Hay algo extraño en el hecho de adentrarse en las profundidades de manera rutinaria. Muchas culturas han venerado las cavernas y otras puertas al mundo subterráneo, considerándolos lugares poderosos, hogar de dioses y demonios. No es el tipo de lugares en los que encontraríamos seguridad y confort. Sin embargo, la modernidad nos ha obligado a invadir estos universos oscuros en busca del espacio que nos hace falta en las grandes ciudades. Los túneles de los subterráneos alrededor del mundo son un hervidero de historias que parecen fomentar lo fantástico, quizá por la falta de luz o la ausencia de aire fresco. 

Ya nos contaba Cortázar en Texto en una libreta sobre lo complicado que puede ser ese “descenso progresivo y cauteloso al subte entendido como otra cosa, como una lenta respiración diferente, un pulso que de alguna manera casi impensable no latía para la ciudad”. Estas son algunas de las historias que se han incubado en las profundidades de la Ciudad de México. 

 

La reaparición de la señal divina

El mito fundacional de la ciudad de México-Tenochtitlán está presente en el escudo nacional y en la memoria colectiva de todos los mexicanos. Es una historia que habla de un largo peregrinar, de una profecía y de la suerte con la que corrieron los mexica cuando, contra toda probabilidad, encontraron un águila parada sobre un nopal devorando a una serpiente. El hecho de que aquella extraña señal —profetizada por el mismísimo Huitzilopochtli— haya estado en el centro de un lago, no impidió que la capital mexica se estableciera y prosperara de acuerdo con los designios divinos. 

Corrían los meses más lluviosos de 2017 y el Metro llegaba a las primeras planas gracias a sus constantes inundaciones. Fue en ese contexto en el que la señal divina se replicó en medio de la modernidad y el caos de la Ciudad de México. Un “águila” se posó por más de una hora sobre una de las señalizaciones de la estación Nopalera de la línea 12 del Metro. El evento causó el asombro de propios y extraños, quienes inmediatamente comenzaron a comparar a los trenes del Metro con la mítica serpiente y a las infames inundaciones con el antiguo Lago de Texcoco. Uno de los reportes más afortunados lo hizo el Instituto Nacional de Antropología e Historia que, a través de un tweet, confirmaba que este avistamiento se trataba de la señal divina de los mexica y comprobaba que esta ciudad es, después de todo, la Gran Tenochtitlan. 

 

 

El análisis de las fotos por especialistas en el tema confirmó que el águila en cuestión se trataba en realidad de un halcón de Harris y no del ave que forma parte del escudo nacional. Este halcón es común en las zonas boscosas que rodean la ciudad, aunque casi nunca se le ve viajando en el Metro. 

 

El Hombre del Metro Balderas y los antiguos pobladores del Valle de México

No han sido pocos los descubrimientos que se han hecho al excavar los túneles por los que circula nuestro Metro. Las excavadoras se han detenido frente a hallazgos tan dispares como un mamut, centros ceremoniales prehispánicos y una osamenta con miles de años de antigüedad. A este último hallazgo se le bautizó como el Hombre del Metro Balderas y fue encontrado durante las labores de construcción de la primera etapa del Metro —que contemplaba las primeras tres líneas— a finales de la década de los sesenta. 

El Hombre del Metro Balderas se encontró a pocos metros de profundidad en las excavaciones que se realizaban sobre la calle de Independencia, que en realidad se encuentra más cerca de la estación Juárez que de Balderas. Se trata de los restos de un hombre adulto, de unos 35 años de edad, que vivió en el Valle de México hace unos 10 mil quinientos años. ¿Cómo fue que los restos de este señor quedaron preservados a pocos metros de la superficie durante tantos años? La respuesta se liga con la historia geológica del Valle de México. 

Hace 10 mil quinientos años, los mamuts y algunos grupos de humanos rondaban por el Valle de México sin mayor preocupación hasta que comenzó una caída de ceniza de proporciones inusuales. Era la ceniza del Nevado de Toluca, que entraba en su última gran erupción pliniana. La erupción no solo modificó los ecosistemas a los alrededores del volcán sino que esparció una capa de ceniza que cubrió por completo el centro de México. El Hombre del Metro Balderas debió morir poco antes de la erupción y sus restos fueron enterrados y preservados por la gruesa capa de ceniza que se depositó sobre él. 

