Mi primer viaje sola fue unos días a los países bálticos cuando tenía 20 años. Fui sola porque me lo pidió el cuerpo y así se lo decía a todo el mundo, para compartir mi emoción y también para asegurarme de que a nadie se le ocurriese unirse a mi viaje. Era solo mío. Atravesé Polonia en autobús (vivía en Praga en aquel momento) y 22 horas después me planté en Tallín, donde quién sabe cómo, supongo que con ayuda de un mapa físico y de los dibujos que me hacía de calles en una libreta para encontrar los sitios, llegué a mi hostel.

¿Tuve miedo en algún momento antes de subirme a ese autobús? La verdad es que no me acuerdo, pero seguro que tuve alguno de esos momentos de duda que tengo aún ahora antes de irme sola a algún sitio. Un tonto «¿me acordaré de cómo se hace esto de viajar sola?» que desaparece en el momento en el que piso suelo extranjero y siento un poco lo mismo que siento en un concierto de algún grupo favorito o cuando bebo mucho café. Se me contraen los músculos, me entra una risita nerviosa y mi cerebro estalla en fuegos artificiales. Quiero gritar que qué emoción, que es todo nuevo y desconocido, y parar a los viandantes para decírselo, pero me contengo. Desde fuera parezco una persona normal.

1. Viajar solo no es obligatorio

Antes de nada, piensa en si lo haces porque no te parece una idea atractiva o si te gustaría, pero tienes miedo a viajar solo. Si estás algo metido en el mundo viajero de internet, sabrás que existe cierta presión para viajar en solitario. Como si cualquier otro tipo de viaje fuese peor, menos auténtico, menos valioso. Y no es así. (Algunos tenemos el miedo contrario, el de viajar con gente). Pero si la razón por la que no emprendes aventuras viajeras en solitario no es que no quieras, sino el simple y muy real miedo, estos son algunos consejos para superarlo.

2. ¿A qué tienes miedo?

Esto suena un poco a autoayuda barata, pero es importante salir del abstracto y poner nombre y apellidos a tu miedo. ¿Qué es exactamente lo que te aterra? ¿Perderte? ¿Aburrirte? ¿Que te roben? ¿Que te asalten? ¿No ser capaz de disfrutar del viaje?

El tema del robo y el asalto es quizá el más grave, pero piensa que te puede pasar también en casa. Por supuesto, que te roben la cartera estando en el extranjero y solo es peor a que te pase en tu propia ciudad, pero basta con ser precavido. Divide y vencerás, es decir, lleva por separado pasaporte y DNI (o ten fotocopias o llévalo escaneado en el mail), separa tus tarjetas y separa el dinero.

Visualiza esas situaciones terroríficas, cómo evitarlas (es más difícil perderse si llevas un mapa) y qué harías si te ocurre. Cuando conviertes lo abstracto en concreto y diseñas contraataques, los miedos se diluyen.

3. Infórmate, infórmate, infórmate

Vivimos en la era de la información y con solo un par de clics podemos resolver casi cualquier duda y viajar sin movernos de casa. ¿Te preocupa no saber cómo llegar a tu alojamiento? Pregúntale previamente a Google Maps, busca la información que ofrece el alojamiento sobre cómo llegar, consulta en TripAdvisor si los taxis son recomendables o el transporte público cómodo. Busca los tipos de tickets y cómo comprarlos, dónde comprar una tarjeta SIM si vas a querer estar conectado, recorre las calles con Street View, lee blogs con experiencias de viajeros, etc.

4. No confíes demasiado en la tecnología

Porque ¿y si te quedas sin batería? Apunta en algún lugar físico la información que vayas a necesitar nada más aterrizar: la dirección del lugar en el que te alojas y cómo llegar (con el GPS ya no hace falta dibujar las calles como hacía yo de joven, pero no está de más hacerlo), su teléfono. Y, ejem, el PIN de tu móvil, por si al encenderlo se te queda la mente en blanco.

Lleva también una batería portátil cargada. Una solución más, un miedo menos.

5. Habla con gente que viaja sola

Descubrirás que no son (somos) superheroínas con recursos para todo, una valentía fuera de lo normal y libres de miedos. Deja que te cuenten sus experiencias, pregunta si nunca dudan, si nunca tienen miedo, cómo hacen para superarlos. Te contarán sus fobias estúpidas (haberse equivocado con las fechas de reserva del alojamiento), sus trucos para superarlas (plan B preparado: app de Booking o Atrapalo o TripAdvisor bien instalada), cómo una vez en el destino, con la realidad presente, todos los miedos se difuminan.

