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PEREGRINACIÓN AL TEMPLO GUADALUPANO

Cada 12 de diciembre y desde todas partes del país, miles de mexicanos peregrinan hasta la Basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México. Si bien puede que esta tradición parezca muy reciente, en términos históricos, su origen se remonta antes de la llegada de los españoles a nuestro continente. ¡Sí, leíste bien!, la peregrinación al cerro del Tépeyac, antes del choque cultural con Europa, se hacía en honor de Tonantzin, la deidad que representa a la Madre Tierra. ¿Y a qué ya adivinaste dónde quedaba el templo de Tonantzin? En el mismo sitio donde se erige hoy la Basílica de Guadalupe…

DÍA DE MUERTOS

Mucho se ha dicho sobre que el origen del día de muertos es más europeo que indígena, pero no hay nada más alejado de la verdad. A a llegada de los españoles al actual México,y a se celebraban por todos los rincones de esta tierra rituales en honor a los muertos. En México esta tradición tiene, por lo menos, 3000 años de antigüedad.
La convivencia de los pueblos originarios con la muerte era parte de su cultura y no se la vivía con temor. Más bien se vivía con gozo la llegada de la muerte, porque así “despertaban del sueño llamado Vida”.
Sin embargo, y a raíz de la imposición de la religión católica como nueva fe, se incorporaron elementos nuevos a esta tradición: Las velas, la sal, las cruces y las imágenes del fallecido se sumaron al altar indígena que ya contenía flores de cempazuchitl, calaveritas de amaranto y ofrendas de comida y bebida.

LA COLACIÓN

Creerás seguramente que esto es una broma…Pero no, las posadas también forman parte del sincretismo de dos culturas, la originaria y la europea.
Antes de la llegada de los españoles, los mexicas de Tenochtitlan tenían una celebración que se hacía entre el 20 y el 24 del actual mes de diciembre, que es cuando acontece el solsticio de invierno. Se hacía una fiesta en honor a Huitzilopochtli, la deidad de la guerra representada por el Sol, pues se esperaba su nacimiento. Se elaboraban dulces de amaranto y se consumían cacahuates y chocolate. A los magueyes se les regaba con su propio licor, el pulque, y así se le se agradecía al Sol todo lo que había regalado.
En el México actual, regalamos frutas y dulces y tomamos ponche de frutas el último día de las posadas. Ahora, ya sabes de dónde viene esa costumbre.

IR AL TIANGUIS

TIANGUIZTLI, que en lengua náhuatl significa “mercado”, era el lugar al que se iba a intercambiar productos, a vender los propios o a adquirir nuevos. ¡Exactamente como ahora! Visitar un tianguis mexicano es toda una experiencia, pues no hallarás en toda la tierra mercados más nutridos que estos. Frutas, carnes, cereales, golosinas, comida por precio, bocadillos, pescados preparados o crudos, aves como mascotas y para comer, animales, artesanías, libros, hierbas para curar…¡Uf, hay tanto que comprar y vender! Solo te puedo decir que cuando vas al tianguis tienes que estar listo para la combinación de olores, colores y sabores o, por la falta de costumbre, podría pasarte como a mi amigo argentino, que se desmayó en pleno mercado porque su olfato no soportó la mezcla entre lo dulce, lo amargo, lo florido, lo grasoso y lo crudo…

LOS VOLADORES DE PAPANTLA

Esta tradición es tan milenaria como el Día de Muertos. Durante este ritual, cinco hombres suben por un poste de más de diez metros de altura para enviarle un mensaje a XipeTotec “el descarnado”, deidad de la fertilidad de la Tierra, y pedirle que las lluvias regresen al campo.
El espectáculo es realmente impresionante: Cuando los cinco están en la cima, uno de ellos se sienta en el centro y toc una pequeña flauta-tambor. Los otros cuatro, atados por la cintura, vuelan girando alrededor del poste. Cada uno da trece vueltas hasta tocar el suelo. Un total de 52 vueltas que representan el ciclo sagrado de 52 años en el calendario indígena.

LAS PIÑATAS

A pesar de algunos, el pueblo mexicano ya conocía las piñatas antes de la llegada de los europeos. Los sacerdotes de Tenochtitlan rellenaban una olla de barro con frutas y algunas joyas, la decoraban con plumas y se la ofrendaban a Huitzilopochtli, el Señor de la Guerra.
Con la llegada de los españoles, se le integraron nuevos elementos cristianos a la piñata y así fue que se convirtió en un símbolo del triunfo del bien sobre el mal, durante las posadas.