Solemos leer que el Día de Muertos se ha comercializado y que “ha perdido su esencia”, pero lo cierto es que se trata de una fiesta que nunca ha tenido reglas inquebrantables, y a la que cada cierto tiempo se le suman nuevas tradiciones. Aquí te contamos las transformaciones que ha experimentado el Día de Muertos a lo largo de los años.

De entrada, la concepción de la muerte que tenemos los mexicanos en la actualidad, en la que la aceptamos como una consecuencia inevitable que nos motiva a disfrutar aún más antes de que nos alcance, tiene sus orígenes en la cosmovisión nativa, como lo demuestra el siguiente fragmento:

“¡En buen tiempo vinimos a vivir,
hemos venido en tiempo primaveral!
¡Instante brevísimo, oh amigos!
¡Aun así tan breve, que se viva!”.
(Nezahualcóyotl, fragmento de “En buen tiempo vinimos a vivir”).

Si bien la celebración del Día de Muertos como la conocemos actualmente es totalmente diferente a la celebrada por los pueblos prehispánicos, guardan ciertas semejanzas.

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Las ofrendas, por ejemplo, ya se realizaban desde tiempos prehispánicos. En el caso de los mexica, la civilización imperante durante la llegada de los españoles, a los muertos se les ofrendaban alimentos y agua para su largo viaje de ida hacia el Mictlán, el inframundo, que duraría cuatro años.

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Otro ejemplo es que, en el presente, decimos que durante la madrugada del primero de noviembre llegan las almas de los niños fallecidos a convivir con nosotros, los “angelitos”. Pues esto también existía en la época prehispánica: según los mexica, los niños que morían por causas líquidas iban directo al Tlalocan para convertirse en ayudantes de Tláloc. Allí recibían el nombre de tlaloques y, al igual que los “angelitos”, también vivían en el cielo. A ellos se les ofrendaba comida, pulque y unas pequeñas figuras de masa:

“…hacían su figura de masa que se llama tzoali, poníanles dientes de pepitas de calabaza y les ponían en lugar de ojos unos frijoles negros que son tan grandes como habas llamados ayocotli, en los demás atavíos, poníanselos según la imágen con que los imaginan y pintan. Ofrecían así mismo a estas imágenes octli (pulque) y lo ofrecían en vasos de unas calabazas lisas, redondas que les llaman tzilacayotli y decían que aquellos eran vasos de piedras preciosas que llaman chalchihuitl (jade) y aquella noche ofrecía cuatro veces tamales…”.
(“Historia general de las cosas de la Nueva España”, de Bernardino de Sahagún).

Para los mexica las fiestas de los muertos duraban 40 días y no dos como hoy en día. Los primeros 20 días se dedicaban a los niños fallecidos y, en nuestros tiempos, solo se les dedica el primero de noviembre. Los últimos 20 días se dedicaban a los adultos fallecidos, y hoy en día sólo se los celebra el 2 de noviembre. La primera de estas dos fiestas, es decir los primeros 20 días, recibía el nombre de Miccailhuitzintli (fiesta de los muertos pequeños) y la segunda, los últimos veinte días, recibía el nombre de Huey Miccailhuitzintli (fiesta de los muertos grandes).

Claramente, aquellas celebraciones y el Día de Muertos actual son diferentes y, sin embargo, nos dejan ver cierto paralelismo que ayuda a que podamos entender el origen de muchas de las tradiciones que hoy son parte de esta celebración.

Los cráneos son hoy indispensables en la celebración de los muertos, pues representan el fin último del hombre, la consecuencia final e inevitable.

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Pero para los mexica, antes de la llegada de los españoles, los cráneos no representaban un elemento atemorizante, sino el recordatorio de nuestro destino. Este símbolo se encontraba muy presente en su vida cotidiana: en la guerra por ejemplo, en los tzompantli, que eran torres de cráneos de los enemigos en el centro de Tenochtitlan, también en los códices e incluso en el dios de la muerte Mictlantecuhtli, quien era representado como un esqueleto ataviado con ropa de su época.