Cabe mencionar que el Hombre del Metro Balderas no es la osamenta más antigua encontrada en la Ciudad de México (ese honor se lo llevan los restos humanos del Peñón de los Baños), pero corresponden a una etapa antropológica de la que se conoce muy poco. El Valle de México no fue ocupado de forma constante por poblaciones humanas sino hasta hace unos 4 mil quinientos años. 

 

La vírgen del Metro o la otra señal divina

Wikipedia define la pareidolia como “un fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio es percibido erróneamente como una forma reconocible”. Desde pequeños nos educamos en este arte al buscarle formas a las nubes o al identificar caras en los nudos de la madera de nuestros muebles. Una de los ejemplos más famosos de pareidolia a nivel mundial es la famosa cara de Marte, un relieve en la superficie marciana que desató el debate sobre si existió o no una civilización en nuestro planeta vecino. En la Ciudad de México tenemos un ejemplo de pareidolia colectiva que se ha mantenido vigente durante más de veinte años. Hablamos, claro está, de la virgen del Metro Hidalgo. 

La historia comienza —nuevamente— con la temporada de lluvias y las filtraciones de agua hacia el subterráneo de la ciudad. Corría el mes de junio de 1997 cuando Carlos Guevara, un vendedor de dulces, notó un charco de características singulares. Se corrió la voz y en menos de lo que se forma una mancha de humedad, miles de devotos guadalupanos se aglomeraban en los pasillos del Metro Hidalgo para presenciar la segunda aparición de la Vírgen de Guadalupe… en forma de charco. 

Los mismos usuarios del Metro se dedicaron a preservar la imagen y a montar altares improvisados que a su vez atraían a más curiosos y devotos. Eventualmente la vírgen del Metro fue desplazada hasta una capilla a las afueras de la estación Hidalgo en donde permanece, descuidada y al borde del olvido, hasta el día de hoy. El Arzobispado de México negó que hubiera “elementos para afirmar la presencia divina en las líneas formadas por una filtración de agua” y animó a sus fieles a no caer en “el sentimentalismo estéril y la vana credulidad”.

 

La rata gigante de la línea 3… y sus seis crías

El subterráneo es un semillero de leyendas y nuestro Metro no es la excepción. Los túneles que conectan las 195 estaciones de la red han dado origen a historias de almas en pena, asesinos seriales, vampiros y hasta caníbales, pero una de las historias que mejor se afianzaron en el inconsciente colectivo de la capital fue la de una enorme criatura que se escondía en los rincones más oscuros de la línea que conecta Indios Verdes con Universidad. El mito urbano de la rata gigante floreció en las década de los noventa y decayó con el paso del tiempo… hasta que fue encontrada por trabajadores del Metro. 

Otra vez corría la época de lluvias —esta vez en 2016— cuando trabajadores del Metro encontraron la viva encarnación del mito de la línea 3 con todo y crías. No se trataba de ningún ser demoníaco ni sobrenatural, sino de una zarigüeya que se había refugiado en la estación Centro Médico —probablemente huyendo de las lluvias— para tener a sus crías. La zarigüeya (apodada Cuca por razones previsibles) y su horda de bebés zarigüeyas fueron rescatados por una brigada de protección animal y trasladados a la zona de Cuemanco donde fueron dejados en libertad. 

 

Las estaciones secretas

La línea 2 del Metro fue inaugurada el 1 de agosto de 1970 en el tramo que va de Tasqueña a Pino Suárez y en los meses siguientes se concluyeron las obras que extendieron la línea hasta Tacuba. Pasarían otros 14 años para que las últimas dos estaciones —Panteones y Cuatro Caminos— se sumaran al resto de la línea. Sin embargo, hay quienes afirman que la línea cuenta con una estación secreta. Esta estación, que ha adoptado el nombre de Transmisiones Militares, continuaría la red del Metro hasta el Campo Militar 1 y sería utilizada en situaciones de emergencia cuando fuera necesario movilizar a las fuerzas armadas.

Transmisiones Militares puede ser un mito, pero sí existe una estación extra a las que se observan en los mapas de la red del Metro. Esta estación no tiene motivaciones ocultas ni secretos que esconder, sino que es un lugar dedicada al entrenamiento del personal que trabaja en el Metro de la Ciudad de México. La estación “perdida” recibe el nombre de Expometro y es un anexo a la estación Zaragoza en la Línea 1. Este lugar no es de uso exclusivo para el personal del Metro sino que es un espacio lúdico e informativo que puede ser visitado por el público en general. 

Ojo: Todas las visitas a Expometro requieren de una cita previa que se puede tramitar a través de la Oficina de Orientación e Información del Metro.