Durante los primeros años de primaria, a los niños mexicanos se nos enseña que Cuauhtémoc fue el último tlatoani mexica, quien a sus 21 años tomó la rienda de la ciudad y el mando del ejército. Su historia es conocida por muchos, pero nunca se nos cuenta qué sucedió con aquel héroe, cómo es que murió o por qué, ni dónde se encuentran sus restos. Aquí te lo contamos.

Por qué Cortés ordenó ejecutar a Cuauhtémoc

El 12 de octubre de 1524 Cortés salió al frente de un pequeño ejército con rumbo hacia las Hibueras (Honduras) para someter a Cristóbal de Olid, un hombre clave para Cortés que le fue de gran ayuda en la caída de Tenochtitlan, pero que para ese momento se había rebelado. Llevó consigo a Cuauhtémoc (Guatemuz, como lo llamaban los españoles), tlatoani de Tenochtitlan, y a Tetlepanquetzal, señor de Tacuba, entre otros nobles mexica.

Al llegar al actual Tabasco, donde abundan los mosquitos, culebras, ciénagas, animales venenosos de todo tipo, así como una selva muy complicada, los guías nativos comenzaron a fugarse, otros se rebelaron negando sus servicios y algunos más mintieron sobre los caminos por donde habrían de cruzar, por lo que empezaron a suscitarse riñas entre los mismos españoles. Esto debilitó el ánimo de Cortés, y la impotencia en un terreno tan hostil hacía perder su legitimidad como líder ante los suyos y el respeto de los mexica que participaban de la expedición.

El 3 de septiembre de 1526 Cortés le envió una carta al rey de España, en la que relataba lo sucedido después de la caída de Tenochtitlan y le comunicaba la muerte de los tlatohque (tlatoani en plural) de la triple alianza mexica. En ella explicaba también por qué había ordenado darles muerte.

Cortés narraba que le habían informado que los señores mexica conspiraban en su contra. Dice así el capitán español:

«Que sería bien que buscasen algún remedio para que ellos las tornasen a señorear y poseer [las tierras y señoríos], y que hablando de ello muchas veces en este camino, les había parecido que era buen remedio tener manera como me matasen a mí y a los que conmigo iban…».

Cortés agregaba que, al interrogar a algunos nativos, estos le confirmaron la existencia de la conspiración:

“Así que hubieron de confesar todos que era verdad que lo habían oído, pero que nunca habían consentido en ello; desta manera fueron ahorcados estos dos, y a los otros solté, porque no parecía que tenían más culpa”.

La poca cantidad de documentos existentes en relación a este hecho, así como el tiempo transcurrido, no nos permiten saber si realmente existió tal conspiración o fue una mera determinación de Cortés para silenciar para siempre a los señores mexica. Lo cierto es que, con ellos, moría toda esperanza de levantamiento armado en contra de los invasores.

Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, coincide con Cortés en lo que a la conspiración se refiere. Afirma que los mexica querían deshacerse de los españoles, para regresar a Tenochtitlan y organizar un alzamiento general.

Sin embargo, parece que Cortés no contaba con pruebas suficientes para ejecutar a Cuauhtémoc y así lo confirma este relato de Bernal Díaz del Castillo:

“Sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar a Guatemuz y al señor de Tacuba (Tetlepanquetzal), que era su primo. Antes que los ahorcasen, los frailes franciscos los fueron esforzando y encomendando a Dios con la lengua de doña Marina.”

Es así como Cuauhtémoc, señor de Tenochtitlan y Tetlepanquetzal, señor de Tacuba, fueron colgados de un árbol ceiba, según el códice Vaticano. Aunque la tira de Tepechpan (un códice posterior a la llegada de los españoles y de autor anónimo) da una versión diferente: sostiene que fueron decapitados y colgados por los tobillos (igualmente de una ceiba), mientras que sus cabezas fueron exhibidas en el templo principal de la ciudad de Tuxkahá:

“Le cortaron la cabeza (a Cuauhtémoc) y fue clavado en una ceiba delante de la casa que había de la idolatría en el pueblo de Yaxzan”.

