Muchos mexicanos tienen la creencia de que, debajo de cada iglesia católica, hay ruinas de un templo prehispánico dedicado a alguna de las deidades antiguas. ¿Es esto cierto? Te sorprenderá saber que, en la mayoría de los casos, sí lo es, especialmente cuando se trata de iglesias muy antiguas.

 

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La urgencia española por convertir al cristianismo a los nativos, y el no poder hacerlo con la efectividad esperada, hizo que optaran por derribar los antiguos templos para construir encima iglesias y capillas. De esta manera, los nativos seguían acudiendo al mismo lugar  a realizar sus penitencias y oraciones, movidos por la fe en sus antiguas deidades.

Con el tiempo, sin embargo, los niños instruidos en los templos católicos perdieron todo vínculo con las deidades de sus antepasados y, conviviendo diario con la religión católica y siendo que la Iglesia había prohibido todo rito que recordara las antiguas tradiciones, las nuevas generaciones no tuvieron más opción que practicar la religión impuesta.

Como pista para saber frente a qué templo te encuentras, busca en tu estado las iglesias más visitadas e investiga cuál es la etnia más cercana y cuál era la deidad más adorada antes del arribo de los europeos. 

A continuación te cuento la historia de cinco deidades nativas y de las figuras de la tradición católica que los suplantaron.

 

Quetzalcoatl / Jesucristo

“Quetzalcóatl, aunque fue hombre, teníanle por dios y decían que barría el camino a los dioses del agua y esto adivinaban porque antes que comienzan las aguas hay grandes vientos y polvos, y por esto decían que Quetzalcóatl, dios de los vientos, barría los caminos a los dioses de las lluvias para que viniesen a llover”.

(Fray Bernardino de Sahagún, “Historia general de las cosas de Nueva España).

Quetzalcoatl fue la deidad principal en la cosmovisión del mundo prehispánico y, al igual que Jesucristo, tenía una faceta como hombre y una como dios. Como deidad, Quetzalcóatl creó al mundo y a la humanidad y, como hombre, gobernó Tula con gran sabiduría, hasta que tuvo que partir de este mundo al de los muertos, desde donde resucitó para emprender su partida al cielo. Una historia familiar ¿no? Muy parecida a la de Jesucristo.

“Entonces fija la vista en Tula, y al momento se pone a llorar, como sollozando, llora, dos torrentes de granizo escurren:

Su llanto que en su faz se desliza; su llanto con que gota a gota viene a perforar las piedras …

Cuando llegó a la orilla del mar divino, al borde del luminoso océano, se detuvo y lloró.

Tomó sus aderezos y se los fue revistiendo: su atavío de plumas de quetzal, su máscara de turquesas.

Y cuando estuvo aderezado, él, por sí mismo, se prendió fuego, y se encendió en llamas. Por esta razón se llama el Quemadero, donde fue a arder Quetzalcóatl.

Y es fama que cuando ardió y se alzaron sus cenizas, también se dejaron ver y vinieron a contemplarlo todas las aves del bello plumaje que se elevan y ven el cielo:

La guacamaya de rojas plumas, el azulejo, el tordo fino, de amarillo plumaje y, en suma, toda ave de rica pluma.

Cuando cesaron de arder sus cenizas, ya a la altura del corazón de Quetzalcóatl, en el entró. Los viejos dicen que se mudó en lucero del alba, el que aparece cuando la aurora.

Vino entonces, apareció entonces, cuando la muerte de Quetzalcóatl.

Esta es la causa de que lo llamen ‘El que domina en la aurora’.

Y dicen más:

Que cuando su muerte, por cuatro días sólo no fue visto, fue cuando al Reino de la Muerte fue a vivir, y en esos cuatro días adquirió dardos, y ocho días más tarde vino a aparecer como magna estrella. Y es fama que hasta entonces se instaló para reinar”.

(Ángel María Garibay  «Historia de la Literatura Náhuatl«).

Fue por estas y otras coincidencias entre Jesucristo y Quetzalcóatl que algunos cronistas trataron de emparentarlos, haciéndoles creer a los nativos que se trataba del mismo ser:

“El ídolo mayor de sus dioses llaman Quetzalcóatl, dios del aire, que fue fundador de la ciudad; virgen, como ellos dicen, y de grandísima penitencia; instituidor del ayuno, del sacar sangre de la lengua y orejas, de que no sacrificasen sino codornices, palomas y cosas de caza”.

(Francisco López de Gómara, “Historia de la conquista de México”).

Aunado a lo anterior, ya que en la cosmovisión nahua a Quetzalcóatl se le relacionaba con el color blanco como un atributo propio del punto cardinal norte, los católicos de la época no dudaron en señalar que este color blanco se trataba más bien del color de su piel que, como la de Jesucristo (al menos en la construcción europea) era blanca.