6. Recuerda que ahora es muy difícil estar solo

Esto tiene su lado negativo, pero lo cierto es que si tu miedo es esa salida brusca de la zona de confort, los smartphones y las conexiones de datos hacen posible que esa salida sea muy gradual. Vaya, que es como poner solo una patita fuera de la puerta, porque al otro lado está Whatsapp y tus redes sociales y la posibilidad de hablar con tus amigos como si estuvieras en casa.

Y, sí, esto le quita un poco a la experiencia, pero ayuda a ese primer paso, a ir poco a poco saliendo y viendo que no pasa nada. Ya te olvidarás del móvil y harás cosas temerarias como no conseguir una tarjeta SIM del país y depender siempre del wifi en algún otro viaje del futuro.

7. También puedes hacer amigos nuevos

Fascinante, ¿no? Si tu gran miedo es el aburrimiento, no saber qué hacer tanto tiempo en tu propia compañía, no tienes más que unirte a otros viajeros. Es fácil conocer a gente en tu misma situación en hostels o, si ya has dejado atrás esa etapa de tu vida, puedes buscar el grupo local de Couchsurfing, unirte a visitas guiadas o simplemente estar abierto a conversaciones.

Yo no soy mucho de iniciar conversaciones con extraños, pero sí de dejar que la gente me cuente cosas. En aquel autobús a los países bálticos se sentó a mi lado un señor de unos 60 años que me contó que era italiano, que su pasión era criar abejas pero lo había dejado porque su mujer le dijo «o las abejas o yo» (aunque se quedó sin mujer igual), y que soñaba con volver a tener un par de colmenas al jubilarse. Al entrar en Letonia dijo «¡63!» y me explicó que era el país número 63 que visitaba.

8. Confía en ti mismo

Que sí, que muchos tenemos unas cuantas razones de peso por las que creemos que en realidad no nos deberían dejar salir de casa nunca, pero lo cierto es que una vez fuera, una vez delante de ese obstáculo o dificultad, cuando no nos queda otra, salen a la luz nuestro ingenio y recursos. «Pero ¿y si yo no tengo?», te preguntas nervioso. Sí, tienes, de verdad. Y si no, en ultimísimo caso, lo peor que puede pasar es que alguien alerte a las autoridades de que hay una persona paralizada por el pánico en la puerta del aeropuerto y se ocupen de ti (¡para ayudarte!).

9. Si el ataque de pánico es real

Ahora en serio, si tienes miedo a un ataque de pánico o ansiedad porque ya te ha pasado (si nunca los has tenido es menos probable que te ocurra), vete preparado. ¿Qué haces cuando te ocurre en casa? ¿Técnicas de respiración? ¿Retirarte a un lugar tranquilo? Si ya te ha pasado más veces, lo reconocerás. No es agradable, pero recuerda que sabes qué hay que hacer y que lo puedes hacer estés donde estés. Puedes también informarte de antemano de los teléfonos locales de emergencias y llevarlos guardados en el móvil.

10. Viaja con seguro médico

Seas alguien sano como una manzana o una persona con algún tipo de condición médica, vayas con o sin miedo, viajar con seguro médico es siempre recomendable. Si además viajar solo te da miedo, saber que si te pasa algo te atenderán en un hospital o centro de salud borra ya varios escenarios terroríficos de un plumazo.

11. Confía en la gente

De verdad, la gente es buena. Así en general. Esto no significa que debas irte con el primer desconocido que te ofrezca coche y cama, sé un poco precavido y si alguien te da mala espina di educadamente que no, pero ya está. Ten claro que si te pasa algo —que no es probable pero sí posible (igual que en casa)—, alguien te ayudará, pidas o no esa ayuda. A lo mejor no es la primera persona a la que acudas o que te vea, pero sí la segunda o la tercera. Es humano desconfiar, pero también ver a alguien que está solo y lo está pasando claramente mal y acercarse a ver cómo se puede ayudar. (Y más aún si reconocemos a esa persona como viajera o turista).

12. Empieza por el primer paso: reserva un viaje

Es fácil y lo puedes hacer desde la seguridad de casa: clic y clic y billete de avión comprado. Sigue por el alojamiento. Ahora solo tienes que plantarte en el aeropuerto o estación el día indicado. Subirte. Cerrar los ojos. Ya no hay marcha atrás: una vez en el destino, no te quedará más remedio que abrirte camino. Y tendrás algo de miedo, sí, pero mezclado con adrenalina y felicidad.