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Quién fue Tlacaélel, la mente que ostentaba el poder detrás del trono de Tenochtitlan

México
by Xiu 29 Jan 2019

Ya mucho material hemos publicado sobre  la grandiosa sociedad que llegaron a forjar los mexica, su sistema educativo, su urbanismo, sus avances en medicina, herbolaria, leyes y artes. Y también te he contado sobre sus líderes: Cuauhtémoc, el último gran defensor de Tenochtitlan; Moctezuma, el tlatoani que recibió a los españoles; Ahuitzotl, el conquistador que expandió las fronteras; e Itzcoatl, el primer tlatoani de la Tenochtitlan libre. Sin embargo ellos, a pesar de ser excelentes dirigentes, solo siguieron las órdenes y enseñanzas de un líder más grande: Tlacaélel.

“Porque no siendo rey, hacía más que si lo fuera… Ya que no se hacía en todo el reino más que lo que él, Tlacaélel, mandaba”.

Así describe Antonio Velasco Piña a este líder, en su novela “Tlacaélel, el azteca entre los aztecas” y, si bien se trata de una obra de ficción, creo que en verdad sintetiza a la perfección el rol de este personaje.

Tlacaélel nació en Tenochtitlan, en el año Matlactli Tochtli (diez conejo) del calendario de Anáhuac, que equivale al año de 1398 en nuestro calendario. Hijo de Huitzilihuitl, segundo tlatoani de Tenochtitlan, según los informantes de Sahagún, lo que le convertía en un heredero natural al trono. Sin embargo, su camino tomó un rumbo distinto.

“Hijo legítimo, lo poseía todo ―el derecho por nacimiento, el brillo, el impulso, la capacidad para el trabajo arduo― todas las cualidades para hacerle un gobernante notable. Sin embargo, por razones conocidas tal vez sólo por él, prefirió impulsar desde detrás de la escena lo que más tarde sería el famoso Imperio Azteca…”.

Zoe Saadia en “Tlacaélel, el hombre que le dio su historia al Imperio Azteca”.

¿Y como fue que impulsó al imperio?

En primer lugar, tomó el papel de consejero manipulando, para bien de su gente, la mente de los nobles, los líderes religiosos y militares, utilizando lo que ahora se conoce como “doctrina del destino manifiesto”. Este término lo acuñó por primera vez John L. O’Sullivan, en 1845, en la revista Democratic Review de Nueva York, a través del cual, en pocas palabras, alentaba al gobierno estadounidense a expandirse por el mundo por derecho divino, lo cual se instauró como la filosofía que han seguido durante años en aquel país.

La táctica de Tlacaélel fue sencilla: primero se dedicó a generar un sentimiento de identidad entre los líderes para que estos lo transmitieran a sus vasallos y seguidores, enalteciendo ante todo la figura de Huitzilopochtli, el dios mexica de las batallas.

En segundo lugar, fortaleció o más bien creó una nueva identidad para la sociedad en que vivía, reescribiendo la historia para que el pueblo pudiese sentir orgullo por su origen. Así, serían ellos mismos quien exigieran tomar lo que por origen divino les correspondía.

¿Y como fue que inició la creación de esta identidad?  Quemó todos los viejos códices en los que se retrataba el pasado de los mexica como salvajes sin cultura, llegados en migración desde el norte, y les hizo creer que eran legítimos descendientes de los toltecas. Este dato lo confirma Miguel León Portilla en “Toltecáyotl, aspectos de la cultura náhuatl”.

Una vez en marcha su plan por fortalecer la conciencia colectiva de su gente, él mismo generó la oportunidad para ejecutar sus planes, con la aprobación tanto del pueblo como de los líderes. A los 29 años de edad, en el año 1427 de nuestra era, Tlacaélel aconsejó a Itzcoatl, el tlatoani de Tenochtitlan de aquel momento, para liberarse del yugo del reino de Azcapotzalco, aunado a los discursos que él mismo ofrecía a la sociedad para enaltecer su orgullo y fueran ellos quienes presionaran al tlatoani a reclamar lo que ya habían asumido que les correspondía.

El destino manifiesto había surtido ya su efecto y tendría su primera consecuencia.