Ambas versiones coinciden en que fue por orden de Cortés, en un lugar que los investigadores sitúan al sur de Campeche, un 28 de febrero de 1525 (aunque el códice Vaticano sitúa la fecha un año antes, es decir en 1524, coincidiendo en el día).

Bernal Díaz del Castillo recogió las últimas palabras de ambos hombres, con los que moría toda esperanza mexica de ver a su imperio resurgir:

“¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Tu Dios te la demande, pues yo no te la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México”.

El señor de Tacuba (Tetlepanquetzal) dijo que daba por bien empleada su muerte por morir junto con su señor Cuauhtémoc.

Sigue diciendo Bernal Díaz:

«Verdaderamente yo tuve gran lástima de Guatemuz (Cuauhtémoc) y de su primo (Tetlepanquetzal), por haberles conocido tan grandes señores, y aun ellos me hacían honra en el camino en cosas que se me ofrecían, en especial darme algunos indios para traer yerba para mi caballo. Fue esta muerte que les dieron muy injustamente, y pareció mal a todos los que íbamos».

En este fragmento Bernal parece contradecirse con su versión de una supuesta confabulación de Tetlepanquetzal y Cuauhtémoc, pues le parece injusta la muerte de este último, e incluso afirma que así también les pareció a los demás, lo que pone en duda la veracidad de los hechos que motivaron a Cortés para ejecutar al joven tlatoani.

Tristemente, los hechos reales no llegarán a conocerse pues en aquel sitio solo los hombres de Cortés fueron testigos de lo ocurrido. Mi interpretación personal es que, ante la dificultad del terreno y del clima y la amenaza constante de que su ejército desertara, Cortés ordenó ejecutar a Cuauhtémoc para legitimar su liderazgo ante sus hombres y ante los mexica que había llevado como rehenes, para evitar que se levantaran en armas al volver a Tenochtitlan.

Una vez muerto Cuauhtémoc, ¿qué sucedió con su cuerpo?

Al no existir dato del sitio preciso de la muerte de Cuauhtémoc no hay forma de conocer los honores o ritos con los que fue despedido el tlatoani, aunque atendiendo a las costumbres mexica seguramente fue envuelto entre ricas mantas y se le colocó una máscara de turquesa (si es que los españoles lo permitieron), para ser cremado y poder dirigirse, por fin, al Mictlán, el inframundo mexica.

Por muchos años se creyó que sus restos se encontraban en la Iglesia Santa María de la Asunción, en Ixcateopan (Guerrero), ya que la antropóloga Eulalia Guzmán declaró públicamente, en 1949, haber encontrado el último sepulcro del joven tlatoani. No obstante, en 1976 se efectuaron estudios médicos, forenses y antropológicos que determinaron que los restos encontrados eran de ocho personas diferentes:

“No hay base científica para afirmar que los restos hallados el 26 de septiembre de 1949 en la iglesia de Santa María de la Asunción, Ichcateopan, Guerrero, sean los de Cuauhtémoc, último señor de los mexica y heroico defensor de México-Tenochtitlan”.

Y es que, si lo piensas bien, Campeche y Guerrero se encuentran separados por algunos cientos de kilómetros, lo que vuelve insostenible la teoría de que los restos de Cuauhtémoc pudiesen reposar en Ixcateopan.

Pero al pueblo de México no le hacen falta pruebas físicas pues, para sus seguidores, los restos de Ixcateopan pertenecen a Cuauhtémoc. De igual forma, el poeta mexicano Ramón López Velarde lo designó como el joven abuelo de México, y lo calificó como único héroe a la altura del arte:

“Cuauhtémoc”

Joven abuelo; escúchame loarte
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio:
tu cabeza desnuda se nos queda
hemisféricamente, de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera, al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

Es así como los (supuestos) restos de Cuauhtémoc se han convertido en un símbolo de resistencia que, año con año, reciben a cientos de visitantes, convencidos de que Ixcateopan es el último hogar del que fue el último defensor de Tenochtitlan, majestuosa ciudad que el joven abuelo defendió aún cuando todo estaba perdido.