 

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Tláloc / El Niñopan

Su nombre significa “niño del pueblo” (del español, niño y del náhuatl pan, lugar). Es una de las tantas figuras del niño Jesús que se venera en México, aunque esta es particular  en Xochimilco. Se trata de una talla de madera que data de 1573 y es una de las imágenes de culto católico más antiguas de América. Se dice que, dentro de la figura tallada, se colocó una réplica pequeña de Tláloc, el señor de la lluvia, para convencer a los nativos de que oraran ante Niñopa de quien, casi 500 años después, los pobladores aseguran es capaz de cumplir cualquier pedido y de realizar milagros.

 

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Dicha representación fue entregada por Martín Cerón de Alvarado, último gobernante nahua de Xochimilco, a su esposa, para que esta la vendiera y así pudiera conseguir fondos para la misa en honor a su defunción. Hoy en día es una representación católica muy venerada y, durante sus fiestas, es muy común observar las diversas ofrendas de la gente.

 

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Tonantzin / Virgen de Guadalupe

Como te conté, a la llegada de los españoles, los intentos por convertir a los nativos al cristianismo se centraron principalmente en derribar los templos de sus dioses y erigir iglesias sobre ellos, tal como el caso de el templo de Tonantzin, sobre el que fue erigido el templo dedicado a la Virgen de Guadalupe en el Cerro Tepeyac.

 

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Tonantzin (del náhuatl “nuestra madre venerada”) era la deidad femenina principal de los mexicas. Era la diosa de la fertilidad, patrona de la vida y de la muerte, guía del renacimiento. Su templo estaba en el cerro del Tepeyac, que era visitado anualmente por grandes peregrinaciones de nativos de diversas culturas, que le rendían sus ofrendas y plegarias. Los españoles, al notar semejante fervor religioso, derribaron el templo dedicado a Tonantzin y, con la instalación de la leyenda del ayate, sustituyeron de a poco el culto a la deidad nahua.

 

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Sin embargo, los nahuas seguían acudiendo al lugar donde se encontraba el templo anteriormente, pero no para agradarle a los españoles, su dios o su virgen, sino para adorar a Tonantzin:

“…su devoción es sospechosa porque en todas partes hay muchas Iglesias de Nuestra Señora y no van a ellas, y vienen de lejanas tierras a esta Tonantzin como antiguamente”.

(Fray Bernardino de Sahagún “Códice Florentino”).

Claro que, con el tiempo, los peregrinos terminaron por olvidar a Tonantzin y comenzaron a rendirle culto exclusivo a la Virgen de Guadalupe.

 

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Tezcatlipoca-Telpochtli / San Juan el Bautista (Zongolica, Veracruz)

Aprovechando que a Telpochtli, como se conocía a Tezcatlipoca en esta zona, se le atribuía ser joven y virgen, los españoles no perdieron la ocasión y lo sincretizaron con Juan el Bautista, quien contaba con los mismos atributos. Así, con el tiempo, la fiesta celebrada en aquel lugar pasó de ser la del Señor Telpochtli a la de San Juan Telpochtli y, finalmente, se convirtió en la festividad de San Juan Bautista, como la conocemos hoy.

“Tianguismanalco, donde se celebraba una fiesta en la que se honraba a Telpochtli (“El joven”), una de las advocaciones de Tezcatlipoca, se convirtió en sede de una ceremonia en honor de San Juan Bautista”.

(Bernardo Ortíz de Montellano “Medicina, salud y nutrición aztecas”).

Cabe señalar que ya Telpochtli fue traducido por Bernardino de Sahagún como “virgen” -en su “Historia general de las cosas de Nueva España”- y por ello se encargó de equiparar la celebración de este dios con la de Juan Bautista.

 

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Oztoteotl / Cristo de Chalma

El ídolo que representaba a Oztoteotl, el Señor de la cueva, protector de los cazadores, a quien nativos de todas partes de Anáhuac, en el actual Estado de México, veneraban con peregrinaciones, danzas rituales y ofrendas, fue destruído por los frailes católicos, quienes colocaron en su lugar al Cristo Chalma.

 

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“La cueva de Chalco, donde se adora una aparición de Cristo, sigue siendo en el México de hoy, uno de los principales lugares de peregrinación. Era originalmente, la sede del culto de Oztoteotl (“El señor de las cuevas”).

(Bernardo Ortíz de Montellano “Medicina, salud y nutrición aztecas”).

Claro que éstos no fueron los únicos casos de sincretismo en durante la evangelización y es el mismo Sahagún quién nos lo cuenta:

“Bien creo que hay otros muchos lugares en éstas Indias, donde paliadamente se hace reverencia y ofrenda a los ídolos, con disimulación de las fiestas que la Iglesia celebra a Dios y a sus santos, o cual sería bien investigarse para que la pobre gente fuese desengañada del engaño que ahora padece”.

Así que, como puedes ver, el hecho de que hoy México adore a tantos santos y vírgenes tiene un origen bastante controversial, que tiene su fundamento en los esfuerzos de los frailes por borrar todo vestigio de los antiguos dioses.