A la par de los consejos que le ofreció al tlatoani, así como los discursos a su pueblo, Tlacaélel convenció a Moctezuma de buscar una alianza con Nezahualcóyotl -legítimo heredero al reino de Texcoco-, y a Totoquihuatzin -tlatoani del reino de Tlacopan-, lo que representó un enorme ejército decidido a reclamar su libertad en los dominios de Azcapotzalco, cosa que finalmente sucedió.

Pero los planes de Tlacaélel no podían limitarse a una visión guerrera con hambre de expansión y por ello impulsó una serie de reformas que le permitirían a su naciente imperio avanzar a pasos agigantados, en un lapso relativamente corto.

Una de las primeras medidas que Tlacaélel aconsejó, o más bien ordenó al Itzcoatl, fue la creación de la nueva alianza llamada “Excan Tlatoloyan” (imperio de las tres cabezas), conformada por Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, para dividir así el poder del imperio en tres rostros que pudieran hacer frente ante cualquier insurrección. Bastante inteligente, ¿no crees? Suena simple pero hay más complejidad en el tema, sobre el que puedes leer más en el fantástico libro “ Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares”, de Miguel León Portilla.

Tan grande fue la hazaña de Tlacaélel que su hermano Moctezuma Ilhuicamina ordenó labrar en Chapultepec la imagen de ambos para perpetuar en la memoria de su pueblo. Fray Diego Durán nos relata que estas fueron las palabras de Moctezuma:

“… justo será quede en memoria de vos y de mi parte, para lo qual tengo determinado de que se labren dos estatuas, una mía y otra vuestra, dentro del cercado de Chapultepec, y que allí en la piedra que mejor pareciere a los canteros, quedemos esculpidos para perpetuar memoria, en premio de nuestros trabajos…”.

Eduardo Matos Moctezuma. “Chapultepec prehispánico en las fuentes históricas”.

Pero las reformas continuaron y dos de las más famosas son las que tienen que ver con el nuevo sistema electoral de la Excan Tlatoloyan y la reforma educativa.

En cuanto al sistema electoral, Tlacaélel ordenó que se hicieran consultas para determinar las cualidades y virtudes de quienes pudieran tomar el cargo de tlatoani, lo que ahora se conoce como ”meritocracia”, que consiste en la elección de un representante público con base en sus logros y méritos.

En cuanto a la educación, Tlacaélel aconsejó a Moctezuma de una manera formidable, que dejó eco hasta nuestros tiempos, pues este último siendo tlatoani y tomando en consideración que Tlacaélel era su hermano, no es difícil suponer que el siguiente fragmento de Fray Diego Durán es un consejo de aquel gran estratega:

«Aunque la corte real de México estaba en policías orden y concierto, y se vivía con gran crianza y temor, y con gran cuidado de que no hubiese males ni desorden, quiso y fue la voluntad del rey (Motecuhzoma Ilhuicamina) que hubiese ordenanzas y leyes y premáticas particulares por donde los demás reyes se rigiesen y gobernasen, dejando ordenado lo que en adelante se había de guardar, las condiciones y maneras de vivir, que cada uno en su estado había de guardar y cumplir, ordenando su república cuanto mejor fue posible, conforme a sus antiguas costumbres… Ordenaron que hubiese en todos los barrios escuelas y recogimiento de mancebos donde se ejercitasen en religión y buena crianza, en penitencia y aspereza, y en buenas costumbres, y en ejercicios de guerra y en trabajos corporales, en ayunos y en disciplinas, y en sacrificarse, en velar de noche, y que hubiese maestros y hombres ancianos que los reprendiesen y corrigiesen y castigasen y mandasen y ocupasen en cosas de ordinarios ejercicios, y que no los dejasen estar ociosos, ni perder tiempo, y que todos estos mozos guardasen castidad, con grandísimo rigor, so pena de la vida”.

En artículos anteriores te contamos los detalles sobre la educación y  las escuelas en Tenochtitlan, que fueron los pilares más importantes de su gran poder.

De su muerte se sabe que ocurrió en el año Chicuei Acal (ocho caña), que corresponde al año de 1487. Fue después de haber asesorado a Itzcoatl, Moctezuma y Axayácatl y de manejar  un imperio de tal forma que pasaría a ocupar un territorio equivalente a un tercio de europa en 70 años.

Tlacaélel era el poder detrás del trono y su trabajo merece el mayor de los honores. 

 

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