Photo: Agatha Kadar/Shutterstock

¿Qué pasó con el tesoro de Moctezuma?

México
by Xiu 17 Sep 2019

Fue un 8 de noviembre de 1519 cuando, en Tenochtitlan, se dió uno de los encuentros con mayor peso de nuestra historia: Moctezuma, tlatoani de la flamante capital mexica y Cortés, un capitán rebelde al mando de un improvisado ejército de españoles y cientos de aliados nativos, se vieron por primera vez.

El lujo que rodeaba a Moctezuma encendió seguramente la ambición de Cortés: estaban seguros que aquello que había visto en el primer encuentro era solo una muestra de la incalculable riqueza del emperador, y así lo describe Cortés en su “Segunda carta de relación”:

“Pasada esta puente, nos salió a recibir aquel señor Mutezuma con hasta doscientos señores, todos descalzos y vestidos de otra librea o manera de ropa asimismo bien rica a su uso, y más que la de los otros, y venían en dos procesiones muy arrimados a las paredes de a calle, que es muy ancha y muy hermosa…”.

Bernal Díaz del Castillo (“Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”) también con lujo de detalles lo que vieron sus ojos:

“Ya que llegamos cerca de México, adonde estaban otras torrecillas, se apeó el gran Montezuma de las andas, y trayéndole del brazo aquellos grandes caciques, debajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de plumas verdes con grandes labores de oro, con mucha argentería y perlas y piedras chalchivis, que colgaban de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en ello.

Y el gran Montezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que ansí se dice lo que se calzan; las suelas de oro y muy preciada pedrería por encima de ellas…”.

Ambos fragmentos describen a un Moctezuma colmado de lujos, desde la manera en la que era atendido por sus sirvientes hasta su forma de vestir, que incluía desde espectaculares penachos hasta calzado con suela de oro. Los españoles no habían presenciado semejante exuberancia ni en los monarcas europeos, por lo que de inmediato comenzaron a sospechar la existencia de un gran tesoro.

Una vez concluído este primer encuentro, y después de entrevistarse ambos personajes, Moctezuma hospedó a Cortés y a sus hombres principales en uno de los templos más lujosos de la capital mexica, aquel que había pertenecido a su padre Axayácatl, sexto tlatoani de Tenochtitlan.

Una vez instalados y a solas, los españoles comenzaron a inspeccionar el palacio, algo que no les correspondía en su calidad de invitados, pero que como invasores tenían por objetivo. Una vez más, la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” nos relata lo que encontraron:

“…nos llevaron a aposentar a unas grandes casas donde había aposentos para todos nosotros, que habían sido de su padre el gran Montezuma, que se decía Axayaca, adonde en aquella sazón tenía el Montezuma sus grandes adoratorios de ídolos e tenía una recamara muy secreta de piezas y joyas de oro, que era como tesoro de lo que había heredado de su padre Axayaca…

…secretamente se abrió la puerta: y cuando fue abierta, Cortés con ciertos capitanes entraron primero dentro, y vieron tanto número de joyas de oro y planchas, y tejuelos muchos, y piedras de chalchihuites y otras grandes riquezas, y luego lo supimos entre todos los demás capitanes y soldados, y lo entramos a ver…”.

Por su parte, la “Segunda Carta de Relación” da cuenta de las atenciones que Moctezuma tuvo con Cortés, pues además de alojarlos les dio una serie de regalos:

“Y dende a poco rato, ya que toda la gente de mi compañía estaba aposentada, volvió con muchas y diversas joyas de oro y plata, y plumajes, y con hasta cinco o seis mil piezas de ropa de algodón, muy ricas y de diversas maneras tejidas y labradas…”.

Todo esto fue para los españoles una invitación a saquear por completo la ciudad, pues estaban seguros de que escondía un tesoro formidable. Su ambición creció aún más cuando visitaron el palacio de Moctezuma, que era aún mayor en lujo y riqueza como lo describe la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”

“…tenía Montezuma dos casas llenas de todo género de armas y muchas dellas ricas, con oro y pedrería, donde eran rodelas grandes y chicas, y unas como macanas, y otras a manera despadas de a dos manos, engastadas en ellas unas navajas de pedernal, que cortan muy mejor que nuestras espadas, e otras lanzas más largas que no las nuestras, con una braza de cuchilla, engastadas en ellas muchas navajas, que aunque den con ellas en un broquel o rodela no saltan, e cortan, en fin, como navajas, que se rapan con ellas las cabezas; y tenía muy buenos arcos y flechas, y varas de a dos gajos, y otras de a uno, con sus tiraderas, y muchas hondas y piedras rollizas hechas a mano, y unos como paveses que son arte que las pueden arrollar arriba,cuando no pelean, porque no les estorbe, y al tiempo de pelear, cuando son menester, las dejan caer e quedan cubiertos sus cuerpos de arriba a abajo. También tenía muchas armas de algodón colchadas y ricamente labradas por de fuera de plumas de muchos colores a manera de divisas e invinciones, y tenían otros como capacetes y cascos de madera y de hueso, también muy labrados de pluma por de fuera y tenían otras armas de otras hechuras que por excusar prolijidad lo dejo de decir…”.

Si, leíste bien, el cronista habla de dos casas repletas de éstas y otras armas de ornamento, es decir, ricamente decoradas como parte de una colección privada de Moctezuma.Todo esto alimentó la idea de un tesoro oculto en la ciudad, pues para los españoles un monarca siempre guardaba lo mejor de su patrimonio en salas secretas. Así que se dieron a la tarea de buscarlo, destruyendo uno por uno los edificios que se encontraban en Tenochtitlan.

Seguramente los soldados españoles robaron las mejores piezas para quedárselas, en lugar de enviarselas a su rey. Es muy probable que las hayan vendido en el mercado negro, pues sería impensable que aquellas piezas de gran valor fueran quemadas o destruidas.

Si hubo o no un tesoro secreto de Moctezuma es algo que nunca sabremos, pero de lo registrado en las crónicas españolas sí se puede inferir que había un tesoro de gran valor que en estos tiempos tendría un valor incalculable.

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