Para cualquier provinciano, la idea de mudarse a la Ciudad de México resulta intimidante (si alguien te dice lo contrario, está mintiendo). Con mis maletas empacadas y mi pase de abordar en mano, pensaba en todos los clichés que rodean a la capital y me estremecía pensando en las horas pico del metro, el tráfico y los asaltos callejeros. Sin embargo, al poco tiempo de llegar a la gran ciudad, resultó más que evidente que había sido una víctima más de la mediatización. A más de medio año de haber sido adoptada por la CDMX, mis prejuicios mutaron y hoy tengo una imagen de la ciudad que se aleja mucho de lo que la prensa me había pintado. Estoy segura que con el paso del tiempo miraré a la ciudad con otros ojos, pero hoy por hoy, éstas son algunos de mis impresiones sobre la capital mexicana.

 

1. La CDMX es un universo aparte

Más que una ciudad, lo cierto es que la capital mexicana podría ser casi un país independiente. Olvídate de los millones y millones de habitantes que transitan las estaciones de metro exactamente a la misma hora del día o que invaden las calles manifestación tras manifestación cuando más prisa tienes por llegar al trabajo. Cada área de la Ciudad de México es un mundo aparte y ha desarrollado su propia subcultura. La turbia Doctores nada tiene que ver con el distrito financiero de Santa Fe y éste no debe de ser confundido con el pueblo de Santa Fe, un área que parece haberse detenido en el tiempo un par de décadas atrás. Si a eso le sumas las kilométricas distancias y el tráfico, el desplazarse de un área a otra parece casi un road trip a una ciudad completamente distinta.

 

2. Más que ser la ciudad que nunca duerme, es la ciudad que nunca calla

La niña que grita sobre los colchones y el fierro viejo, las ambulancias y patrullas que te arrullan por las noches, las incesantes bocinas, los músicos ambulantes del metro y hasta el señor de los tamales oaxaqueños trabajan en conjunto para crear una bella sinfonía urbana única cada que te aventuras a las calles chilangas. La ciudad no conoce el silencio y aunque he estado en muchas otras metrópolis, lo cierto es que nada suena como la capital mexicana.

 

3. La cultura culinaria está en todas partes

Y no me refiero sólo a la obsesión con las tortas y los carbohidratos. Cualquier persona nacional o extranjera que ponga un pie en esta ciudad, se puede dar cuenta de que a los chilangos les gusta comer y les gusta comer de todo. Desde tus típicas garnachas del puesto de la señora de la esquina, hasta restaurantes con estrellas Michelín, este lugar es el paraíso de cualquier foodie. La pasión por la comida permea hasta en los lugares más recónditos. Estar atrapado en el tráfico de periférico no es pretexto para no comerte un buen tamal (y si es en bolillo mejor) y no importa a qué horas de la noche te entre el munchies, siempre habrá un fiel taquero noctámbulo dispuesto a saciar tu hambre.

 

4. La gente es más colorida que en otras partes del país

Ya no estamos en Kansas, Toto… No cabe duda que la vida de la metrópoli es muy diferente a la de provincia y prueba de ello son sus habitantes. Con una población menos homogénea que en el resto de la república, la Ciudad de México tiene tantas personas viviendo en ella que no es raro toparse con personajes dignos de una serie de televisión… o al menos una historia de Instagram. Desde manifestantes completamente desnudos hasta figuras como Optimus Prime o Batman abordando el metro, lo cierto es que esta ciudad es todo menos aburrida.

 

5. El acento chilango no es uno solo

Cuando recién llegué a la ciudad no era capaz de identificarlo, pero después de varios meses comencé a notar diferentes variaciones entre los hablantes nativos. Un foráneo ya más experto puede diferenciar entre el acento chilango de niña fresa de la Ibero o del Tec, el acento chilango de vendedor de garnachas o incluso el acento chilango de hipster de la Condesa (no confundir con el de niña fresa). Como mencioné anteriormente, esta ciudad es realmente un conglomerado de ciudades que conviven en un mismo espacio, así que no es extraño encontrar una variedad lingüística tan amplia.

 

6. Hay toda una cultura de la plática casual

Quizás porque en Guadalajara tenemos fama de cerrados (por no decir mamones), para mí fue una sorpresa llegar a la capital y toparme con tanta gente dispuesta a hablar con desconocidos. Desde el personal de intendencia de las oficinas, hasta el compañero de asiento en el camión, los capitalinos tienen una sangre liviana que no se corrompe ni con el caos de la vida diaria. Aunque en más de una ocasión me han dicho que los provincianos somos mucho más amables, la verdad es que mis interacciones diarias con los locales me parecen mucho más cordiales y amigables que las que tenía con mis compatriotas tapatíos.