Dentro de la Historia General de las cosas de la Nueva España existe un enorme apartado dedicado a los animales del Nuevo Mundo. En la lista que compone este libro compilado por Bernardino de Sahagún, las fronteras entre lo real y lo fantástico se difuminan. Entre las descripciones de los animales del cielo, del agua y de la tierra se leen líneas que parecerían corresponder más a una fábula o a un cuento de terror que a una clasificación zoológica. Estos son algunas de las descripciones más destacadas dentro de la Fauna de Nueva España. 

 

La visión indígena en las descripciones zoológicas

El esfuerzo enciclopédico de Sahagún estuvo fuertemente basado en el conocimiento indígena. El franciscano recopiló gran parte de su Historia General a partir de los relatos de sus informantes, un conjunto de eruditos indígenas que provenían de distintas comunidades del Valle de México y que —por ser parte del Colegio de la Santa Cruz de Santiago de Tlatelolco— ya se encontraban familiarizados con la lengua, la cultura y las formas de los españoles. La visión de estos informantes, una mezcla de las doctrinas franciscanas y del conocimiento indígena, se encuentra claramente reflejada en las descripciones zoológicas de la Fauna de Nueva España.  

La cosmovisión mexica es inseparable de las descripciones zoológicas. Los animales que tienen más relevancia en las páginas del bestiario son aquellos que las comunidades veneraban, temían o aprovechaban de una u otra forma. En la sección que describe al tlacaxolotl (tapir), por ejemplo, se incluye un informe más o menos detallado de la forma en la que se elaboraban las trampas para cazar a este animal; mientras que la sección que describe al tigre —nombre general con el que la Fauna de Nueva España se refiere a los grandes felinos— incluye una guía de supervivencia que narra el encuentro entre un tigre y un cazador. 

“Los cazadores tenían en cuenta que no habían de tirarle al tigre más de cuatro saetas; esta era su costumbre o devoción, y como no le matasen con las cuatro saetas, luego el cazador se daba por vencido, y luego el tigre comienza a desperezarse y sacudirse y a relamerse…”. 

 

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Las clasificaciones de la Fauna de Nueva España son una mezcla del conocimiento indígena y de los métodos de clasificación que ya se utilizaban en los tratados naturales europeos del siglo XVI. Resulta interesante cómo Sahagún habla de los hábitats y las características físicas de los animales, para luego dotarlos de características propias de los humanos. Se habla de la valentía de las águilas, del orgullo de los ocelotes y del carácter agradecido de los coyotes. Un ejemplo más general de estas asociaciones se da con la coloración de algunos animales. En varias ocasiones se asocia a los especímenes o variedades de color blanco con posiciones de privilegio que no tienen lugar en el mundo natural. Se menciona, por ejemplo, que “el tigre blanco es el capitán de los otros tigres”  o que “hay un ciervo blanco y dicen que este es el rey de los otros ciervos”.

 

Los animales desconocidos

En todo momento, Sahagún trata de hacer una comparativa entre los animales descritos por los indígenas y los animales que ya eran conocidos por la sociedad europea. Este es el caso de animales como el coyametl (pecarí) —que “parece puerco de Castilla y algunos dicen que es puerco de Castilla”— y el coyotl (coyote), al que algunos españoles lo llaman zorro y otros le llaman lobo. A pesar del parecido con animales conocidos, la fantasía se hace presente en las descripciones de los animales propios de América. 

Sobre el coyote, Sahagún cuenta la historia de “un caminante, que yendo por su camino, vio uno de estos animales que le hacía señas con la mano para que se acercase a él”. El animal en cuestión le pide ayuda al caminante para liberarse de una serpiente; el caminante lo ayuda y el coyote le ofrenda varias gallinas como recompensa por sus actos. Una historia similar rodea la descripción del ocotochtli (gato montés); se dice que este animal mata a sus presas y después lanza un aullido con el que convoca al resto de los animales salvajes para compartir el banquete. Este tipo de asociaciones demuestra las características antropogénicas que los mexica y otras culturas mesoamericanas atribuían a algunos animales.

