdieran así sus bienes. Claro que, a cambio de devolverle la salud a los afectados, cobraban fuertes sumas.

De ellos se sabe que cuando llegaron los españoles y comenzaron a fundar iglesias sobre los templos nativos, un grupo de devoradores de corazones colocó en la puerta de la iglesia del pueblo de Coyuca las cenizas de un búho, con lo que sospechosamente comenzaron a morir las personas que rezaban en aquel lugar.

Mometzcopinqui, “a la que arrancaron las piernas”

Ellas eran lo que hoy llamamos “brujas” y se dedicaban a los trabajos comunes de hechicería. Este es el nombre genérico que se les da a las mujeres nacidas bajo el signo ce ehécatl y ce quiahuitl.

Tlahuilpuchtli, “el sahumador luminoso”

Eran hombres con la capacidad de manipular el fuego, ya sea transformándose en él o arrojándolo por manos y boca. Fray Juan Bautista lo define como brujo que andaba de noche por las montañas echando fuego por la boca para espantar a sus enemigos, que enloquecían o morían a consecuencia del susto.

Por su parte, el inquisidor Torquemada lo incluyó entre los brujos que son capaces de transformarse en animales, es decir: nahuales.

Nonotzale, “el conjurador”

Se trataba de asesinos a sueldo que vestían pieles de jaguar para adquirir sus cualidades.

Temacpalitoti, “el que hace bailar a la gente con la palma de la mano”

Eran lo que hoy llamamos hipnotistas, que aprovechaban su don para afectar o ayudar a las personas a través de la manipulación de sus mentes. Se dice que acudían a la casa de sus víctimas, dormían a los moradores, les robaban sus pertenencias e incluso se daban el lujo de cenar ahí mismo.

Moyohualitoani, “el de la iniciativa nocturna”

La iniciativa nocturna tiene una connotación meramente erótica; se trata de hipnotistas que aprovechaban su don en aspectos sexuales ayudando o afectando a los demás y, más que nada, abusando de sus víctimas, hombres o mujeres indistintamente.

Cihuanotzqui, “el que llama a las mujeres”

Eran especialistas en la seducción a través de prácticas hipnóticas y herbolarias y seguramente acudían a ellos los que tenían mala suerte o mala estrategia con el sexo femenino.

Tlacatecólotl, “el manipulador de sentimientos”

Se dedicaban a manipular los sentimientos de las personas a través de bebedizos a base de ciertos granos especiales de maíz, para conseguir el amor o el odio, según el caso.

Fuente:

“Cuarenta clases de magos del mundo náhuatl”, Alfredo López Austin.