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Durante el siglo pasado, el Día de Muertos era una tradición meramente religiosa y la festividad no tenía mucho que ver con la actual. La importancia de esta conmemoración a los muertos radicaba en ir a la iglesia y en la visita al panteón, donde se adornaban las tumbas de los seres queridos. Eso sí, los altares ya contaban con los elementos prehispánicos (agua, la flor de cempasúchil, tierra, fuego y ofrendas), y también con elementos del culto católico como la cruz, las velas, las oraciones y el agua bendita.

Ya que para los nativos el agua bendita solo era agua, las velas una representación del fuego y la cruz un símbolo sagrado para ellos desde antes de la llegada de los españoles, por representar a los cuatro rumbos del universo, el añadirle estos elementos a sus ofrendas no les molestó. Asimismo, los españoles no vieron mal la integración de la flor de cempasúchil a sus altares.

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Con el paso del tiempo, ambas creencias se amalgamaron y dieron paso a la celebración como la conocemos hoy. Se sumó el pan de muerto, en el que los adornos en la parte superior simbolizan los huesos y cráneo del muerto. Claro que el pan está hecho de harina de trigo y el trigo llegó de Europa, pero en la época prehispánica -durante las ofrendas a los dioses y a los muertos-, los nativos comían tzoali, papalotlaxcali y huitlatamali, que son una especie de panecillos elaborados con masa especial de maíz, por lo que a la llegada de los españoles no tuvieron problema con cambiarlos por el pan de harina de trigo.

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No se sabe la fecha exacta de la inclusión en el Día de Muertos de este riquísimo pan, cuya evolución continua, pues ahora hasta se hacen con relleno de chocolate u otros ingredientes.

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Para 1849, el diario “El socialista” de Guadalajara publicó por primera vez una nueva forma de celebrar a la muerte, a través de pequeñas creaciones literarias que, en forma poética, sarcástica y graciosa anunciaban que la calaca venía a buscar a alguien. A estos pequeños versos se les llamó “calaveritas” o “calaveritas literarias” y se volvieron muy populares.

Con la llegada de los españoles y la religión católica, la muerte adquirió un carácter más tétrico, pero las sociedades nativas la aceptaron sin mayor problema. Por ello, la muerte y los esqueletos trascendieron hasta la época del porfiriato, cuando el artista José Guadalupe Posadas le dio rostro a las calaveritas literarias y realizó una caricatura que era una calavera con un sombrero elegante, burlándose así de las personas pobres que aparentaban ser ricas. La llamó “calavera garbancera” y es el origen de la archifamosa Catrina.

En 1947, Diego Rivera realizó el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” -que pintó para el Hotel del Prado y que hoy se conserva en el Museo Mural Diego Rivera-, y allí colocó a la famosa calavera parada en la parte central del mural. Dada su vestimenta y porte elegantes, recibió el nombre “catrina” -femenino de catrín-.

Hoy, ya lo sabes, la Catrina es el elemento más icónico del Día de Muertos, pasando de ser caricatura que satirizaba a un sector de la sociedad al maquillaje obligado de quienes quieren celebrar el retorno de los difuntos.

Los xoloitzcuintles se han integrado a la celebración desde hace algunos años, aunque ya en la época prehispánica eran considerados como guías de los muertos hacia el Mictlán.

Otro elemento que se ha integrado hace no mucho tiempo es la tradicional canción “La llorona”, original del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, y que tiene muchísimas versiones y cada año aparece una nueva.

Finalmente, una de las tradiciones más recientes pero que ya está pegando super fuerte es el Desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México, que surgió a raíz de una escena en la película de la saga de James Bond “007 Spectre”, en la que apareció por primera vez esta fiesta que aún no existía.

Al gobierno de la ciudad le encantó la idea de la película y hoy es un evento multitudinario en el que se muestra la historia de esta celebración, desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad.

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Como puedes apreciar, esta fiesta no es una tradición que nació ya con todos sus elementos, por lo que sería injusto decir que se va perdiendo su esencia. Lo cierto es que la única esencia de estos días es la muerte en sí misma. El Día de Muertos, la fiesta más popular mexicana más famosa en todo el mundo, no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma con el correr de los años.

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