 

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Claro que en el bestiario también hay ejemplos de animales completamente desconocidos para los cuales ninguna comparación resultaba adecuada. En América, los europeos tuvieron su primer encuentro con un marsupial. Sobre el tlacuatl (tlacuache), Sahagún menciona que “es del tamaño de un gato, tiene pelo largo y blando; tiene hocico largo y delgado, tiene la cara pintada, la cola larga y pelada (…) tiene una bolsa entre los pechos y la barriga donde mete a sus hijuelos y allí los lleva a donde los quiere llevar”. Esta descripción es bastante acertada, pero para los europeos seguramente sonaba tan fantasiosa como la historia del coyote agradecido. Hasta ese momento, no se sabía de ningún animal que transportara a sus crías en una bolsa. De hecho, la figura del canguro no se volvió popular hasta después de los viajes de exploración del capitán James Cook, a finales del siglo XVIII. 

 

Los animales fantásticos

Como en otros tratados zoológicos de la época, en el compendio de Sahagún abundan las criaturas fantásticas y de propiedades extraordinarias. Esto es previsible pues los europeos eran nuevos en estas tierras y la Era de los Descubrimientos ya había enfrentado a los navegantes del Viejo Mundo con criaturas de lo más extrañas en los lejanos confines de Asia y África. 

En la Fauna de Nueva España destacan animales quiméricos que son evidentemente el producto de leyendas populares. Este es el caso del mazamiztli, un tipo de ciervo con garras y dientes de león. Según Sahagún, este animal se oculta entre las manadas de ciervos y los va cazando para procurarse el alimento; la única forma que tienen los ciervos de distinguir a este depredador de uno de los suyos es por su mal olor. 

Otros animales destacan gracias a su peculiar comportamiento y es difícil adivinar si se trata de un animal real o del producto de alguna historia fantástica. En este rubro podemos mencionar al itzcuinquani o comedor de perros. Sahagún dice que este animal atrae a los perros de una localidad por medio de sus aullidos y, una vez que los canes están a su alcance, le hace honor a su nombre y devora a los que tiene a su disposición. Aunque el mismo Sahagún concluye que se debe tratar de alguna especie de lobo, autores como Francisco Hernández mencionan que el itzcuinquani era probablemente el mismo gato salvaje al que los mexica conocían con el nombre de cuitlamiztli (posiblemente un jaguarundi).

 

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Dentro de los animales fantásticos descritos en la Fauna de Nueva España destacan ejemplos de seres terribles que parecieran producto de una historia de horror. Este es el caso del ahuizotl, un monstruo que —según la Fauna de Nueva España— habitaba en cavernas bajo el agua y se encargaba de ahogar a las personas que se acercaban a la orilla de los canales y otros cuerpos de agua. Se dice que este animal era parecido a un perro o a un mono y tenía una mano al final de su cola, extremidad con la que atrapaba a sus presas. Las víctimas del ahuizotl aparecían después de algunos días flotando en la superficie del agua y se les podía reconocer por la ausencia de ojos, dientes y uñas. Los mexica creían que el ahuizotl era un sirviente de Tláloc y sus víctimas eran escogidas para entrar al tlalocan —lo más parecido al paraíso en la cosmogonía mexica.

 

Otros bichos curiosos y más descripciones extrañas 

 

Cuitlacochtotl (cuitlacoche de pico curvo). Esta ave canta solo tres meses al año y su canto dice algo así como “cuitlacoch, cuitlacoch, taratitarat, tatatati”. 

Maquizcoatl. Una serpiente de dos cabezas a la que se le asociaba con malos augurios. Sahagún dice que a los chismosos se les conoce con este nombre, pues parecen tener dos lenguas y dos cabezas. 

Petlacoatl. Este ser está compuesto por un montón de culebras entrelazadas que forman un monstruo en forma de petate. 

Quetzalhuitzitzilin (colibríes). Se dice que estas aves se renuevan cada año. En invierno se cuelgan de los árboles por el pico y ahí se secan y pierden las plumas. Cuando el árbol reverdece en primavera, el ave vuelve a la vida, pero no resucita del todo sino hasta que suenan los truenos que anuncian la primera lluvia. 

Tepanchichi. Quiere decir perrito de la pared y es una de las muchas formas en la que se les conocía a los ratones.